La indentidad narrativa

Decía Coetzee que un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior. Lo creo a pies juntillas. Eso y que la escritura autobiográfica es un magnífico estilete para diseccionar las emociones que nos dañan y nos impiden ser personas libres, conscientes y, consecuentemente, más felices.

Las emociones son patrimonio universal de los seres humanos. Es lo que todas las personas tenemos en común, además de la muerte. Y, sin embargo, gastamos una energía colosal, y mucho dinero, en tranquilizantes para luchar contra las que juzgamos como negativas. Estoy convencida de que la escritura autobiográfica puede ser una manera muy efectiva de canalizarlas y, por ello, una potente herramienta terapéutica, no solo por lo que implica de dejar aflorar las emociones sino por la oportunidad que nos brinda de reinterpretar los sucesos de nuestra vida desde un punto de vista reparador.

El ser humano es, desde siempre, contador de historias. Cuando queremos que las personas nos comprendan, les contamos nuestra historia. ¿Y qué mejor que contarnos a nosotros mismos nuestra propia historia para descubrirnos, clarificarnos, interpretarnos, comprendernos, al fin? Escribir es ser minero de uno mismo, hacerse arqueólogo, profundizar en uno. O, ¿por qué no?, autojustificarnos.

En la novela No ficción el escritor Vivente Verdú reivindicaba la expresión autobiográfica como la forma que más se ajustaba a los nuevos tiempos narrativos: “Si la literatura aspira a conocer algo más sobre el mundo y sus enfermos, su elección es la directa, precisa y temeraria escritura del Yo”.

El profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Northwestern, Dam McAdams lleva treinta años estudiando la “identidad narrativa”, entendida como el proceso de narración de nuestra historia a través del cual nos creamos a nosotros mismos. En las entrevistas que hace a los participantes en sus investigaciones, les pide que dividan sus vidas en capítulos y cuenten escenas claves y momentos críticos y los alienta a pensar sobre sus creencias y valores personales. A través de ese proceso, los participantes hacen un relato de su vida que les permite crear su “mito personal”, con sus heroicidades y sus villanías. Está demostrado que es una magnífica herramienta para afianzar la identidad y sanar.

Son muchos los estudiosos españoles que han investigado sobre el género autobiográfico: José Romera Castillo, Anna Caballé, José María Pozuelo Yvancos y muchos, lo autores que la han practicado a lo largo de la historia: desde San Agustín en sus Confesiones hasta Josefina Aldecoa, pasando por el Vizconde de Chateaubriand, Proust, Joyce, Musil, Alejandra Pizarnik, María Teresa León, Manuel Belgrano… Y cada vez hay más talleres literarios que exploran este género. Por algo será.

Conviene desechar la idea de que es posible anestesiar indefinidamente el estrés que provocan las emociones no digeridas. Y la escritura puede ser una buena manera de atreverse a mirarlas cara a cara sin miedo, pero con respeto. Por nuestra salubridad mental y porque podemos hacer de la memoria un trampolín para despertar la imaginación necesaria para dedicarnos a la escritura de ficción. El mundo necesita experiencias a corazón abierto. Y plumas libres que no teman a reconocerse ni, como decía José Luis Sampedro, “a entrar más adentro en la espesura”.

Foto de portada: Una secuencia de la película The Pilow Book.
Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia Moderna y Contemporánea por la UCA y Máster en Resolución de Conflictos y Mediación por la UOC. Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' y 'Viaje al centro de mis mujeres' Colaboradora de la plataforma Woman Soul's y articulista en La Voz del Sur.

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2 Comentarios

  1. Alicia Domínguez

    Gracias, María Jesús. Seguimos ahí. Un abrazo.

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  2. María Jesús Ruiz

    Me ha encantando, muy interesante y muy certero. Espero más colaboraciones tuyas en CaoCultura

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