Escenas costumbristas

I

A unos metros por debajo de mi ventana hay una azotea a la que solo se puede acceder desde alguno de los balcones que desembocan en ella. Cuando hace sol, dos mujeres y un hombre, los tres de cierta edad, trepan por la baranda de una de las terrazas y montan en la azotea lo que el pijerío cateto ha dado en llamar un chill out. Ellas van siempre vestidas con batas de guatiné de llamativos colores, hablan en voz muy alta y ríen todo lo que tendría una que reírse en estos tiempos para que no te coja el toro de la amargura. Él es más discreto, habla poco, pero al perro que lo acompaña lo adorna cada día con un collar o un jersey nuevo, también de colores estridentes. Yo siempre estoy deseando que mi lavadora pite anunciando el fin del centrifugado para poder salir a tender la ropa y así contemplarlos sin molestar y sin que se sientan observados.

II

El domingo en el que se dio el pistoletazo de salida a los niños para que las pálidas generaciones futuras pudieran tomar el sol, mi hija bajó al paseo marítimo a sacar al perro y volvió a los dos minutos lo que se dice descompuesta. Después de ponerse gel hidroalcohólico hasta en las pestañas y embadurnar al perro con una solución de agua y jabón que desató una cadena interminable de estornudos en el pobre animal, me contó que a la calle no solo habían salido los menores acompañados de sus padres y madres, sino que también había una explosión de pelotas, patinetes, carritos, bicicletas, abuelos y parejas; que en la playa una familia había instalado una tienda de campaña para tomar todos juntos el aperitivo; y que en los bancos del paseo estaban sentados entrañables grupos de progenitores charlando entre sí y ajenos por completo al comportamiento macarra de sus criaturas, las cuales (ni una sola mascarilla) hacían lo imposible por hacer intransitable la calle. Luego me preguntó que por qué, antes de la salida de la infancia, no se había permitido la apertura de algunas tiendas y negocios dado que muchas personas que dependen de ello no tienen, a estas alturas, ni dinero para comer. No supe qué contestarle.

III

Ante el relato de mi hija me vi, por primera vez en mi vida, llamando a la policía para reclamar cierto orden social. Descolgó el teléfono una funcionaria que —nada más empezar yo a hablar- me interrumpió para echarse a llorar desconsoladamente (¿han oído llorar alguna vez a un miembro de las fuerzas de seguridad?, es impresionante). Me contó que no daban abasto, que la gente, con la excusa de los niños, había tomado la calle sin ninguna consideración, que su padre estaba gravemente enfermo por el covid19 y que ella temía que esta salida incontrolada provocara un repunte de la epidemia.

IV

Antes del confinamiento, en las ventanas que veo desde mi balcón quedaba una sola bandera rojigualda, ya rota por el viento, de las varias que se habían colocado a raíz del referéndum catalán de octubre de 2017. Miro ahora y cuento hasta cinco, todas nuevecitas, alguna con crespón negro. Por las ventanas de donde cuelgan las banderas nadie había salido a aplaudir en los más de cuarenta días que llevamos de ritual. Hasta ayer. Ayer esos vecinos salieron con cacerolas y su ruido se superpuso fácilmente a los aplausos. Culminaron su estresante victoria gritando gobierno dimisión y gobierno asesino. Desde ese momento nos vigilamos.

V

Esto no es un artículo de opinión ni las fotos están trucadas: yo solo digo lo que veo.

 

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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1 Comentario

  1. Julián Oslé

    Ja😂😂😂😂. País….que diría Forges

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