Hitchcock en San Sebastián: sobre un estreno y unas fotos

¿De qué trata exactamente Vértigo (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock? El cineasta la trajo a España en el año de su estreno: la presentó en la sección oficial del Festival de San Sebastián, donde al parecer no despertó más que un tímido aplauso. La codiciada Concha de Oro fue para la película polaca Eva quiere dormir (Ewa chce spac) de la que hoy suele recordarse el hecho de que su protagonista, la inquietante Barbara Kwiatowska, era a la sazón novia de un jovencísimo Roman Polanski a quien todavía quedaban cuatro años para estrenar la que fue su primera película, El cuchillo en el agua (Nóz w Nodzie, 1962). La pareja, nos recuerda el material acopiado con motivo de la exposición Welcome Mr Hitchcock sobre la visita del cineasta a San Sebastián, y que ha sido presentada en la actual edición del Festival y permanecerá abierta hasta el 20 de octubre, experimentó en carne propia el clima moral de la España de la época: en el hotel en el que se alojaron no les permitieron dormir juntos; aunque cabe pensar que, más allá de la anécdota, la actriz y el cineasta en ciernes encontrarían la manera de disfrutar al máximo de aquella escapada de la Polonia comunista, que tampoco debía de ser un dechado en lo concerniente a libertades personales.

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Hitchcock y su esposa, Alma Reville, durante su estancia en España en 1958.

Caso distinto fue el de Hitchcock y su legítima esposa, Alma Reville. A pesar de la decepción que debió de suponer para el cineasta la tibia recepción de su película, no se pudo quejar del trato recibido. Las fotografías conservadas muestran al matrimonio haciendo un completo recorrido turístico por los alrededores de San Sebastián, así como un amplio repertorio de gestos y poses característicos del cineasta, que no quería decepcionar a su público: así, lo vemos permanecer impasible, a la manera de un maniquí, tras el escaparate de lo que parece una tienda de menaje o de antigüedades, mientras unos asombrados niños lo contemplan desde la calle; o dentro de una iglesia iluminada por espléndidos vitrales, mirando con expresión de arrobo hacia donde debía de encontrarse el altar… La filiación católica de Hitchcock era conocida, así como el peso de su educación religiosa en las obsesiones que afloraban en sus películas, de las que Vértigo presentaba un completo surtido: el peso de la culpa, el destino del alma después de la muerte, el infierno como estado mental del pecador irredento… Debió de parecerle llamativo que la católica España no fuera receptiva a ese repertorio; aunque también es posible que, como astuto jugador de ventaja que era en su trato con el aparato industrial y financiero de Hollywood, aprovechara la baza que le brindaba aquel relativo fracaso para hacer ver a sus productores que el final que habían impuesto a la película, y que, como dictaban las normas del Código Hays, enfatizaba el castigo que debía recibir el criminal en cuestión, era flojo y había de sustituirse por el que él había previsto, que no es otro que el que conocemos: la muerte accidental de la amada del protagonista en el momento mismo en el que para ambos se abría la posibilidad de una feliz vida en común.

James Stewart y Kim Novak en una escena de 'Vértigo'.
James Stewart y Kim Novak en una escena de ‘Vértigo’.

El caso es que a Hitchcock se le ve satisfecho durante aquella visita en la que traía al país anfitrión la que puede considerarse una de sus mejores películas. Basada en una novela de los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac, que solían firmar sus obras con los apellidos de ambos unidos por un guión, y a quienes se debía el argumento de Las diabólicas (Les diaboliques, 1955) de Henri-Georges Clouzot, una obra que influyó en el giro hacia lo macabro y sobrenatural que estaba experimentando el cine del propio Hitchcock, Vértigo lograba esquivar, sin embargo, la atmósfera truculenta, más propia del cine de terror, en la que se desarrollaban los argumentos de aquellos. Por el contrario, la película de Hitchcock, rodada en soleados exteriores californianos fotografiados en un deslumbrante tecnicolor, sugiere más bien el contraste entre una bien aireada realidad y las sombras autoinducidas que ocupan la mente humana. El protagonista, un detective interpretado por James Stewart, tiene todo lo necesario para ser feliz: prestigio profesional, buenos contactos e incluso el afecto incondicional de su amiga Midge, interpretada por la eficiente Barbara Bel Geddes, con quien mantiene un esclarecedor diálogo durante el cual ella, diseñadora de lencería, manipula amenazadoramente un sujetador mientras cuenta a su atribulado confidente el final de una relación amorosa en la que “no había pasado nada”. Tampoco su interlocutor está en disposición de tomar ninguna clase de iniciativa: la muerte en su presencia de una mujer a la que debía vigilar, y que aparentemente ha cometido suicidio arrojándose desde un campanario, lo ha sumido en una depresión que se manifiesta en forma de pánico agudo a las alturas, y que lo incapacita tanto para su profesión como –tal es la insinuación que contiene el diálogo antes mencionado– para otras cosas. Lo sorprendente es que, en sus desolados paseos por la ciudad, conoce a una mujer que se parece como una gota de agua a otra a la fallecida, de la que solo le diferencia el color del pelo y el nivel social: si la otra era la refinada y elegante esposa de un hombre de negocios, ésta es una muchacha vulgar que vive en un hotelucho. Pronto se desvelará –primero, al espectador, y luego al descorazonado protagonista– que ambas mujeres –a las que da vidas una espléndida Kim Novak– son la misma, y que el detective ha sido víctima de una maquinación destinada a convertirlo en testigo de un falso suicidio cuya víctima real ha sido la esposa del amigo que le encargó el caso.

Pero estos detalles, digamos, policiales casi no tienen importancia al lado del verdadero asunto de la película, que no es otro que el enamoramiento, por parte del azorado Stewart, de una mujer muerta, y sus esfuerzos por convertir a la que cree otra persona en una verdadera reencarnación de la difunta, a la que de ese modo logrará poseer. Hay quien dice, por ello, que Vértigo es una película necrófila, y puede que ese fuera el aspecto que interesaba destacar a los truculentos Boileau y Narcejac, pero no tanto a Hitchcock, que sabía que los efectismos vulgares tienen poco recorrido y que lo que verdaderamente podía interesar al espectador de una historia así es el papel que asigna a la imaginación como creadora del objeto amoroso, así como el inevitable reverso de esa situación: la impotencia resultante de la incapacidad para ese acto de invención. Lo decía Antonio Machado en un célebre poemilla: “Todo amor es fantasía (…) / inventa el amante y, más, / la amada. No prueba nada / contra el amor que la amada / no haya existido jamás”. La de Stewart era bien real: le ponía cuerpo y rostro nada menos que la bellísima Kim Novak, con cuya elocuente carnalidad supo Hitchcock insuflar vida a uno de los fantasmas eróticos más convincentes que haya creado nunca la inventiva humana.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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