La realidad en diferido

En el capítulo trece de La loca de la casa (libro que a ratos funciona como ensayo y a ratos como novela y que cuando lo hace como ensayo resulta, casi siempre, extraordinario) Rosa Montero responde a la pregunta que –según ella– le produce harto cansancio por repetida en entrevistas, encuentros y talleres literarios: ¿existe una literatura escrita por mujeres distinta a la escrita por hombres? Según la autora no, “no existe. Una puede hacer la prueba de leerle a otra persona fragmentos de novelas, y estoy segura de que el oyente no atinará con el sexo de los autores más allá del mero acierto estadístico”.

Estoy de acuerdo con Rosa Montero, pero también estoy de acuerdo con Almudena Grandes cuando en su discurso de inauguración de la última Feria del Libro de Sevilla (dedicada precisamente a la literatura femenina) afirmaba que “la escritura tiene género, porque creo que el mundo no es exactamente igual cuando lo mira un hombre que cuando lo mira una mujer”.

La cuestión es que, según yo observo, la condición femenina de la literatura existe, al menos viene existiendo hasta ahora y atañe no solo a las mujeres creadoras, sino también a las lectoras. De forma general (muy general, de acuerdo, pero general al fin) las mujeres escritoras escriben novelas y las mujeres lectoras leen novelas. Este gusto por la ficción parece tener que ver con la necesidad de digerir los hechos y el pensamiento no en directo, sino en diferido (y no hago alusiones), esto es, con la necesidad de tamizar o explicar la realidad a través de una fantasía, una parábola que la aleje y, llegado el caso, la ablande. Una medida paternalista que las lectoras aceptan sin rechistar, como sin rechistar –y sin pedir explicaciones y sin explicar- los padres y madres regalan por Navidad a sus hijos La guerra civil contada a los jóvenes de Pérez-Reverte. Se trata, en suma, de poner subtítulos a la película: subtítulos para sordos, subtítulos para niños, subtítulos para mujeres.

Una escena de la adaptación cinematográfica de la novela ‘Cincuenta sombras de Grey’.

Deberíamos avergonzarnos de un país plagado de ciudadanas que tienen en su biblioteca 50 sombras de Grey (más de un millón de ejemplares vendidos en dos años) Eso significa que en esas bibliotecas no está el Kamasutra y –lo que es más grave– significa que a todas esas lectoras de Grey les gusta que las azoten (suavemente) en la intimidad, pero ni lo dicen en privado por no alterar la armonía familiar, ni mucho menos en público, por no agrietar lo políticamente correcto. Muchísimas mujeres españolas han leído a Paulo Coelho, pero casi ninguna a Ciorán, o por lo menos a Simone de Beauvoir. Presuntamente interesadas por nuestra reciente historia, miles han leído El tiempo entre costuras, casi ninguna los escritos de Julián Casanova. Todas han visto, muchas hasta seguido, esa serie de televisión, Cuéntame (sugiero una honrada ampliación del título, quedaría así: Cuéntame, que me lo trago), pero muy pocas conocen Tierra sin pan de Buñuel o Raza y Franco, ese hombre, del simpar Sáenz de Heredia.

Quizás todo esto, de momento, quede justificado por ese argumento que esgrime Rosa Montero en el mismo ensayo que antes citaba: “las mujeres vivíamos en un vertiginoso abismo de desigualdad hasta hace muy poco… Venimos del infierno, de un horror muy cercano”. Cierto. Y puede que por eso nos creamos en el derecho de relajarnos con un poco de ficción. Pero no hay tiempo para tales tonterías. El techo de cristal no es solo laboral ni la brecha únicamente salarial. Hay un techo cultural que esquivamos y una brecha cultural de la que solo nosotras somos responsables y que nos empeñamos en mantener a base de ficciones, de realidades en diferido. Señoras: hay que ponerse a estudiar.

Foto de portada: Mujer leyendo (1921). Henri Matisse.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

Comparte en
468 ad

2 Comentarios

  1. José Manuel Benítez Ariza

    Muy de acuerdo con lo que me parece un excelente diagnóstico de una situación general que podríamos llamar “de incultura asistida”, disfrazada por la frecuentación de unos pocos fetiches más o menos de moda. Pero me atrevería a decir que no afecta exclusivamente a las mujeres, aunque quizá el creciente clamor actual por una igualdad efectiva entre sexos pudiera avanzar algo si éstas se adelantaran a los hombres en tomar conciencia de ese hecho, como sugiere este artículo. Al fin y al cabo, lo que sí parece comprobado es que las mujeres leen más.

    Post a Reply
    • María Jesús Ruiz

      Sí, las mujeres leen más y peor. Gracias

      Post a Reply

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *