Tras extenuantes años de guerra, la civilización ha sido destruida, los recursos energéticos se han agotado y la humanidad superviviente se organiza en precarias sociedades semibárbaras gobernadas por extravagantes tiranos. No, no es el trasfondo de Mad Max, aunque podría serlo; por más que la vigencia de esta visión se fundamenta, no solo en el dato de que haya vuelto a estrenarse una secuela de la trilogía que George Miller llevo a las pantallas en plena crisis del petróleo, entre 1979 y 1985, sino en el hecho, mucho más inquietante, de que la actualidad mundial esté determinada por la existencia de sociedades de este cariz, surgidas de los restos de anteriores conflictos y alimentadas por una mezcla muy particular de milenarismo medieval y aprecio por determinados “logros” de la modernidad, tales como la explotación de los recursos energéticos disponibles –en el caso al que nos referimos, el del llamado “Estado Islámico”, el petróleo– y la exhibición del armamento más moderno y destructivo.
No, el panorama anteriormente descrito no pertenecía ni a la nueva entrega de las aventuras del “guerrero de la carretera” ni a la inquietante realidad de la existencia de una horda expansiva en pleno siglo XXI, sino a una premonitoria película estrenada en 1936 y dirigida por un cineasta que alcanzaría más fama como escenógrafo que como director propiamente dicho: nos referimos a La vida futura (Things to Come), adaptación de la novela del mismo título de H. G. Wells, y a su realizador, William Cameron Menzies, que se haría luego mundialmente famoso por su decisiva contribución, como director artístico, a Lo que el viento se llevó, con la que se ganó el derecho a que su nombre figurase en letras grandes incluso en películas tan intimistas y poco dadas a la espectacularidad dramática como Sinfonía de la vida (Our Town), la adaptación que Sam Wood hizo en 1940 de la obra de teatro de Thornton Wilder.

La primera parte de La vida futura, en efecto, hace pensar en la escenografía postapocalíptica de las películas de Miller: el tirano que controla la nueva situación es, como el Humungus de Mad Max 2, un grotesco ególatra que mezcla en su atuendo vestigios de la situación anterior –en su caso, un impecable uniforme de oficial inglés de hacia 1940, año en que Wells proféticamente sitúa el inicio del devastador conflicto– con aderezos de barbarie –un extravagante chaleco de piel–. Su poder reside en el control que todavía ejerce sobre los restos de la antigua civilización tecnológica: unas decenas de aviones cuyos pilotos se afanan en mantener en precarias condiciones de funcionamiento, y unas escasas reservas de petróleo. Para justificar la necesidad de su liderazgo, este tirano prolonga la situación de guerra, que justifica en nombre de la hipotética amenaza que suponen unos presuntos “montañeses” contra los que dirige el esfuerzo bélico de la población agotada. Ni que decir tiene que un escenógrafo como Menzies alcanzará sus mejores logros en hacernos visualizar tan anómala situación. Minuciosas maquetas –que voy no podemos dejar de ver con cierta condescendencia– darán concreción a los artefactos que llevarán el mundo a su destrucción. Y ésta quedará plasmada en una visión del centro de Londres reducido a ruinas reminiscentes de las de la antigua Roma. Estamos, no hay que olvidarlo, ante el decorador al que debemos la memorable secuencia de Lo que el viento se llevó que muestra el bombardeo y destrucción de Atlanta en la guerra civil americana.
Lo que viene después es más excusable, aunque visualmente incluso más espectacular: el estado bárbaro es finalmente derrotado por una especie de liga de ingenieros que aplica sus conocimientos tecnológicos a restaurar la civilización y a proponer a la humanidad nuevas metas de expansión y progreso, tales como la conquista del espacio. El escenógrafo que Menzies lleva dentro, sin embargo, no puede evitar que su visión de ese mundo perfecto recuerde plásticamente la inquietante utopía futurista que el alemán Fritz Lang había propuesto en Metrópolis (1927). Hoy ya sabemos cuánto hay de irresponsable fantasía en esa aspiración al progreso perpetuo, así como de los peligros de dejarse tentar por la posibilidad de control absoluto que brinda la tecnología. Otra cosa era verlo con nuestros propios ojos: hoy la realidad se ha encargado de ponernos por delante lo que, en los tiempos de Menzies y Lang, requería habilidades de ilusionista.

