En sus últimos años de vida, la actriz norteamericana Louise Brooks fue comentarista mordaz de las cosas que sucedían en Hollywood. Antes, a su regreso de Europa en 1930, y después de haber comprobado que en su país natal no le ofrecían otra cosa que papeles de poca monta o incluso meras apariciones como figurante, se había ganado la vida como maitresse de pago de varios clientes más o menos fijos: era como llevar a la vida real los papeles que había representado, bajo la dirección de Georg Wilhelm Pabst, en películas como Lulú o La caja de Pandora (Der Büchse der Pandora, 1929) o Tres páginas de un diario (Tagebuch einer Verlorenen, 1929), o el premonitorio rol que le asignaron en The Canary Murder Case (1929), donde encarnó precisamente a una corista que chantajea a varios hombres ricos con los que mantiene relaciones. Ya antes de su paso por Alemania había representado papeles igualmente turbios en, por ejemplo, It’s the Old Army Game (1926), donde se enamora del estafador que lleva a la ruina a su bonachón padrino y protector, interpretado por el cómico W. C. Fields; o en Una novia en cada puerto (A Girl in Every Port, 1928), una espléndida película de Howard Hawks en la que ya se enuncia el que será el tema característico del cine de este director: la inquebrantable lealtad entre hombres, capaz de resistir incluso la amenaza representada por la interposición de una fuente de conflicto tan impredecible como el personaje de femme fatale que encarnaba Brooks.

Entre vida y arte se dan extrañas correspondencias. O eso, quizá, fue lo que el sagaz Georg Wilhelm Pabst descubrió en su actriz norteamericana: una extraña capacidad para imantar energías sexuales que apenas dejaban rastro en ella, pero que inevitablemente generaban pasiones y conflictos en su entorno masculino. Cuenta la actriz que el director austríaco le ordenaba que no llevara ropa interior bajo sus vestidos. “¿Por qué?”, preguntaba ella. “Nadie se va a dar cuenta”. “El actor que está contigo sí”, respondía Pabst. Quizá el director había intuido que esta muchacha, que contaría luego a su biógrafo Kenneth Tynan que había sido violada a los nueve años y que su madre la acusaría de haber incitado a su violador, había asumido, respecto a su sexualidad, la actitud de quien se siente mero conductor de una ingobernable energía con impredecibles efectos en otros, pero que para ella sólo es motivo de curiosidad o experimentación.
Con el peinado que popularizó (la melena corta o bobbed hair), la proverbial blancura de su piel, sus torneadas piernas de bailarina y esa especie de inexpresividad insondable que luego sería atributo de Kim Novak, Brooks es uno de esos fantasmas del celuloide que aún son capaces de sumir en hondas melancolías a quienes dan con sus películas en los inagotables veneros del Internet, por ejemplo. No es raro que alguna encuesta la considere la actriz muerta que más tráfico genera en las redes. Anda uno estos días enamoriscado de ella. Pero se me pasará, espero.


¿Se da uno cuenta?