‘La la land’ o la nostalgia

Con sus siete Globos de Oro y sus catorce nominaciones a los Óscar –que la igualan, no se cansan de decirnos los cronistas, a Eva al desnudo y Titanic–, La ciudad de las estrellas (La La Land, 2016), escrita y dirigida por Damien Chazelle, llega a los cines precedida por unas expectativas que apabullan al espectador medio y casi no le dan margen para formarse su propia opinión. ¿Realmente esta historia de chico-conoce-a-chica, protagonizada por un pianista y una actriz en ciernes que aspiran a triunfar en Hollywood, es tan indiscutiblemente buena?

Ryan Gosling en una escena de 'La la land'.
Ryan Gosling en una escena de ‘La la land’.

A su favor cuenta, desde luego, con un inestimable aliado: la nostalgia. La primera escena de la película ilustra bien el funcionamiento de ese factor. La cámara recorre lentamente una fila de coches atrapados en un monumental atasco, en cada uno de los cuales suena una emisora distinta de radio, distrayendo la fastidiosa espera: es, si se quiere, la banda sonora del tedio cotidiano. Previsiblemente, una de las conductoras empieza a tararear la melodía que suena en su receptor. Mientras tal cosa sucede dentro del coche, estamos en el terreno de lo normal, por más que a veces resulte chocante o llamativo asistir a las expansiones que la mayoría nos permitimos dentro de ese espacio íntimo. Lo sorprendente, el aceptado milagro posibilitado por las convenciones del género musical, llega cuando la chica sale del coche y continúa cantando su canción al son de una música que ya no es la que suena en su radio, sino la que el cine nos ha acostumbrado a aceptar como cosa normal cuando suena inmotivadamente como fondo de cualquier situación. Además de cantar, la chica esboza unos pasos de baile, y pronto se le unen los conductores y viajeros de los otros coches, e incluso se suman a la fiesta unos músicos que aparecen al abrirse la puerta trasera de un furgón de carga. La realidad del atasco se ha convertido en una de esas explosiones de vitalidad y alegría que característicamente asociamos al cine musical: como Gene Kelly en el famoso número que da nombre a Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952), el cuerpo de baile que protagoniza esta primera escena de La La Land ha sabido poner al mal tiempo buena cara, e incluso convertir un exasperante atasco en una explosión de gozo.

Lo que sucede luego es más o menos previsible: el chico y la chica en los que ocasionalmente se ha fijado la cámara en este número inicial acaban encontrándose. Ella quiere ser actriz, pero de momento se gana la vida como camarera en una cafetería; él aspira a tocar jazz de calidad en un club exclusivo, pero mientras tanto se dedica a tocar melodías ramplonas en un piano-bar. El encuentro entre ambos recuerda al de Debbie Reynolds y Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia: primero se ofenden mutuamente, luego comprueban que el ofensor se encuentra en la misma situación desairada que el ofendido. En el clásico de 1952, recuérdese,  la aspirante a actriz se permite burlarse de los estereotipados papeles que interpreta Kelly, que es ya un consagrado actor de melodramas; y Kelly le devuelve la burla cuando constata que la muchacha que hablaba en nombre de los altos ideales del arte dramático no es más que una bailarina que actúa en fiestas de cumpleaños: en concreto, la que sale del pastel.

La película dará otros giros y rondará a otros clásicos. En algún momento roza, por ejemplo, la desazonadora trama de las distintas versiones de Ha nacido una estrella: cuando a él le llega el éxito como componente de una adocenada banda de música pop, ella no se esforzará por disimular su contrariedad ante lo que le parece un claro abandono por parte del chico de los ideales que hasta entonces lo habían sostenido. Igualmente, cuando a ella le llegue su ocasión, él le da a entender que, para estar a la altura de las perspectivas que se abren ante ella, deberá renunciar a cuanto la ata a su pasado, incluyendo sus afectos. La película apenas va más allá de este planteamiento: en su cierre, no hará otra cosa que corroborarlo, valiéndose para ello, como ocurría en la rompedora Empieza el espectáculo (All That Jazz, 1979), de una especie de puesta en escena, en un plano mental, de las fantasías y expectativas de los protagonistas que la vida se ha encargado de desmentir. Con el agridulce contraste entre lo que plantean esas fantasías no cumplidas y la insobornable realidad termina el filme.

Emma Stone en una de los números musicales de la película.
Emma Stone en uno de los números musicales de la película.

Tal es el recorrido que La La Land efectúa por las convenciones del género. Pocos espectadores dejarán de sentirse reconocidos en esta enunciación del más común de los motivos para la melancolía: el contraste entre lo que pudo ser y lo que fue; y más cuando, como es el caso de estos personajes en concreto, los ideales artísticos en que fundan parte de sus ilusiones son los de otro tiempo –los del esplendoroso free jazz de los años 50, los del cine dramático clásico– y, por tanto, su no consecución añade un nuevo motivo de melancolía a los que depara la trama puramente sentimental. La propia película es, en ese sentido, un claro ejemplo de esa aspiración a un ideal artístico inalcanzable: su escena inicial, como se ha visto, se inspira claramente en los grandes musicales de los años 50; pero, en cambio, el desenlace, que parecía exigir otro gran número coreográfico, se resuelve más bien con un artificio de montaje. Tampoco los números musicales intercalados entre una y otra escena parecen aspirar a emular la perfección que caracterizaba los logros de Kelly o Fred Astaire: abundan más los recitativos –al estilo de los que llenan un clásico tan discutible como Los paraguas de Cherburgo, por ejemplo– que las canciones propiamente dichas; y tampoco puede decirse que los actores hagan grandes alardes coreográficos: se limitan, como hacía Ginger Rogers, a dejarse llevar; solo que, en el caso de la actriz mencionada, quien le marcaba el ritmo era nada menos que Fred Astaire. Está claro en qué dirección apunta la nostalgia, pero también que la precede una especie de renuncia anticipada a alcanzar esa meta. En la época que ha visto triunfar la voz ronca de Tom Waits o los movimientos descoyuntados del break dance la fantasía no se pliega fácilmente a volar de la mano de una pareja de medianos cantantes melódicos que apenas se atreven a esbozar unos tímidos pasos de baile de salón, por más que en esa aspiración nos reconozcamos todos.

La nostalgia, decíamos, es el terreno en el que ha querido asentarse esta moderna revisión del cine musical clásico. En algunos momentos, la incorporación a su banda sonora de ritmos abiertamente jazzísticos hacen pensar en una posible vía alternativa al simple remedo de los viejos melodramas musicales. En ese sentido, va tímidamente un poco más allá que otras tentativas de resurrección del género, tales como Todos dicen I Love You (Everybody Says I Love You, 1996) de Woody Allen o Hairspray (2007) de Adam Shankman. En contraste con el discreto pasar de estas últimas, el entusiasmo con el que ha sido recibida La La Land hace pensar que quizá la receptividad a esa nostalgia inducida es ahora mayor que hace unos años. Habría que preguntarse por qué.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

3 thoughts on “‘La la land’ o la nostalgia

  1. Vi la peli el pasado viernes. He leído en la prensa que, en general, el público de «La la land» va adoptando actitudes extremas: o desprecia la peli o la adora. Yo soy fan. Me parece una película super preciosa. Gracias por tu artículo, fue un buen aperitivo y me permitió disfrutarla aún más.

  2. Aún estando de acuerdo con la mayor parte del análisis que haces, mi buen amigo José Manuel, sé que la discrepancia en algunos puntos de vista no te molestarán. Por ejemplo : Creo que el número inicial en el que según tus palabras “la realidad del atasco se ha convertido en una de esas explosiones de vitalidad y alegría”,cosa cierta, además podemos considerar el punto en el que el espectador es abducido de magia y ritmo para el resto de la obra. Sin menospreciar las bellas imágenes de la larga y rítmica toma. Subyace casi desde el inicio la lucha por los ideales y el amor, como si fuesen incompatibles. Por supuesto también de la fidelidad a los mismos. El protagonismo masculino, por amor, creo que solo por amor, renuncia a su ideal y decide integrarse en un grupo musical donde obtiene el dinero y la gloria que no persigue en ningún momento de la película. Diría que todo lo contrario de lo que la protagonista hace. Ella renuncia al amor como precio de honores y gloria. Dices en tu comentario: “Igualmente, cuando a ella le llegue su ocasión, él le da a entender que, para estar a la altura de las perspectivas que se abren ante ella, deberá renunciar a cuanto la ata a su pasado, incluyendo sus afectos”. No digo yo que ese momento no exista, pero sí digo que se me escapó por completo. La tendré que volver a ver porque es determinante.
    Creo finalmente que el final del pianista ¿derrotado? frente a la exitosa actriz, es demoledor. ¿Podemos llamar derrota a que se cumplan tus sueños y el tributo a pagar sea el desamor? La, la, land o el triunfo del fracaso. Un abrazo para todo el equipo.

    1. Bienvenida la discrepancia, que es la esencia del goce de hablar de cine. Puedo asegurar que ese momento que dices está en la película; y que, efectivamente, aboca al «final demoledor» que mencionas, y que recuerda tanto al planteamiento de ‘Ha nacido una estrella». Gracias por el comentario.

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