Si una se salva, se salvan todas

El teléfono me despertó a las tres y media de la madrugada: «La señora está muy mal. El doctor dice que no pasa de esta noche». Me levanté de un salto. En el aturrullamiento me golpeé el dedo meñique del pie izquierdo con la pata de la cómoda. Mi grito despertó a Julián.

-¿Qué pasa cariño?

-Me ha llamado Alexander, el que cuida a la Tata. Tengo que ir corriendo.

-¿Te acompaño? —negué con la cabeza mientras me echaba el bolso al hombro—. ¿Has llamado a tu madre?

-No, lo haré de camino al hospital.

-¿Quieres que lo haga yo?

-Me toca a mí.

Llamé a mamá saliendo del garaje. En Anantapur habría amanecido ya. No tuve éxito en el primer intento. Volví a hacerlo pasados unos minutos. Al fin, sonó su voz al otro lado del teléfono:

-Hola, hija. ¿Qué, todavía de marcha?

-No mamá. Se trata de la Tata Inés. Se va… —Se hizo un silencio costroso, de esos que se pegan a la piel. Duró tanto que pensé que se había cortado la comunicación—. ¿Mamá? ¿Estás ahí?

-Sí, sí. ¿Qué ha pasado?

-El corazón le ha jugado una mala pasada.

-El corazón siempre le jugó malas pasadas. Cojo el primer vuelo que salga para España. Me gustaría estar con ella cuando pase —si no te hubieras ido tan lejos, hubieras podido estar, pensé, pero no era momento de recriminaciones—. Si no llegara a tiempo, dile que la quiero, que, aunque no esté ahí, mi alma la acompaña en este viaje y que seguiremos juntas en nuestro Shambala. ¿Vale?

Colgué sin despedirme. No podía hablar. Un nudo en la garganta y los ojos ardiendo, como si hubieran entrado dos brasas encendidas en sus cuencas, me lo impidieron.

La Tata no nos esperó a ninguna de las dos. Se conoce que tenía prisa por irse. Cuando entré en la habitación, ya estaba cubierta por una sábana. Le destapé la cara. Su gesto dulce había sobrevivido al rictus de la muerte. Su piel nacarada comenzaba a tornarse púrpura. Me fijé en su pelo, seguía tan virginalmente blanco como siempre. Me pareció hermosa, intocada por el tiempo, eterna. Le pedí a Alexander que me dejara a solas con ella. Me senté a su lado y le cogí la mano. Al contacto con su piel, una oleada de infancia me invadió; de tardes de verano en la plaza Mina; de sábados de payasos que me recibían al grito de “¿cómo están ustedes?”, mientras ella me acompañaba a las palmas cantando “había una vez un circoooo”; de coletas tan apretadas que amenazaban con despegarme la piel del cráneo; de chocolatinas Milkibar devoradas a espaldas de mi madre, “¡Anda y que se ponga a dieta ella! Tú come  a gusto, oruguita”; de cuentos ilustrados leídos con fruición en esos días lentos y dolorosos en los que las fiebres reumáticas me obligaban a guardar reposo.

Mamá llegó casi al final de la ceremonia. Al verla, papá se echó a llorar. La pena por la muerte de Inés le vino fenomenal para justificar esas lágrimas extemporáneas. “Diez años y aún no ha superado la separación. Parece mentira”. Me compadecí de él.

-Inés, ¿nos quedamos a esperar las cenizas o volvemos mañana?

-Nos quedamos —No lo dudé un segundo. No soportaba la idea de que la Tata durmiera esa noche sola y rodeada de muertos.

-Estupendo, hija. Pues nos quedamos. Si papá quiere irse, que se vaya con Julián y nosotras nos vamos en tu coche ¿te parece? —asentí. Genio y figura hasta la sepultura, pensé. En un segundo, acababa de organizarnos la vida a todos.

'Over the Truth'. Obra de Moises Hergueta.

‘Over the Truth’. Obra de Moises Hergueta.

El empleado de la funeraria nos informó de que la incineración tardaría unas cuatro horas, así que decidimos hacer tiempo en la playa de El Palmar. “Allí nos va a resultar más agradable la espera”, resolvió mi madre.

Hacía una tarde preciosa. El verano acababa de llegar. En junio, esa playa aún está a salvo de la horda de veraneantes que la invaden pocas semanas después. Sentadas frente a un mar que aún conservaba el rastro de mis veranos, comencé a hablar de la Tata.

-Cuando la ingresamos no estaba tan mal. Ha sido de repente. La neumonía se le complicó, pero, en principio, no parecía muy grave.

-Siento mucho no haber estado ahí. No creí que la cosa fuera tan seria cuando me llamaste para contármelo. Pensaba venir antes, pero la subvención del gobierno se complicó. Tuve que ir a Delhi a hablar con el subsecretario del ministerio; la recogida del algodón no podía esperar, necesitábamos ese dinero. ¡Mierda, debí haberlo intuido!

-Tranquila —le tendí un pañuelo bordado con mis iniciales, uno de los muchos que, a lo largo de mi vida, me había regalado la Tata—. En los últimos tres o cuatro días estaba un poco desorientada. A veces, me confundía contigo. Fue una enferma magnífica, no se quejaba, no dio nada que hacer. Era tan sufrida…

-Demasiado —su mirada se clavó en el horizonte que, recién, se había teñido de anaranjados y malvas—. Debí haber estado aquí. ¡Maldita sea! Ella fue mi verdadera madre, mi luz, mi guía.

-Sé cuánto la querías —asintió con la cabeza. Permanecimos calladas un buen rato. Ella con la vista fija en un punto invisible más allá del lugar y el momento en el que estábamos, yo, cada vez más agobiada por el silencio. Cuando no pude soportarlo más, traté de espantarlo—. He empezado a escribir de nuevo.

-Me alegro mucho, hija —se secó las lágrimas y, aproximando su mano a la mía, la dejó posada en mi dorso—. Tú vales mucho. No debes desanimarte porque dos editoriales hayan rechazado tu novela.

-Tres, mamá, son tres —le corregí—. De todos modos, no tengo mucha fe. El mundo editorial es un coto cerrado y quien no tiene padrino, no se casa. Entre eso y que la inspiración parece jugar al escondite conmigo, estoy escribiendo por pura cabezonería.

-Nunca te des por vencida, mi amor. La derrota es un estado mental. ¿Sabes cuántos kilómetros recorren mis niñas cada día para venir a la escuela? Se levantan a las cinco de la mañana, limpian sus casas, porque sus madres ya se han ido a trabajar, y, después, ponen rumbo a la escuela. Muchos días se duermen en el pupitre, pero allí están, a pesar de la lluvia, de la canícula, de tener que andar casi descalzas por caminos pedregosos; a pesar de sus propios padres que lo único que quieren es casarlas pronto, porque cuanto más tarde lo hagan más dote deben aportar al matrimonio. Ellas no desfallecen. Saben que si tienen alguna oportunidad de burlar su suerte es asistiendo a la escuela. Cuando sabes lo que quieres, los obstáculos son trampolines para saltar. Debes hacer lo que quieras con tu vida.

-Como hiciste tú, ¿no?

-Yo cumplí mi parte del trato —se removió incómoda en el asiento y adoptó un gesto serio.

-Ya…

-¿Sigues enfadada conmigo? —negué con la cabeza. Mentía—. Creí que el tema estaba ya zanjado. Lo hemos hablado muchas veces. Tu hermano y tú ya teníais vuestra vida. Y tu padre, bueno, ese siempre la tuvo. Vosotros ya no me necesitabais y, en cambio, esa gente sí.

-Si tú lo dices.

-Somos unos privilegiados, Inés.

-¿Qué clase de privilegio es quedarte prácticamente huérfana de madre a los veinte años? ¡Yo aún te necesitaba!

-No dramatices, por favor. Y no grites.

-Si querías ayudar a la gente, haberte quedado aquí. ¡Anda que no hay necesitados en esta ciudad!

-No compares, mi vida. ¿Sabes cómo vivían las mujeres en Anantapur antes de que Vicente llegara?

-Sí, ya lo sé, no me lo repitas de nuevo. Ya sé cuánto habéis hecho en la Fundación por esas mujeres. Me alegro mucho por ellas.

-Y por ti. Alégrate por ti. Porque cuando una mujer se salva, se salvan todas. Te quiero mucho, hija mía. Mucho. Creía que ya me habías perdonado, pero parece que no. Seguiré expiando mi pecado otro trecho más del camino.

-Ella estaba muy orgullosa de ti —sentí la necesidad de aligerar el ambiente cambiando de tema—. Te veneraba. Le iba contando a todo el mundo que eras la dueña de una onejé, así lo decía, “mi Nuria es la dueña de una ‘onejé‘” y cuando yo la corregía, “que no Tata, que no es la dueña, que es la gerente, ella siempre respondía lo mismo: “bueno, como si lo fuera.

-¿Sabes que la Tata fue la responsable de que yo me embarcase en esta aventura? —”¿Ella?”, pregunté extrañada—. Nunca te he contado su historia. Deberías escribirla. Da para un novela, una de esas truculentas que tanto gustan hoy. Provenía de una familia de terratenientes en Jerez de los Caballeros. Sus padres murieron a causa de una gripe, de esas que se llevaron a tanta gente en los años cuarenta. Al quedarse sola se fue a vivir a Medina con una hermana de su madre. Allí conoció a Paquito, “el siete y media”, como le llamaban en el pueblo por su afición a las cartas. Se enamoró de él perdidamente. Se casaron al poco tiempo. Tuvieron un hijo que se murió de tuberculosis antes de cumplir los dos años. El Paquito, que era un ludópata recalcitrante, se fundió en las cartas todo el dinero que la tata heredó de sus padres. Las pocas veces que ganaba volvía a casa y le pedía que le quitase el dinero de su vista. “No vuelvo a jugar Inés. Te lo juro. Toma esto y no me lo des ni aunque te lo pida arrastrándome”. Y ella hacía lo que él le pedía, pero los buenos propósitos le duraban poco. Volvía a jugar, y a perder, y entonces regresaba a pedirle a la Tata el dinero. Ella se negaba a dárselo, pero él se ponía violento. Una vez, le rompió el tímpano de un bofetón. Pobre Tata, lo que le aguantó a ese hijo de puta. En menos de cuatro años, lo había perdido todo: el dinero, la casa, los muebles… Entonces, cuando ya no le quedaba nada más, el Paquito se jugó lo único que tenía.

-No me vas a decir que se la jugó a ella, ¿verdad?

-El Comandante de la Guardia Civil del pueblo se había encaprichado de ella, y se la ganó en una partida. La noche antes de entregarla, se escapó ayudada por unos vecinos. Le dieron una carta de recomendación y, gracias a eso, entró al servicio de los abuelos.

-Pero, ¡por Dios!, ¿cómo se puede hacer una monstruosidad así?

-¡Si vieras cuántas monstruosidades se siguen cometiendo, aún hoy, contra las mujeres! Ella era muy consciente de eso, y me hizo consciente a mí. Me enseñó el valor de la rabia para cambiar las cosas.

Oyendo aquello, no pude evitar avergonzarme de mí misma, de mi egoísmo de niña bien, de la miopía que me impedía ver la realidad del mundo que me rodeaba. Bajé la cabeza y, bisbiseando, me excusé.

-No sabía nada. Lo siento. Lo siento mucho, de verdad.

-No tienes nada que sentir, pequeña. Esta historia solo la conocían los abuelos. Yo intuí algo un día que apareció un indigente por casa. Papá salió al zaguán y lo echó a gritos. Le amenazó con llamar a la policía si volvía por allí. La Tata salió corriendo tras él. Los vi desde la ventana. Ella sacó un sobre de su mandil y se lo entregó. El se arrodilló y, abrazado a sus piernas, se echó a llorar. Mientras, ella negaba con la cabeza y le señalaba con el índice la salida. Esa tarde le pregunté quién era el desconocido, “un pobre diablo que en el pecado lleva la penitencia”, me contestó. Años después, me contó su historia. ¿Qué? ¿Da o no da para una novela la historia de la Tata?

-¡Jóder, qué sí!

-Pues escríbela. ¿Te atreves? Esta te la compra cualquier editorial. Te lo aseguro.

Volvimos por las cenizas de la Tata alrededor de las ocho y media. Un empleado de la funeraria nos entregó la urna envuelta en una bolsa de terciopelo negro. Mamá la cogió y se la llevó al pecho. Rompió a llorar. Nunca la había visto tan desconsolada. Le eché el brazo por lo alto y salimos así del tanatorio. Volvimos a la playa para esparcir sus cenizas al mar. Le encantaba la mar. Ella siempre decía la mar, “porque es hembra, poderosa, rugiente y fuente de vida”. Nos metimos en el agua hasta la cintura. Abrimos el bote y volcamos su contenido. Una parte fue arrastrada por las olas, otra, se la llevó el viento de Poniente. Esta vez, sí que vas a ver mundo, querida Tata, sonreí mirando al cielo.

-Ella y yo hicimos un pacto —me confesó mi madre mientras yacíamos tendidas en la arena, con nuestra vista fija en el cielo a la espera de ver aparecer una nueva estrella—, luchar por un mundo menos canalla donde las mujeres no sufrieran tanto, nuestro Shambala. Y eso hago cada día —me acurruqué en su pecho como cuando era niña, como cuando pensaba que, mientras estuviera pegada a su piel, nunca podía pasarme nada malo. Ella comenzó a mesarme el pelo. Nos echamos a llorar.

Llegué a casa alrededor de las dos de la madrugada. Julián dormía profundamente. Me quité la ropa, me duché y salí al jardín con el ordenador. Lo encendí y, como poseída por una fuerza ajena a mí, comencé a golpear las teclas. Lo hacía de una forma enérgica y febril, como si muchas voces me susurrasen al oído lo que instantes después iba apareciendo en la pantalla. Voces de mujeres que me contaban historias de lucha, de expiación, de superación; historias de ayer que, dolorosamente, seguían repitiéndose hoy, historias de mujeres que ansiaban alcanzar su Shambala, vivas o muertas. Esa noche, recuperé la inspiración. Esa noche entendí a lo que se refería mi madre cuando decía que si una se salvan, se salvan todas. Todas. Por los siglos de los siglos. Desde ellas hasta mí. Desde mí hasta ellas.

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Alicia Domínguez es gaditana. Doctora en Historia Moderna y Contemporánea y Máster en Resolución de Conflictos y Mediación. Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' y 'Viaje al centro de mis mujeres' y coautora de 'Las puertas de la memoria'. Colaboradora de la revista 'Woman Soul's'. Premio Mujer Constitucional en 2011 con motivo del Bicentenario de la Constitución de 1812 de Cádiz y Clara Campoamor en el 2016.

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