‘Ambiente nocturno en el Muro Torto frente a la Porta del Popolo en Roma’. W. Goethe. (1787).
Goethe (1749-1832) está considerado como la piedra fundacional del Romanticismo alemán y uno de los grandes genios de la literatura universal. Su curiosidad insaciable le llevó también a interesarse y escribir sobre otros muchos temas (mineralogía, botánica, anatomía, óptica, cromatología, filosofía, ….). Pero si hubo algo, aparte de la literatura, que cultivó con auténtica pasión durante toda su vida fue el arte, tanto en su faceta de dibujante como de coleccionista. No es casualidad que muchos de los personajes de sus novelas también dibujen, como Werther, Otilia en Las afinidades electivas, o la dama cuya autobiografía se cuenta en uno de los capítulos de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister.
Se conservan más de 2.600 dibujos de su mano, la mayor parte de ellos de su viaje a Italia a finales de la década de 1780. La colección más numerosa puede verse en el Museo Nacional Goethe, en Weimar; pero también hay un buen número en la Casa-Museo de Goethe en Frankfurt, en la Colección Kippenberg en Leipzig, en la Colección de Arte Gráfico en Berlín, y en otras colecciones privadas. Son dibujos que raramente están firmados o fechados, que presentan una gran variedad en cuanto a estilo y calidad se refiere, y en los que predomina el paisaje como tema más recurrente, casi dos terceras partes, quizá porque como escribe J. Arnaldo, «la producción de sus dibujos estuvo muy frecuente y significativamente ligada a la experiencia del lugar». Una prolífica y continuada relación con la pintura a lo largo de toda su vida, que nunca ocultó, que regalaba a sus amigos y de la que dio cuenta en muchos de sus escritos, especialmente en su autobiografía Poesía y verdad, pero que jamás expuso en público, sólo al final de su vida vieron la luz algunos de sus dibujos.

El arte jugó un papel muy importante en la vida y en la creación de Goethe, alternando momentos de poca productividad con otros de una dedicación apasionada y entregada. De estos últimos hubo dos especialmente en los que su interés por la pintura fue más allá de una mera afición. El primero en los «años geniales» en Frankfurt, cuando tenía poco más de veinte años, y de nuevo a finales de su treintena, coincidiendo con su viaje a Italia, «hasta el punto que se sintió violentamente impulsado a dedicarse exclusivamente a dibujar y pintar», como dijo N. Jackson.
El dibujo formó parte de su educación desde los seis años, cuando empezó a recibir lecciones en Frankfurt de un «semiartista» como le llama, que le hacía sufrir copiando a LeBrun y cuyo método acartonado y pedante le llevó a esforzarse muy poco. Se mostró mucho más entusiasmado cuando empezó a dibujar de la naturaleza, siguiendo su propia iniciativa, encontrando en el dibujo el mayor consuelo a su primer desengaño amoroso siendo ya un adolescente.
Su formación pictórica continuó en Leipzig, a donde le enviaron a estudiar Derecho con dieciséis años. Allí asistió a las clases que impartía Adam Friedrich Oeser en la Academia, cuyas enseñanzas le ayudaron a estimular la apreciación del arte y el espíritu crítico, más que a la práctica y al dominio de la técnica, que tanto necesitaba Goethe, y que nunca llegaría a alcanzar del todo a lo largo de su vida, y no por no haberle dedicado esfuerzos como demuestra la confesión que hace a su amigo el poeta J. P. Eckerman: «He dedicado más tiempo de mi vida a estudiar la técnica del dibujo que la de la poesía». Por aquel entonces su ideal artístico se ajustaba al ideal neoclásico de Winckelman, aunque sólo a nivel teórico, porque sus dibujos de aquellos años muestran un completo eclecticismo y una preferencia por Rembrandt y los realistas holandeses y flamencos. A esos años corresponde el que se cree que es un autorretrato en el estudio, que tiene sobre todo un interés biográfico, al ser el único que se ha conservado.
Regresa a Frankfurt convertido en abogado a comienzos de la década de 1770, pero Goethe está mucho más interesado en la literatura que en el derecho. Son años de una creatividad extraordinaria que empiezan cosechando un gran éxito con la publicación de Götz von Berlichingen (1773), donde rompe con todas las reglas dramáticas tradicionales por lo que se considera como el documento fundacional del Sturm und Drang. Un año después aparece la novela epistolar Las penas del joven Werther (1774), un best seller de la época que le catapulta a la fama y desata la «fiebre Werther» en toda Europa. A esta época se remontan también sus primeros trabajos sobre Fausto (1808), otra de sus obras monumentales. Pero la creatividad de estos «años geniales» no se limitan únicamente a la literatura, sino que retoma también el dibujo con gran entusiasmo, logrando progresos considerables en el mismo, como pone de manifiesto la correspondencia de aquellos años con sus amigos. En una carta fechada en diciembre de 1772, por ejemplo, escribe: «Ahora me dedico por completo al dibujo […]. Tengo especial suerte con los retratos». Y en esta otra: «He estado dibujando y pintando todo el día y viviendo enteramente con Rembrandt». En marzo de 1774, cuando ya es un escritor consagrado, le escribe a su confidente Johanna Fahlmer: «Mis dibujos son lo mejor de mí». Lamentablemente, la mayoría de los dibujos de esta época se han perdido, pero curiosamente, los que se conservan no muestran nada de la ardiente energía y originalidad de su obra poética, son «modestos intentos de expresión realista de temas convencionales, sin mucho contenido personal», escribe Jackson.
Sin embargo, a partir de 1775, esto cambia por completo a raíz de un viaje a Suiza. La impresión que le causan los lugares que visita y el esfuerzo por registrar las maravillas que se ofrecen ante sus ojos, obran el cambio, «su mano perdió la timidez y trazó una serie de dibujos salvajes y desenfrenados, definitivamente impresionistas, bastante ajeno a los principios artísticos que había adquirido con Oeser y mucho más libre que el cuidadoso realismo de los artistas de Frankfurt» con los que se había relacionado, afirma Jackson. Algunos de los dibujos de estos años, como el carboncillo titulado El Brocken a la luz de la luna (1777), es para Arnaldo uno de los dibujos magistrales de Goethe, por su colosal escala de gradaciones de luz de luna, y el modo en el que precisa y concreta la inmensidad de la naturaleza que se hace presente, anticipando «de la forma más sorprendente la visión romántica del paisaje».

Los años siguientes transcurren en Weimar. Goethe vuelve a dibujar cuando siente la necesidad de hacerlo y porque encuentra placer en ello, pero concede poca importancia a sus garabatos: «Querida, he estado dibujando, pero veo muy bien que nunca seré artista. El amor lo es todo para mí y cuando está ausente no puedo producir nada […]. Debo dibujar solo para usted, tiene el efecto que no puedo lograr de otra manera», escribe en 1776 a Charlotte von Stein, de quien estaba enamorado. Pero no es solo un estado de ánimo, a medida que pasa el tiempo, Goethe va siendo cada vez más consciente de sus limitaciones técnicas por la falta de una formación artística adecuada.
Cercano ya a la cuarentena, en septiembre de 1786, Goethe cumple el viejo sueño de viajar a Italia. Los detalles de aquellos meses de peregrinaje quedaron registrados en las cartas escritas a sus amigos, notas y diarios de viajes, que junto a sus recuerdos publicaría años más tarde en Viaje a Italia (1817), donde cuenta las horas que pasó estudiando las ruinas romanas y la escultura clásica, y las grandes obras del Renacimiento y Barroco, especialmente Palladio y Rafael, por los que siente una admiración especial. El periplo es una especie de Grand Tour tardío, que le va a llevar durante dieciocho meses por Roma, Nápoles y Sicilia, y que suponen el momento de creación artística más prolífico de su vida, en el que Jackson calcula que llega a hacer un promedio de tres dibujos al día. Pero Goethe no quiere engañarse en sus intenciones, y al inicio del mismo declara cuáles son: «No hago este maravilloso viaje para engañarme a mí mismo, sino, mejor, para aprender a conocerme mediante los objetos; razón por la cual me confieso, con toda sinceridad, que del arte, del oficio de pintor, entiendo poco; mi atención y mis observaciones se dirigen en general, a la parte práctica; al asunto y su manera de tratarlo» (17 septiembre 1786, Viaje a Italia). Tiempo de descubrimientos y de adiestramiento visual fundamental para la formación de su sensibilidad como paisajista. Cuando llega a Palermo, por ejemplo, escribe: «No hay palabras que puedan expresar la claridad vaporosa que flotaba sobre la costa la hermosísima tarde que llegamos a Palermo. La pureza de los contornos, la suavidad del conjunto, la degradación de los tonos, la armonía del cielo, mar y tierra. Quien lo ha visto no lo olvida en toda su vida. Ahora comprendo a Claudio de Lorena y tengo la esperanza de conservar, en el fondo de mi alma, las felices imágenes de esta morada, y un día reproducirlas en el Norte» (3 abril 1787, Viaje a Italia). Un pasaje esclarecedor de cómo la admiración por Rembrandt deja paso a la que va a sentir ahora por Lorena y Poussin, que se hace notar en el gesto tranquilo que se reconoce en los dibujos de esta época.
El aprendizaje se completa con la compañía y el magisterio de la colonia de artistas germanos de Roma, que recibió al gran poeta con los brazos abiertos. Entre estos se encontraba Wilhem Tischbein, que hará el retrato más famoso que se conoce del poeta, Goethe en la campiña romana (1787), su obra más conocida, de ahí que se le conozca también por el apodo Tischbein de Goethe. Goethe le conoció personalmente a su llegada a Roma, ya que antes únicamente habían tenido trato epistolar, y fue una figura clave en los inicios de su estancia romana, un cicerone que desveló al poeta la Roma antigua, renacentista y barroca: «nunca podría […] aprender tanto en tan poco tiempo como lo hago ahora en compañía de este hombre culto, experto, de gusto delicado y que me es adicto en cuerpo y alma», escribe en una carta a los amigos de Weimar (4 enero 1787, Viaje a Italia).
También cultivó la compañía y la amistad de Jacob Philipp Hackert, uno de los principales paisajistas de la época, de quien Goethe escribió su primera biografía, cuyo magisterio se nota sobre todo en el desarrollo de un contorno de líneas finas y en el tratamiento de las masas arbóreas y los elementos vegetales. Otros artistas a los que trató fueron Christoph Heinrich Kniep, conocido sobre todo por acompañar a Goethe durante su viaje por Sicilia; Heinrich Mayer, a quien Goethe conoce en Italia y pasará a ser amigo inseparable a partir de entonces, acompañando al poeta tras su regreso a Weimar; a los franceses Dominique Vivant Denon y Louis François Cassas; y la pintora Angelica Kauffman, cuya refinada sensibilidad pudo influirle, no tanto en el estilo, como en el tratamiento de sus dibujos.

De todos ellos va a aprender mucho, practicando técnicas y estilos bajo sus consejos y orientaciones, que le permitieron ganar velocidad y facilidad en el trabajo, unos avances importantes en el paisaje, la perspectiva y las arquitecturas, pero insuficientes en el estudio de la figura humana, «en los seres vivos flaqueo, porque eso es un abismo; sin embargo, aplicándose en serio, también se iría adelante», escribe (27 julio 1787, Viaje a Italia)
En cualquier caso, Goethe sintió que aquel viaje le había proporcionado un crecimiento y una calma que le permitía afrontar con otro espíritu sus retos literarios y artísticos en el futuro: «mi sed se ha calmado —escribe—, estoy en el camino correcto en la contemplación y el estudio, mi disfrute es pacífico y satisfactorio». Después de Italia, Goethe parece considerar el dibujo como un pasatiempo agradable y ocasional, y centra sus intereses en la teoría y la crítica artística, más que en la creación, de la que apenas hay señales en los siguientes veinte años que se extienden durante su amistad con Schiller.
Luego, de repente, en 1806, cuando ya tiene cincuenta y siete años, recupera el interés por dibujar, que toma forma en una serie de paisajes que permiten contemplar como del gusto y admiración inicial del joven Goethe por el paisaje naturalista holandés se fue abriendo un conocimiento más enciclopédico del paisaje que le va a llevar hacia un clasicismo inspirado en Lorena.
Su obra tardía se presenta en series, como el álbum Pequeño libro de viajes, esparcimiento y consuelo (1806-1807) que regala a la princesa Carolina de Weimar y que al parecer pintó en casa de Johanna Schopenhauer, donde Goethe tenía su propia mesa de dibujo, en la que se sentaba durante horas. Son composiciones simples pero de suave claridad y delicadeza lírica en la que idealiza sus recuerdos de Italia, con un estilo que para Jackson le sitúan muy cerca de su admirado Lorena, o de Poussin —incluso de lo que hará años después Corot, en algunos—, más que de sus propios contemporáneos. Unos dibujos, en definitiva, que muestran «el formidable enriquecimiento que conoció su visión del paisaje a lo largo de décadas y la libertad de la que abasteció su tratamiento en el dibujo», como escribe Arnaldo.
Más adelante, aprovechando una estancia en Jena y Carlsbad, pinta durante el verano la serie Veintidós dibujos de 1810—el mismo año que publica su Teoría de los colores—, en cuyo estilo se advierte la influencia de los paisajes montañosos del gran romántico Caspar David Friedrich, por el que Goethe se mostraba particularmente interesado por entonces.
La última de estas series es Estampas calcográficas según dibujos de Goethe, de 1821, formada por seis grabados que se hicieron a partir de sus dibujos y que se publicaron acompañadas cada una de ellas de un poema de Goethe, cuya intención aclaró el propio autor: «para que se pueda percibir su significado interno y el espectador pueda ser engañado de manera loable, como si viera con sus ojos lo que siente y piensa, es decir una cercanía al estado en el que se encontraba el dibujante cuando puso sus pocas líneas en el papel».


