Vallejo contra Pemán

En 1936, desde el exilio londinense al que le había forzado el nazismo, el escritor austriaco Stefan Zweig publicó Castellio contra Calvino (o Conciencia contra violencia), una crónica demoledora de la controversia mantenida en el siglo XVI entre la razón humanista y la sinrazón política. Zweig, cuyas obras los nazis habían condenado tachándolas de “literatura judía y degenerada”, era muy consciente de que la antigua polémica que culminó en la muerte en la hoguera de Miguel Servet trascendía su coyuntura histórica, y de que en la Europa de los albores del siglo XX se volvía a plantear la lucha de la libertad individual frente al fanatismo dirigista.

Los grandes sucesos de la Historia suelen tener su fundamento y su ejemplo práctico en las minucias intrahistóricas. Por el tiempo en que Zweig publicaba su libro, España comenzaba su cruenta Guerra Civil, se debatían aquí de nuevo las razones de Castellio y las soberbias de Calvino y, al tiempo que en el 39 ardían los miles de libros de las bibliotecas rurales, volvía a arder Servet en su eterna hoguera. Pasaba eso, claro está, porque en las décadas anteriores los aires de renovación cultural y de revolución social habían inquietado a los próceres reaccionarios que oían hablar, inquietos, de reformas educativas y, temerosos, contemplaban los peligros que podrían acarrear una progresiva alfabetización del pueblo o los sueños de igualdad de las mujeres y los pobres.

El Cádiz de 1925 vio llegar a Carlos María de Vallejo, al que el Atlántico trajo para ocupar el cargo de cónsul de Uruguay. Vallejo llega a una ciudad de secular tradición americanista, que acaba de demoler sus murallas “para permitir que el progreso llegara desde el mar” (en palabras de su entonces alcalde, Cayetano del Toro). Cádiz, en esos momentos, es una ciudad turbada por la moda modernista, verdadera secta de poetas, que proliferan en tertulias y en veladas poético-musicales en las que la literatura empieza a entenderse como el mejor revulsivo para acabar con una sociedad caduca e inmóvil.

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Vallejo, que a su llegada a Cádiz ya había publicado varios libros, no tarda en sumarse a estos ambientes lúdicos y poéticos, haciendo de su consulado y de su casa un centro neurálgico de la nueva bohemia. José María Pemán, que confesaba asistir a estos saraos con actitud escéptica y desconfiada, habla así de ello: “Carlos María de Vallejo daba en su casa cocktails vanguardistas, donde los transeúntes de la tribuna del Ateneo solían dar una segunda audición privada, para la que reservaban la parte más escandalosa de su arte nuevo. Vallejo pontificaba tras el mostrador de colorines; presentaba a cada forastero con un cocktail poético, que era una cuartilla, que extraía de una cocktelera y donde se contenía una semblanza descoyuntada del paciente de turno… El cenáculo de Vallejo era decididamente loco y apayasado”.

Las inquietudes sociales e intelectuales del cónsul uruguayo lo llevaron a fundar y dirigir un periódico (“de arte, ciencia y literatura”), que tituló Renovación, a crear una colección de libros de poesía y hasta a iniciar un movimiento que pretendió dar nombre a la nueva generación literaria: Renovismo. Como el dislocado Castellio, como el judío Zweig, Vallejo, confiado en la condición humana, quiso abrir su cenáculo y su periódico a todos para que así todos pudieran gozar y alumbrarse con la primavera intelectual que él contemplaba en ciernes en España y en Cádiz: “Renovación ofrece sus columnas a todos los artistas que deseen colaborar. El conocimiento o el desconocimiento de sus nombres no ha de influir en absoluto para desviar el ángulo recto de su juicio”.

Con la excepción de un viaje largo a su tierra natal, Carlos María de Vallejo permaneció en Cádiz al menos hasta bien entrada la década de los treinta. En Cádiz proyectó publicar (sin llegar a hacerlo) un libro de viajes, Piel de toro, y en Cádiz publicó Los maderos de San Juan, glosario de rondas y canciones infantiles (1932). El libro, compilación de la tradición poético-musical de los niños españoles y uruguayos, se inscribe en esa pedagogía renovadora, y revolucionaria, que la dictadura no dejó cuajar. Como otros tantos intentos similares, Los maderos de San Juan ofrece un aprendizaje de la memoria cultural por medio de la propia memoria y se salta, así, caducos métodos de enseñanza escolar. Pero, como otros tantos, el libro ni se difundió por las escuelas ni prosperó en las editoriales y sólo en Montevideo, una década después, volvió a publicarse. Libro exiliado, memoria desterrada, como el destierro de todos los que tuvieron que olvidarse de renovaciones y payasadas por el estilo. Como Calvino, como los nazis que exiliaron a Zweig, Pemán había ganado la controversia. Aserrín, aserrán.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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4 Comentarios

  1. Bonita semblanza de Carlos María de Vallejo, todavía un desconocido en Uruguay.
    ¡Saludos desde el Sur!

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    • María Jesús Ruiz

      Gracias, no había visto tu comentario. Esperemos que Pemán no gane de nuevo

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    • María Jesús Ruiz

      ¡Muchas gracias! No tenía ese dato

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