CriSSis

Capítulo 4: González.

En alguna parte había leído que el encuentro con el doble era augurio de la muerte. La de películas y libros que se habían escrito con eso. Pero, claro, uno nunca va a encontrarse a su doble en la vida real. Eso también pasa sólo en los libros y en las películas. Todo lo más podían confundirte con un hermano, o con un primo, o con alguien que se te daba un leve parecido.

O te podías encontrar, como era su caso, con alguien que había sido como eras tú. Que había vivido como viviste tú. Que había compartido tus mismas experiencias, casi tus mismos estudios, tus mismos sueños, tus mismas metas. Y, ahora, quién sabía si adelantado en el tiempo una vez más, vivía la pesadilla que hacía tiempo que te quitaba el sueño.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

González no era tonto. González no era insensible. Joder, tenía ojos en la cara. Claro que veía cómo todo se estaba desmoronando. Claro que le dolía ver la tristeza y el miedo en los ojos de la gente. Claro que le asustaba especular dónde acabarían de aquí a seis meses. No sólo ellos: todos.

Bastaba pasear por las calles y ver la cantidad de comercios cerrados. Bares, grandes almacenes, perfumerías, cafés, kioscos. Comercios de toda la vida. Cerrado. Se alquila. Se traspasa. Liquidación total. Todo muerto. Menos los bancos, sí. Antes, los bancos ocupaban los lugares de las librerías. Hoy simplemente cambiaban de nombre y de logo.  A salvo del caos, como un bombero pirómano.

Pero una cosa era el miedo en abstracto, el dolor en abstracto, de lejos, por la tele o en los periódicos, y otra verlo en vivo y en directo. En alguien conocido. Como Márquez, a quien, verdad, no veía desde hacía un montón de tiempo pero era esa cosa que cada vez se estilaba menos: un amigo de la infancia, un amigo del colegio. La persona con quien podías continuar una conversación en el mismo punto que la dejaste hacía seis años.

No dormía bien desde aquel encuentro fortuito. La imagen de Márquez en las últimas lo acosaba. Como si fuera el fantasma del padre de Hamlet advirtiéndolo de traiciones, ajeno a que por ello venían más catástrofes de camino.

González-Márquez, el tándem simpático del instituto. La de chistes que habían gastado a su costa por la coincidencia de sus apellidos. Con todo, fueron los mejores en matemáticas, los mejores en química, los mejores en literatura. Y ahora, ¿de qué le habían servido a Márquez los estudios? El laboratorio (alemán, naturalmente) lo había tratado como a un fármaco más. Se cambia el producto por otra marca blanca y a seguir con otra cosa.

Y él… Tampoco iban muy bien las cosas en la empresa. Se hablaba de un ERE. O de un cierre. Saldrían a flote unos cuántos. ¿Quiénes? Eso no lo sabían ni los grandes gerifaltes, que seguro que escaparían con un buen botín.

Marchando una de piratas.

Quizá la culpa había sido suya. De la sociedad en general. De González y de Márquez en concreto.

Era cierto. Se habían acomodado. Habían perdido en el camino la juventud y la ilusión a cambio del coche, del piso con dos cuartos de baño, del chalé en la sierra y las vacaciones en resorts cada vez más lejanos. El televisor más grande, el restaurante más acogedor, incluso (en su caso), la amante más dispuesta. El cambio de la pana por el tergal no había sido solo un símbolo: fue un camino.

Habían olvidado los sueños. Habían olvidado la revolución. González-Márquez, como el político homónimo, habían dejado en un rincón los sueños de aquel ser que fueron hacía tantos años.

Habían olvidado a Isidoro.

Quizá fuera ya tarde para resucitarlo.

O quizá todavía hubiera tiempo.

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