El callejero de Ubrique luce rótulos como Calle Curtidores o Calle Tenerías, alusivos, claro está, a los oficios artesanales que vinculan la historia y el ser mismo de este pueblo a la artesanía y la industria de la piel. La arqueología remonta la actividad ubriqueña a la época romana y sitúa sus orígenes en el misterioso poblado de Ocuri (siglos I y II d.C). Hay que entender la fantasía arqueológica —si es que es realmente fantasía—, puesto que la riqueza fluvial de la zona, la piedra caliza y la abundancia de alcornoques, madroños y lentiscos componen un paisaje perfecto para que sus habitantes hayan entendido secularmente que su oficio natural es el de curtidores y artesanos de la piel.
No obstante, la autora de este libro principia su estudio declarando que es lingüista y que como lingüista abordará su análisis. Y tanto es así que la lexicógrafa comprende que fueron antes las cosas y luego las palabras y que la aparición de cada palabra va dando fe —levantando acta notarial— de la existencia de cada realidad. Al hilo de esta incuestionable razón, García Antuña se sumerge en la revisión minuciosa de los legajos que atesora el Archivo Histórico Municipal de Ubrique y data la primera noticia documental de la existencia de una fábrica de curtición en 1752.
El libro propone, pues, un apasionante recorrido de ida y vuelta: el sendero de ida (la primera parte, la historia) traza una línea cronológica que va desde los primeros indicios que hacen sospechar de la existencia de una actividad curtidora en la ribera del río Ubrique hasta la documentación exhaustiva que va explicando la transformación del pueblo en un centro industrial y, ya en el siglo XXI, en un núcleo de exportación internacional de las manufacturas de la piel; el sendero de vuelta (la segunda parte, las palabras) se hace siguiéndolo vocablo a vocablo, guijarro a guijarro, porque cada palabra vinculada a la piel en Ubrique guarda, bajo su propia piel, un momento, un oficio, un acento humano, una conquista de los hombres que fueron trazando ese camino.

Botineros, costureras, curtidores, marroquineros, petaqueros, petaquistas, repujadores, talabarteros, zahoneros, zapateros y zurradores. De todas estas palabras, y sobre todo de la historia que cada una de ellas guarda, da cuenta la autora en una revisión francamente sensible y a un tiempo científica.
Trascendiendo a la historia y a la lexicografía –o completándolas- Ubrique de las petacas es el relato sociológico y etnográfico de una comunidad humana enhebrada con su paisaje. Y es también un relato artístico porque entre sus rigurosas páginas de palabras se entreveran imágenes de pintores y artesanos que hablan de que, además de un oficio, la piel ha sugerido aquí una poética, una manera de entender la luz y la penumbra, la dureza de la piedra caliza quemada por el sol y la frescura del río. Y acaba sugiriéndonos otro Ubrique que debiera tener su propio callejero: el Ubrique de los pintores. Un hermoso libro.


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