Los otros. Ya hemos alcanzado la trágica paradoja: somos la sociedad más interesada por la vida de los otros y al mismo tiempo la que más los desprecia. Claro que hay otros y otros. Nos interesa la otredad del político, del famoso y del vecino de la letra B; despreciamos la otredad del mendigo, del refugiado, del inmigrante y en general del que sufre. Una curiosa mezcla de sana envidia y ruinosa mezquindad. En los otros atisbamos el infierno (que dijo Sartre) y el paraíso (léase Miami o Cancún, por ejemplo).
Hace unos pocos meses unos obreros de la construcción descubrieron en una casa de Cádiz el cadáver de una mujer: llevaba muerta cinco años, allí tumbada sobre su cama, con un vaso de agua sobre la mesilla de noche y algunas revistas de famosos (los otros) desperdigadas por el suelo. Nadie la había echado de menos. Por los mismos días, un periódico publicaba un extenso reportaje en el que el periodista seguía al Alcalde de Cádiz durante toda una jornada, “Un día con Kichi” lo titulaban y se supone que el lector debía emocionarse al sentirse invitado al salón de la casa del alcalde, desde cuyo humilde sofá éste y su mujer le sonreían.
Apreté los labios cuando la derecha española criticó que la protagonista de la segunda campaña electoral de Zapatero (2008) fuera la tripa embarazada de Carme Chacón. Llevaban razón: no me parece ético usar la otredad de uno mismo para alcanzar un cargo que se supone que te pone al servicio de los otros. Luego me tranquilicé porque la otra la otra (Soraya SS) multiplicó la desvergüenza política posando sexy para una revista de colores, bailando en un programa de televisión y llorando como una verraca cuando hizo falta. En fin.

De los otros nos interesa, sobre todo, el sexo, y especialmente si el sexo está torcido: no atendemos a uniones conyugales longevas y felices, pero nos alimenta el nervio de la curiosidad el embarazo monoparental, el adulterio y las salidas de los armarios. Como si el mejor sexo fuera el que no es privado.
Defendemos nuestro derecho doméstico de no ser el otro para nadie, pero compramos desaforadamente la intimidad de los otros y estamos convencidos de que esos otros que se venden como tales no tienen el mismo derecho que nosotros. Queremos ser los otros cuando exhibimos en las redes sociales imágenes o pensamientos de nuestra vida privada. Queremos decirle al otro: mira qué contento estoy, a ver si revientas de envidia. Incluso queremos decirle cosas que no debemos decir ni al otro ni a nosotros mismos ni a nadie porque, en el fondo, lo que queremos es ser únicos, que no haya otros, pero somos por lo general incapaces de asumir tal nivel de intimidad.
Esa amarga y pasmosa película alemana, La vida de los otros, lo dejó bien claro: la soledad lamentablemente no existe, nos vigilamos y en ese afán por vivir pendiente del otro la libertad es una ironía.

