John Ford y Howard Hawks: dos almas gemelas

Llama la atención el tono encomiástico con el que cierto periódico celebra la emisión en televisión de La red social (The Social Network, 2010), la película que hizo el hoy afamado David Fincher sobre el creador de Facebook: “una obra maestra”, “memorable”, a cargo de un director “acostumbrado a viajar contracorriente”. Pocas películas recientes son saludadas con ese entusiasmo después de que hayan pasado algunos años desde su estreno. Y es que Fincher, nacido en 1962, puede considerarse uno de los últimos nombres dignos de figurar en la lista de los directores que han construido ese rotundo conjunto de logros que conocemos como “cine norteamericano”; y que redimen a ese marchamo del enorme lastre que suponen las decenas de películas fallidas, prescindibles o simplemente malas que los estudios de Hollywood estrenan todos los años.  

John Ford.

John Ford.

También éstas, sin embargo, suelen lucir en algún lugar prominente de sus créditos la leyenda “Una película de…”, seguida del nombre del director de turno. Largo ha sido el camino que el cine comercial ha tenido que recorrer para alcanzar la situación descrita, en la que la atribución de la máxima responsabilidad artística al director, incluso cuando éste no aporta a la película ningún rasgo personal u original que justifique ese énfasis, se ha convertido en rutina. Fue el empeño de los directores norteamericanos que saltaron a la fama a lo largo de la década de los 70: dejar su sello inconfundible en sus películas. No todos lo lograron, y casi ninguno –incluyendo los más grandes: Scorsese, Coppola, Spielberg– lo consiguió en todas y cada una de las suyas, muchas de ellas lastradas por el control externo derivado de las enormes sumas invertidas en su realización. Lo que, paradójicamente, nos recuerda que hubo un periodo anterior en el que los directores no se esforzaban por hacer valer a toda costa su autoría, pero en el que los mejores, y también muchos simplemente medianos, conseguían dejar en sus películas un sello inconfundible.

Howard Hawks

Howard Hawks.

A esa época pertenecen los casi coetáneos John Ford (1894-1973) y Howard Hawks (1896-1977). Nadie duda de su grandeza ni, por supuesto, de su individualidad creadora. Pero lo curioso es que, consideradas al detalle sus respectivas carreras, hay rasgos en ellas que resultan intercambiables; o, dicho de otro modo: si ha habido en el cine norteamericano dos almas gemelas, han sido las suyas. Ambos, en efecto, comenzaron su andadura en el cine mudo y recibieron el espaldarazo decisivo del entonces poderoso productor William Fox. Ambos llevaron a la pantalla argumentos muy parecidos –en ocasiones, obra de guionistas compartidos– y las filmaron con los mismos actores. Ambos experimentaron la zozobra de haberse sobrevivido a sí mismos y filmar sus últimas obras en un entorno que ya los veía como hombres de otro tiempo. Fueron, por último, grandes amigos.

La demostración de lo anteriormente dicho requeriría, sin duda, más espacio del correspondiente a una simple semblanza. Véanse tan solo algunos hechos significativos. En 1932, por ejemplo, se estrena Hombres sin miedo (Air Mail) de John Ford, con un guión del ex aviador Frank “Spig” Wead sobre un grupo de aviadores que se juegan la vida en una pequeña empresa dedicada al transporte de correo aéreo. Tres años más tarde Hawks estrenaría otra película de asunto parecido, Águilas heroicas (Ceiling Zero), también con guión de “Spig” Wead; y en 1939, ya sin el concurso del mencionado guionista, filmaría la grandiosa Sólo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings), en la que trasladaría el mismo argumento a un remoto país sudamericano y extremaría la espectacularidad de los lances aéreos: entre ellos, un increíblemente arriesgado aterrizaje al filo de un precipicio, que empequeñecía la escena similar con la que culminaba la de Ford, en la que un piloto aterriza en un inaccesible paraje montañoso para salvar a otro que previamente se había estrellado allí; dándose la circunstancia, además, de que el primero quería redimirse así de haber seducido a la mujer de otro piloto, muerto en un accidente anterior. La película de Ford, recuérdese, se beneficiaba de la permisividad sexual imperante en el cine anterior a la entrada en vigor del Código Hays: el lance amoroso es mostrado con todo lujo de detalles, incluida la intimidad de los amantes en un hotelucho; mientras que la de Hawks, estrenada en 1939, prefirió poner su acento en los sentimientos de lealtad y pundonor profesional que mueven a sus personajes; y si, como es el caso, en su cerrado mundo irrumpe alguna aventurera, el hecho se justifica en función del exótico escenario.

Elsa Martinelli y John Wayne en una escena de 'Hatari', de Howard Hawks.

Elsa Martinelli y John Wayne en una escena de ‘Hatari’, de Howard Hawks.

Aquella batalla la ganó Hawks: su película de 1939 ha resistido el paso del tiempo mejor que la de Ford. Lo que no significa que el vencedor dejara de admirar y emular al vencido. Ocurrió, por ejemplo, durante el rodaje del wéstern Río Rojo (Red River, 1948): cuando no sabía cómo resolver una escena, declaró, se preguntaba cómo lo haría “Jack” (Ford) y obraba en consecuencia; hasta tal punto que, admirado de la capacidad de Ford para rodar en cualesquiera condiciones climáticas o de luz, desoyó en alguna ocasión los consejos de su operador y se avino a dejar que en sus tomas exteriores se hiciera presente algún que otro inesperado nublado. En contrapartida, Ford descubrió en la película de su amigo que John Wayne, al que hasta entonces había recluido en papeles más o menos arquetípicos, era un actor de registros más amplios, sobre el que cabía componer personajes tan complejos como los que terminaría interpretando en La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) o Centauros del desierto (The Searchers, 1956). La emulación mutua alcanzó matices incluso más sutiles. De Mogambo (1953), cuyo protagonista se ganaba la vida cazando animales en las selvas africanas para los zoos de Europa, tomó Hawks la idea para la divertida Hatari! (1962), cuyos personajes se dedican a lo mismo, si bien libres de la enojosa complicación erótica que debe resolver Clark Gable en la de Ford. También en Hatari! hay una mujer (Elsa Martinelli) que irrumpe ruidosamente en un cerrado universo de hombres solos; pero, a diferencia del personaje de Ava Gardner en Mogambo, tan segura del poder de su atractivo para hacer estallar en pedazos la armonía asexuada del entorno masculino al que ha accedido, el de Martinelli se da por vencida e incluso intenta una inoperante retirada a tiempo. Irónicamente, Hawks hace que su reticente enamorado la persiga hasta la ciudad, guiado por una cría de elefante que se ha encariñado con la intrusa y conduce a sus perseguidores hasta su cuarto de hotel… A esas alturas de su carrera, Hawks podía permitirse esta clase de humoradas, no demasiado alejadas del repertorio de bromas machistas y ocurrencias conviviales en que consistió La taberna del irlandés (Donovan’s Reef, 1963), una película de Ford de tono muy similar.

 Clark Gable y Ava Gardner en una secuencia de 'Mogambo', de John Ford.

Clark Gable y Ava Gardner en una secuencia de ‘Mogambo’, de John Ford.

Dicho lo que antecede, cabría preguntarse si hay alguna diferencia esencial entre el mundo de uno y otro director. Cabría afirmar, quizá, que los personajes de Hawks no solo creen en los valores de su universo masculino, sino que basan en ellos una especie de inquebrantable lealtad mutua, que es su verdadero sustento emocional. Los de Ford, en cambio, son solitarios irredimibles: si amaron alguna vez, ese amor queda lejos y es ya solo un recuerdo o una imagen idealizada; y en la convivencia con otros hombres encuentran una especie de lenitivo de esa dura privación emocional autoimpuesta, pero nunca un sustitutivo o una razón superior. Es posible que tanto Ford como Hawks proyectaran en sus personajes algunos rasgos de sus respectivas personalidades. En todo caso, no lo hicieron –y esto los diferencia de los muy vanidosos directores posteriores– por afán de retratarse en sus películas, sino por una especie de inevitabilidad, derivada de la honestidad esencial con la que abordaban su tarea de simples artesanos. El cine nunca alcanzó cotas tan altas.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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