Vivir sabiéndolo

Luna sin rostro. Antonio Rivero Taravillo. Pre-Textos. Valencia, 2024. 154 pp.

Hay poéticas que centran el foco en diversos elementos circunstanciales (temporales o no) para, además de refrescar o actualizar momentos vividos, experiencias, arrancar, desde la conciencia, reflexiones sobre la existencia hilada a la propia poesía. En esa línea se impulsa Luna sin rostro (Pre-Textos, 2024), de Antonio Rivero Taravillo.

Tras los libros Suite irlandesa, Más tarde, Lo que importa o Los hilos rotos, entre otros, además de haber publicados importantes biografías y de haber traducido a muchos de los más importantes poetas en lengua inglesa, vuelve a la que siempre fue su casa, la poesía, con Luna sin rostro. Tal vez reconozcamos en esta última entrega lírica los poemas más emotivos y personales de su autor, donde con más vitalidad se imponga la vida.

El volumen, extenso, agrupa siete secciones con diversidad de motivos, registros, formas y tonos. Este juego de texturas, de exploración en suma de la creación poética, lo es también de la realidad. Es esta variación sin duda una de las muchas virtudes de la obra de Rivero Taravillo, y es clave en este Luna sin rostro. Supone, así, un conjunto variado, heterogéneo, aunque con un discurso firme y unitario, distinguiéndose una voz peculiar, poniendo el foco en distintos elementos existenciales sobre los que reflexiona, donde surgen –como desea Rivero Taravillo– distintos correlatos.

En la primera sección, la decena de composiciones nos trasladan al mismo tiempo a la recreación de otro momento y también al proceso de la escritura, como puede verse en “Junto al cristal”: “es mi propio calor el que contemplo, / los nuevos caracteres, / sin forma, / del libro que igualmente se transcribe / en la borrosa página del aire”. Cumple el papel de la poesía de ser inesperada, repentina, rebelde. El poeta melillense, afincado en Sevilla, plasma el dominio del ritmo de los versos imparisílabos así como en la creación de las imágenes trascendentes a partir de elementos circunstanciales. Lo vemos en el clímax de “Viriato” y, especialmente, en el magnífico uso del polisíndeton final –un recurso con el que tan magníficos sonetos cerrasen nuestros poetas barrocos–: “Como a todo un hombre de diez años, / defiéndeme, aunque muera, con tu sueño / de valor y de lucha y de coraje”.

Fruto de los lugares por los que ha transitado el poeta, y más concretamente por la pasión mostrada por la isla Esmeralda, de la docena de composiciones, con intercambio de poemas de verso blanco, grupos de haikus y otros poemas más discursivos en los que plasma el asombro ante la intemporalidad, destacamos la esperanza en “Condado de Clare”; así tan significativo el del correlato del Guadalquivir con la conciencia de la creación poética: “Las palabras dragan al fondo, / la superficie, / y corres por el verso que iluminas, / una aguja que enhebra el hilo mate / del habla que es rumor que se persigue”.

“La palabra y la imagen” ocupa la parte más extensa del volumen. Todo lo circunstancial es pasado por el filtro de la creación ofreciendo así magníficas composiciones metapoéticas. Esta sección resulta emblemática por el uso diverso de registros, ya en haikus (“Nochevieja”, “Mañana gris” o “Resistencia”), ya en composiciones en verso blanco (“Horcajadura y marzo”, “¿Dónde queda la luz?”, “San Isidoro en la Academia” o “Sarmiento, delantal…”) o, las mayoritarias, en verso libre. Excelente es “Verso y vida”, que reproduce la búsqueda existencial hasta concluir en un correlato doméstico: “Tensa, tirante, / con acentos de madera o de plástico, / la prosodia es cordel en que tendemos / ropa que no nos viste: nos desnuda”. Igualmente, se personifica a la poesía, como un ser libre, al final de “Labor lunática: “a la poesía / la luz no le sienta muy bien: // se esconde si se quiere encadenarla”. En ocasiones, Rivero Taravillo se muestra elusivo, como tal vez sea lo real, en aras de encontrar el correlato más idóneo. Así, cabe destacar el poema “Calco”, donde  escribir poesía: “Es la movible relación entre los planos. // Un lanzador de cuchillos recorre / el perfil de sí mismo en el poema”.

La sección más dura y tierna es “Formas de la destrucción”. El hogar deja huecos donde resuenan vivencias de otros seres. Para ello se emplea la imagen de frío y fragilidad de lo que se rompe; o la imagen del eco que resuena, lo que invita al lector a la reflexión de lo que nos queda más allá de la materia. En ocasiones, la forma de presentarse el poema podría equipararse a la descripción del bodegón, como en “Rincón con pájaro”: “El cielo abandonando por la tierra / de esta esquina con frío. yerto, inmóvil”. O se muestra elusivo hasta dar con la clave, en “Tiempo”: “Cuando no tiene a mano su reloj, / el tiempo / nos mira para así reconocer / su transcurso en la huella exacta en su punto”. En estas cercanías se halla uno de los más existencialistas (“Una piedra en la mano”), junto a los más personales tras el transcurrir temporal, donde se impone el sentido del presente frente a la mortalidad (“Va siendo hora” o “Grietas”). En “Lolita” comprobamos que sigue doliendo la pérdida de la gata: “Aunque no maulló nunca mucho, / cómo retumba ahora su silencio”.

Encaminándonos hacia los tres últimos tramos, donde el poeta ensaya distintos fuegos de artificio para expresar la soledad, la incertidumbre que nos deja el transcurrir de los años, la presencia de la mortalidad. Esa presencia de la mortalidad se funda en el presente al comienzo del “Romance”: “Si regreso por la senda / de estos versos antiguos, / no me encamino a la muerte. / Al contrario: estoy más vivo”. También en la composición con dos haikus enlazados, “Las montañas”. Y hasta en la soleá: “Cuando te queme el orgullo, / piensa en tus cenizas frías. / Se te bajarán los humos”. Más discursivo y narrativo, rimando en asonante, es “Encrucijada”, donde el desdoblamiento del sujeto permite dejar la imagen de sí mismo, dentro de una tensión, con otra perspectiva, como alegoría de la existencia: “pues ya somos los dos algo distinto: // ahora soy una hormiga que me marcho / de un hombre que se aleja de mi lado”. Y se nos muestra crítico, y pese a todo esperanzador, al final de “Cuando se va la luz”: “Como un enjambre de recuerdos / en la cabeza, / en la penumbra vemos nuevamente / la oscuridad primera”.

Con Luna sin rostro Antonio Rivero Taravillo desarrolla una notable fuerza expresiva llevándonos a la reflexión barroca acerca del paso del tiempo, acaso como una reformulación de la existencia. A través del hábil manejo de los distintos tonos y registros empleados, las imágenes reales se vuelcan en correlatos del vivir y del escribir, donde el lenguaje busca la transfiguración de todo significado preconcebido.

Autor

  • Jesús Cárdenas Sánchez

    Jesús Cárdenas es licenciado en Filología Hispánica, Programa de Doctorado de Ciencias del Espectáculo (Universidad de Sevilla) y Máster en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo (UNED). Es autor de los libros de poemas: ‘La luz de entre los cipreses’ (2012), ‘Mudanzas de lo azul’ (2013), ‘Después de la música’ (2014), ‘Sucesión de lunas’ (2015), ‘Los refugios que olvidamos’ (2016), ‘Raíz olvido’ (2017) y ‘Los falsos días’ (2019). Varios de sus textos se han traducido al inglés, francés, portugués e italiano. Como crítico literario y periodista cultural colabora con diferentes revistas literarias.

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