Ha (re)nacido una estrella

La noticia de que la cantante Lady Gaga va a protagonizar una nueva versión, la cuarta, del clásico hollywoodense Ha nacido una estrella (A Star Is Born) ha hecho que muchos se acuerden de las protagonizadas por Judy Garland (1954) y Barbra Streisand (1976) y solo unos pocos de la primera, la de 1937, dirigida por William A. Wellman y protagonizada por la entonces muy popular y hoy casi olvidada Janet Gaynor y el polifacético actor de cine y teatro Fredric March. La postergación del cine clásico que hoy hacen la práctica totalidad de las emisoras de televisión, y la consiguiente falta de hábito del público para apreciar el cine con calidades visuales distintas al que se realiza en la actualidad, hacen poco probable que este estado de cosas vaya a cambiar con la sobrevenida actualidad del argumento en cuestión: antes que la de 1937, filmada en un primitivo tecnicolor apastelado, las emisoras de televisión preferirán la versión inane que protagonizó la Streisand o el remake que firmó George Cukor a beneficio de Judy Garland, y que, más allá de la brillantez y pertinencia de los números musicales interpolados, no era más que una traslación fiel del guión de la primera versión; lo que no dejaba de tener su miga, dado que la película de 1937 era a su vez una reelaboración de otra del propio Cukor, Hollywood al desnudo (What Price Hollywood?, 1932), protagonizada por Constance Bennett, y que prácticamente contaba la misma historia: la rápida y azarosa ascensión al estrellato de una recién llegada a Hollywood, contrastada con la igualmente acelerada caída en el olvido de su protector inicial, una figura en horas bajas.

La cantante Lady Gaga será la protagonista del remake de Ha nacido una estrella
La cantante Lady Gaga será la protagonista del remake de ‘Ha nacido una estrella’.

A pesar de las similitudes, la película de Cukor y la de Wellman pertenecían a dos mundos distintos. En el lustro transcurrido entre ambas había tenido lugar la entrada en vigor del famoso Código Hays, un conjunto de normas de autocontrol con las que la industria intentaba esquivar el riesgo de que se terminara estableciendo, como muchos pedían, alguna clase de censura gubernamental. El remedio demostró ser tan temible como el mal que pretendía evitar: la autorregulación a la que voluntariamente acordaron someterse las productoras demostró ser tan rigurosa como podría haberlo sido la censura gobernativa, y el breve paréntesis permisivo que el cine americano conoció entre 1929 y 1934 llegó a su fin.

Hollywood al desnudo era un producto característico de ese periodo. Su protagonista, como tantos personajes femeninos en esa coyuntura, actuaba con una desenvoltura y una capacidad de decisión que pronto sería juzgada excesiva por los nuevos censores. Característico de esa actitud era el control que esas mujeres ejercían sobre su sexualidad y sus relaciones con los hombres. Constance Bennett no encarnaba exactamente en esta película lo que en la jerga de entonces se llamaba una gold digger, una explotadora de hombres poderosos; pero no dudaba en beneficiarse de las ventajas que sus relaciones afectivas podían proporcionarle. En el club donde trabaja como camarera conoce a un productor borracho con quien pasa la noche y a quien no olvida recordar a la mañana siguiente su promesa de proporcionarle una prueba como actriz. La relación que se establece entre los dos combina elementos de sincero afecto con consideraciones de orden práctico: una vez alcanzada la fama, la incipiente estrella no dudará en apartarse del talento en declive que la ha patrocinado. La vida dará algunas vueltas a partir de entonces y también arruinará la meteórica carrera de la actriz. Pero no hay escarmientos ni juicios morales, sólo una serena aceptación de las consecuencias de las propias decisiones. Tales fueron las condiciones en las que Cukor consiguió su bien ganada fama de gran director de actrices: aprendió a dirigirlas en una coyuntura en las que los personajes femeninos no siempre se ceñían a los convencionalismos vigentes antes y después.

Janet Gaynor protagonizó la primera versión de 'Ha nacido una estrella" en 1937.
Janet Gaynor protagonizó la primera versión de ‘Ha nacido una estrella» en 1937.

Ha nacido una estrella de William A. Wellman calcó prácticamente el guión de la de Cukor, pero introduciendo algunas variaciones significativas. Esta vez la chica no se va a la cama inmediatamente con su posible benefactor, y es precisamente ese rasgo de virtud lo que termina de convencer al otro de que se halla ante alguien distinto a las personas que suele tratar en su entorno. A cambio de esta concesión a la pudibundez sexual preconizada por el Código, los guionistas de Wellman acentúan, en cambio, el carácter despiadado de la industria, el cinismo de publicistas y periodistas y la volubilidad del público. Todo ello redunda en el rápido y penoso declive del actor, incapaz de superar su inseguridad y su dependencia del alcohol. Fredric March, que había ganado un óscar en 1931 por su interpretación del doctor Jekyll y su alter ego Hyde en El hombre y el monstruo (Dr Jekyll and Mr Hyde) de Rouben Mamoulian, tenía una reconocida capacidad de representar la esencial dualidad del alma humana: el educado y sensible actor proclive a enamorarse de una desnortada aspirante a actriz podía incurrir también en los más deplorables excesos de borracho. Incapaz de dominar su faceta más contraproducentemente autodestructiva, optará por apartarse del camino de la actriz.

Pero lo verdaderamente sorprendente de Ha nacido una estrella es su esencial ambigüedad. Gaynor, que efectivamente abandonaría el cine un año más tarde, después de haber ganado el mencionado Óscar a la mejor actriz y protagonizado la cumbre del cine mudo que fue Amanecer (Sunrise, 1929) de Murnau, interpreta aquí, en cambio, a una actriz que, bajo la máscara moralista que dictaban los tiempos, asume sin ambages que el triunfo tiene un precio. En ello no es esencialmente distinta al personaje de Cukor; y, en ese aspecto, es una digna predecesora de Eve Harrington, la despiadada aspirante a actriz de Eva al desnudo (All About Eve, 1950), capaz también de sacrificar cualquier afecto o lealtad en pro de la consecución del triunfo artístico. No está muy claro si, con estas películas, los guionistas y directores de Hollywood vindicaban la grandeza de un oficio que exigía tales sacrificios o, más bien, se sometían a un riguroso autoexamen. Posiblemente hacían ambas cosas; y es esa ambigüedad la que, por encima de coyunturas y modas, asegura la vigencia permanente de esta clase de argumentos. Lo que no es seguro es si nuestra época, que se apresta ahora a filmar su propia versión de este viejo clásico, sabrá examinarse con esa bendita sinceridad con que lo hacía el Hollywood de entonces.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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