Jayne Mansfield o la franqueza

“Es todo natural, menos el color”, le espeta Jayne Mansfield a Cary Grant en Bésalas por mí (Kiss Them for Me, 1957), la película dirigida por Stanley Donen en la que ambos coincidieron y que fue, con diferencia, la más ambiciosa de las que interpretó la malograda actriz rubia, “la Marylin para pobres”, que moriría en un accidente de tráfico en 1967. Bromear con su espectacular físico –y no solo con el color de su pelo– se había convertido ya en uno de sus tics más característicos. En las dos comedias que hizo bajo la dirección de Frank Tashlin –Una rubia en la cumbre (The Girl Can’t Help It, 1956) y Una mujer de cuidado (Will Success Spoil Rock Hunter?, 1957)– las bromas en torno al tamaño de sus pechos, por ejemplo, eran constantes: es conocida la escena de la primera en la que la actriz –que interpreta a la novia de un gánster encomendada a los cuidados de un agente artístico que ha de hacer de ella una estrella de la canción– entra en el apartamento de soltero de su mentor sosteniendo a la altura de sus pechos dos botellas de leche que ha recogido del vestíbulo. Se dice que Tashlin, que había iniciado su carrera dirigiendo dibujos animados, entendió en todo momento que el personaje de su actriz había de ser tratado como una caricatura; lo que, a la vista del resultado, colorista e intrascendente, pero gobernado por una especie de ironía de la que participan tanto los intérpretes de estas películas como sus avisados espectadores, no iba mal encaminado: era el tipo de cine sofisticado y ligero en el que triunfarían Rock Hudson, Tony Randall –que coprotagoniza Una mujer de cuidado– y Doris Day, entre otros, y Jayne Mansfield demostró sobradamente estar a su altura.

Fueron precisamente esos papeles los que animaron a Donen a incluirla en Bésalas por mí, una difícil comedia en la que debía combinar el tono frívolo apropiado a las aventuras de tres pilotos de guerra que disfrutan de un permiso de cuatro días en San Francisco, con el dramatismo derivado de la reacción de esos pilotos, más o menos traumatizados por su experiencia de guerra, al cínico intento de manipulación propagandística del que son objeto por parte de sus superiores y del establishment político y empresarial que los acoge. En otras palabras: Donen asumió el difícil reto de combinar la ligereza de Un día en Nueva York (On the Town, 1949), una comedia musical que él mismo había dirigido sobre las aventuras románticas de tres marineros de permiso, con la aspereza crítica de Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives, 1946), el drama de William Wyler sobre la difícil reincorporación a la vida civil de tres héroes de guerra. El público y la crítica no apreciaron la dificultad del reto y la película es considerada aún hoy una de las menos logradas de Donen; sin embargo, hay que decir a su favor que es la primera en la que el director plantea el asunto principal de sus grandes películas maduras: las relaciones francas entre hombres y mujeres adultos que asumen su sexualidad sin complejos y establecen, en contraste con las estereotipadas convenciones sociales imperantes, su propio marco de entendimiento. Es el tema de Dos en la carretera (Two for the Road, 1957), Indiscreta (Indiscreet, 1958) y Lío en Río (Blame It on Rio, 1984); y, como en éstas, el toque de comedia parece apropiado para expresar lo que el aspecto estrictamente sexual de la cuestión tiene de juego y enredo.

Jayne Mansfield en una escena de 'Una rubia en la cumbre'.
Jayne Mansfield en una escena de ‘Una rubia en la cumbre’.

Y eso es precisamente lo que aporta el personaje de Mansfield: una especie de chica de alterne que se dispone a disfrutar sin complejos de los días de diversión que prometen los pilotos de permiso; y a quien no le importa que el acompañante que le toca en suerte esté casado. Cuando éste le confiesa que, al besarla, no hace otra cosa que pensar en su esposa, ella le resta importancia al hecho: “Bésalos en mi lugar” –esa sería la traducción correcta del título– le había recomendado un amigo suyo que hiciera, en esos complicados tiempos de guerra, cada vez que saliera con un soldado, piloto o marino; y a eso es a lo que ella se aplica, sin tapujos, en contraste con el exaltado romanticismo en el que envuelve su relación la pareja protagonista, interpretada por Grant y Suzy Parker.

Cabe pensar que la carrera de Jayne Mansfield hubiera sido muy distinta si los estudios para los que trabajó hubieran visto en ella el potencial dramático de ese elemento de franqueza sexual, y no se hubieran limitado a explotar sin más, y a veces muy groseramente, su llamativa figura y el personaje de rubia tonta (dumb blonde) a ella aparejado. Decepcionada con la deriva que su trayectoria iba tomando en Hollywood, la actriz probó suerte en el cine europeo, donde tampoco consiguió grandes papeles, pero sí dejó muestras de su talento en un par de thrillers británicos densos y voyeurísticos, ambientados ambos en los cabarets del Soho londinense: Too Hot to Handle y El reto (It Takes a Thief), ambos de 1960; y en una especie de comedia italiana de trazo grueso, en la que compartió reparto con Maurice Chevalier y Eleanor Parker: Operación fisco (Panic Button, 1964), dirigida nominalmente por George Sherman, aunque el peso del rodaje lo llevó el codirector italiano Giuliano Carnimeo.

La Mansfield con Cary Grant en una foto promocional de 'Besalos por mí
La Mansfield con Cary Grant en una foto promocional de ‘Bésalas por mí’.

A partir de ahí el declive de su carrera fue aún más acentuado, si cabe: y los problemas con el alcohol y las drogas, posiblemente relacionados con la sensación de desgobierno sobre su propia trayectoria profesional y vital, no hicieron otra cosa que agravarlo. Tras su muerte en accidente de tráfico en 1967, el estreno póstumo de dos películas coyunturales y oportunistas, el pseudo-documental The Wild, Wild World of Jayne Mansfield, hecho con retazos de  filmaciones caseras de los viajes por Europa de la actriz, y Single Room Furnished, un intento casi amateur de remedar los dramas realistas que pasaban al cine después de haber triunfado en la escena neoyorquina, contribuyó a sellar en el recuerdo del espectador la imagen de una Jayne Mansfield convertida para siempre en caricatura de sí misma.

Todavía hoy resulta difícil encontrar apreciaciones justas de las películas estimables que filmó, e incluso la que dirigió el afamado Stanley Donen parece contagiarse de esta animadversión crítica generalizada. Que olvida, sin embargo, una verdad esencial: incluso una trayectoria parcialmente abocada al fracaso, como fue la suya, puede aportar un punto de vista revelador sobre lo que fue el cine de su tiempo. La de Mansfield arroja alguna luz sobre la transición del cine altamente codificado y previsible de la década de los 50 a las indecisiones que precedieron al del “nuevo Hollywood” de los 70. La franqueza sexual era una de las cuestiones que ese nuevo cine había de replantear. La descarrilada carrera de Mansfield fue, en ese sentido, un ensayo necesario.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

4 thoughts on “Jayne Mansfield o la franqueza

    1. Sí, sabía el dato. Hay otra hija, Jayne Marie Mansfield, que durante un tiempo fue casi una réplica viviente de su madre, a la que intentó emular en más de un aspecto.

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