No hay amor que valga lo que una buena amistad; especialmente, si es entre personas del mismo sexo; y sobre todo entre hombres. O eso parece desprenderse del cine de Howard Hawks: la amistad masculina fue su gran tema, al que se consagró desde los inicios mismos de su carrera, como lo demuestra la temprana y muda Una novia en cada puerto (A Girl in Every Port, 1928). El esquema, aplicable a ésta y a otras muchas películas por venir, era el siguiente: entre dos hombres surge lo que podríamos llamar una especie de fascinación mutua basada en los valores de una masculinidad arquetípica: la valentía, la fuerza física, el prestigio, la capacidad de seducción, etc. Lo curioso de esta fascinación es que normalmente se manifiesta primero como rivalidad e incluso odio, para luego cuajar en mutua e inquebrantable lealtad. No tardarán en surgir obstáculos que amenacen esa recién nacida amistad; hasta que, tras un dramático momento de esclarecimiento, las aguas vuelven a su cauce.
No tengo muy claro a qué fin servían estas películas: puede que obedecieran a un designio educativo, o al apego de Hawks y otros cineastas de su generación –John Ford, por ejemplo– a unos valores ya entonces en liquidación, pero en los que encontraron un asidero para sortear las turbulentas aguas de una época que prometía arramblar con todo lo que parecía firme y seguro. No era mala idea: confrontar un ideal humano de mutua emulación entre iguales con la odiosa aspiración del siglo XX a convertir a todo el mundo en masa o carne de cañón. Veíamos Río Bravo y entendíamos que siempre había un amigo capaz de interponerse entre uno y el despeñadero al que lo arrastraban las propias debilidades; o veíamos Hatari y asumíamos que un cierto grado de franca rudeza entre camaradas parecía inseparable de la despreocupación y la libertad.

Otra cosa era que esa masculinidad idealizada se correspondiera con la realidad, competitiva e innoble. Pero ya en Una novia en cada puerto había quedado bien claro el punto de vista que el cine de Hawks mantendría durante medio siglo. Pese a lo mucho que había cambiado el mundo en ese tiempo, el personaje que interpretaba John Wayne en Río Lobo (1970) no hubiera dejado de simpatizar con el interpretado por Victor McLaglen en la de 1928: un marino obsesionado por el hecho de que otro (Robert Armstrong) le hubiese tomado la delantera en la conquista de las chicas de las que ambos se encaprichan sucesivamente en cada puerto que tocan. Los rivales no tardarán en encontrarse y hacerse amigos; hasta que el primero se enamora de una artista de feria interpretada nada menos que por la sinuosa Louise Brooks, con quien el otro también había tenido ya trato…
No cuento más. El cínico Lubitsch encontró una civilizada solución para estos conflictos: la enunciada en su película Una mujer para dos (Design for Living, 1933), cuyo título castellano no deja lugar a dudas. Pero ya sabemos que los rudos protagonistas de las películas de Hawks nunca habrían condescendido a según qué arreglos.


Muy exacto. Si es posible, sigue escribiendo sobre esto: El libro de la Selva, Casablanca… Interesante
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