Hiroshima o las verdades entre dos

Para sumarse a la conmemoración del setenta aniversario del  lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, un canal de televisión emitió Hiroshima mon amour (1959) de Alain Resnais. Hubo un tiempo, en fin, en el que uno se enorgullecía de haber visto esa singular trilogía de “poemas fílmicos” que, con la mencionada, completaban las películas La noche pasada en Marienbad (1961) y La guerra ha terminado (1966). Resnais venía del documentalismo, y en Hiroshima mon amour, que concibió en principio como un documental, tropezó con la gran paradoja que reside en el núcleo mismo de la creación artística: la necesidad de la mentira –es decir, de la ficción– para alcanzar cotas más elevadas de verdad.

¿Introducir una trama amorosa en un documental sobre las consecuencias de la bomba atómica? ¿Por qué no? Apoyándose en un guión de Marguerite Duras, Resnais se valió de una historia de amor –una actriz francesa que está rodando una película en Hiroshima mantiene una fugaz relación con un arquitecto japonés– para poner de manifiesto el peso que los grandes traumas del siglo –y, muy especialmente, el desenlace de la Segunda Guerra Mundial– tienen sobre dos personas en principio anónimas y sin especial protagonismo en los hechos históricos que recuerdan, pero cuya sentimentalidad se ha forjado al calor de los mismos. Sin duda el cínico espectador de hoy podría sentirse tentado a encontrar risibles esos planteamientos: ¿Dos amantes abrazados sobre el lecho, desnudos y, al parecer, en plena faena amorosa, se embarcan en una especie de interrogatorio filosófico sobre lo sucedido en la ciudad donde se han conocido? Pero quizá quepa imaginar que este denso y puede que inoportuno diálogo entre amantes no sea siquiera audible y tenga lugar, no en la materialidad de sus voces, sino en la conciencia de cada uno, al dictado de ese reconocible efecto de expansión sensorial e imaginativa asociada al éxtasis amoroso.

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Emmanuelle Riva y Eiji Okada, en una escena de la película ‘Hiroshima mon amour’, dirigida por Alain Resnais.

Están en Hiroshima, sí, y la actriz ha rendido ya el necesario tributo de visitar los museos del horror e informarse de las espeluznantes estadísticas; lo que, evidentemente, no le basta para comprender cabalmente las dimensiones de lo sucedido. A esa insuficiencia apuntan las preguntas del amante. Pero lo que este ignora es que su interrogatorio va a desencadenar un proceso impredecible. También su interlocutora arrastra sus propios traumas de guerra, que son los de su nación, escindida entre el colaboracionismo complaciente con el ocupante y la feroz resistencia al mismo. La actriz había mantenido un idilio con un soldado alemán, muerto en vísperas de la liberación, y sufrió la deshonra y las humillaciones públicas correspondientes. En ese sentido, su idilio con el arquitecto japonés, que ella quiere ocasional y sin consecuencias, supondrá una auténtica regresión a esa experiencia traumática.

Pero –y aquí se ve la mano del artista que fue Resnais–, el amante lo verá de otro modo: ser el único depositario de ese triste secreto, que la mujer ha ocultado incluso a su actual marido, es para él una especie de privilegio: acaso ha sido depositario del grado más alto de entrega que pudiera esperar… ¿Tiene todo esto algo que ver con el horror de las bombas atómicas? Sí y no. Por un lado, la película parece insinuar, un tanto en contra de sus propios propósitos, que la experiencia individual se superpone siempre a los férreos condicionamientos de la Historia; pero, por otro, Resnais también apunta al hecho obvio de que no podemos vivir al margen de esos condicionamientos; y, por supuesto, que no podemos olvidarlos, y que recordar es la primera obligación moral.

Setenta años después de la bomba, no está mal repetirlo.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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