Iquino

A Ignacio F. Iquino se le recuerda todavía como el director de películas tan lamentables como Zorrita Martínez o Busco tonta para fin de semana. Que éstas respondieran a una fase muy particular de una trayectoria que se extendió a lo largo de medio siglo no nos autoriza a entonar el consabido lamento por el talento desaprovechado. No era ésa la idea que Iquino –como Siegel, convirtió su apellido desnudo en firma y marca de la casa– tenía de sí mismo. Lo suyo era hacer películas baratas y rentables, y hacerlas en el menor tiempo posible. Se le ha comparado, por ello, con Roger Corman. Sin embargo, quien tenga la paciencia y la ocasión de revisar lo que ha sobrevivido de su abundante filmografía se llevará más de una sorpresa: a diferencia de Corman, Iquino no despreciaba los primores de cámara y montaje y, antes que enmascarar una chapuza con modales de amateur, le agradaba exhibir su gran dominio de la técnica cinematográfica, como demuestran películas como Brigada criminal (1950), o la muy olvidada La culpa del otro (1942), que acaba de emitir Televisión Española en su serie Historia de nuestro cine.

La culpa del otro es, en efecto, la película que uno esperaría de un gran cineasta que, de alguna manera, no hubiera renunciado a sus recursos a la hora de filmar una película barata. La historia, original del propio Iquino, no es más que una enrevesada mezcla de melodrama y cine de detectives, en la que el espectador echa de menos la mano de un verdadero guionista que hubiera pulido las numerosas inverosimilitudes y casualidades en que se fundamenta el argumento. Los actores, como solía ocurrir entonces, andan mezclados: los hay buenos y eficaces, que hacían presagiar la excelente cantera de característicos que habría de nutrir el cine policíaco que se haría en Barcelona en la década siguiente, y otros insoportablemente afectados y amanerados, aquejados de ese exceso de teatralidad que lastra tantas interpretaciones del cine español de la época. Pero lo realmente sorprendente de La culpa del otro es que, con materiales tan falibles, Iquino lograra hacer una película en la que los movimientos de cámara y el montaje asumen todo el protagonismo y prestan al conjunto la inconfundible factura del cine hecho por mano solventes.

Mercedes Vecino e Isabel de Pomés, en 'La culpa del otro'.
Mercedes Vecino e Isabel de Pomés, en ‘La culpa del otro’.

Todo ello es palpable desde el inicio mismo: un magnífico plano-secuencia que introduce al espectador en un bar de los bajos fondos en el que se urde un crimen. Es el mundo espeso y turbio de “Tatuaje”, la célebre canción de Xandro Valerio, Rafael de León y Manuel Quiroga de 1941 que sirve de fondo musical a la escena y que tan certeramente dramatiza las soterradas sordideces de aquellos años. Ese suntuoso movimiento de cámara se repetirá en otras escenas que transcurren en el mismo ambiente, como si en ellas el director renunciara a su propósito práctico de narrar una historia y cediera a una casi reprimida voluntad de mostrar, que revela al documentalista que Iquino también fue y anticipa –y esto es muy curioso– al voyeur de las películas semipornográficas de sus últimos años. En uno de esos planos-secuencia, por ejemplo, la cámara se demora –recuérdese que estamos en 1942– en el torso de una figurante que llamativamente lleva los pechos sueltos bajo un delgado pañolón de seda.

Antes de morir en 1984, Iquino tuvo la coquetería de hacer constar ante notario su voluntad de que su fallecimiento no se hiciera público. Temía tal vez lo que dirían de él las necrológicas; o, más probablemente aún, puede que deseara evitar que éstas jugaran a perdonarle lo menos presentable de su amplia filmografía. Treinta años después, ya no tenemos que perdonarle nada, y quizá sí aprender algo de uno de los directores técnicamente más eficaces del cine español.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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