Desde que Manuel Torre lo adaptara al flamenco y las Niña de la Puebla lo popularizara, las viejas coplas de «Los campanilleros» nos llegan siempre por Navidad. Todos o casi todos podemos entonar la primera estrofa: “A la puerta de un rico avariento / llegó Jesucristo y limosna pidió / y en lugar de darle la limosna / los perros que había se los azuzó. / Pero quiso Dios / que los perros murieran de rabia / y el rico avariento pobre se quedó”.
La escena del hombre avaro y huraño, castigado por Dios por no participar en el espíritu solidario de la Pascua, pertenece de lleno al ideario de la Iglesia Contrarreformista, y a esa ética suya de “o estás conmigo o estás contra mí”. Tiene –como cualquiera puede deducir– sus correspondencias en el mundo anglosajón; qué representa si no Ebenezer Scrooge, el personaje creado por Charles Dickens en su Cuento de Navidad para encarnar la redención del hombre capitalista en estas fechas entrañables. Redención ocasional, pues Mr. Scrooge no se transforma porque entiende lo imprescindible de ser generoso para sentirse humano, sino porque le aterroriza la soledad y comprende que, de mantenerse en sus trece, estará condenado para siempre a esa miseria del alma.
Buenos aliados, el capitalismo y el catolicismo han pergeñado durante siglos con evidente destreza una red de chantajes emocionales orientados a conducir por un mismo camino a toda la humanidad y a negar el pan y la sal a todo aquel que, por cualquier razón, se muestre disidente. Ese chantaje cristaliza y se refuerza cada Navidad, época en la que nadie se atreve a ausentarse de la cena de suegros y cuñados, a excluirse de las compras de objetos inútiles, a adquirir un billete de lotería o a dar limosna al pobre que toca en nuestra puerta. Tenemos miedo.
Perfectamente lo ha entendido la empresa alemana de supermercados EDEKA, cuyo vídeo publicitario navideño explota el viejo recurso para presentar un relato de terror irresistible. A decir de la empresa, el anuncio quiere ser una llamada de atención sobre esos millones de ancianos que se ven obligados a pasar solos la Navidad. Los representa aquí un hombre de posición bastante acomodada, a juzgar por la apariencia de su casa, por la calidad de la cubertería y de la vajilla y por la buena posición social de sus numerosos hijos. Nada que ver, pues, en principio, con esos hombres y mujeres reales que vagan por las heladas calles europeas en busca del comedor social la noche de Nochebuena. En una novedosa vuelta de tuerca del mito del rico avariento, en el vídeo no son los fantasmas de la pobreza quienes se aparecen ante el anciano protagonista (al que me creo con derecho a suponer rico y avaro, pues así me lo evidencia su soledad), sino que es el propio fantasma del anciano quien atemoriza a sus hijos, obligándolos con su fingida muerte a acudir a la cena, con desprecio de que tengan turno de trabajo en el hospital, de que tengan otros planes no estrictamente familiares, o de que simplemente opinen que la Navidad no es el mejor momento para hacer visitas. Tampoco creo que haya que librar a los hijos de un mal juicio, pues puede que todos o al menos alguno de ellos acudan de inmediato a la convocatoria del funeral para asegurarse su parte de la herencia. En fin, la familia, la propiedad privada, el sindicato y el miedo. Ése podría ser el mensaje de la película.
Mensaje muy similar al que Berlanga nos lanzó en 1961 con Plácido (cuyo visionado navideño debería ser tan obligatorio como el de ¡Qué bello es vivir!), esa grandiosa farsa sobre las campañas pascuales de caridad, las hipócritas maneras burguesas, el comercio de bienes espirituales y la desdicha de los desheredados. “Siente un pobre a su mesa” era el lema de la redención en Plácido; “Chantajee a su hijo y hágalo sentar” parece querer decirnos el video de EDEKA. Feliz Navidad.

