Entre el Duero y el Tormes

La melancólica tierra de Castilla y León que va del Duero soriano al Tormes abulense apenas tiene turistas en verano. Parece que el turismo interpreta torpemente esta hermosa soledad como algo hostil, olvidando que pasan por la frontera del amor de Machado y por la cuna de Lázaro de Tormes, dos exiliados de esta España hambrienta y empeñada en saciarse con la carne de los animales que sacrifica en sus jolgorios públicos. Atravesando huertos poderosos, luminosos campos de girasoles y pacientes rebaños, hemos visitado el comer entre los dos ríos sin zambullirnos en el lechazo. Y ha sido delicioso.

Reposa como barco varado sobre el embalse de Linares: la aldea de Maderuelo (en la frontera entre Segovia, Soria y Burgos) se propone como lugar estratégico para servir de cuartel general al viajero. Partir de allí cada mañana con propósitos de felicidad lo aseguran sin duda los desayunos que ofrecen en la Casa rural Maderolum: bizcocho de naranja, mermeladas de uva, higos y naranja amarga, porras recién hechas y zumos de temporada.

Lentejas estofadas con huevo frito y torreznos.

La última semana de julio el pueblo más próximo a Maderuelo, Ayllón, celebra su fiesta medieval. No tiene esta –como las muchas recreaciones históricas que ahora abundan– demasiada voluntad de ser fiel a la Historia, pero eso precisamente hace que el acento recaiga en su carácter popular, permitiendo oír los tambores de Calanda y, sobre todo, almorzar junto al río el guiso preparado por el cocinero más renombrado del lugar, esta vez lentejas estofadas con huevo frito y torreznos.

La visita a Santo Domingo de Silos debe ser breve, lo justo para contemplar el ciprés de Gerardo Diego y el capitel de los soldados del Cid. Hay que renunciar al pincho de níscalos que anuncian los bares en torno al monasterio para huir del turismo devoto (de un fervor cursi) y sobre todo para llegar pronto a Covarrubias y coger mesa en Casa Galín: una ventana junto a la armoniosa plaza mayor y una cocina perfecta que hace probar una olla podrida sin tiempo, unas alcachofas con boletus tan suaves como el murmullo del río Arlanza atravesando el pueblo y unos bartolillos con nata ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón…

Alcachofas con boletus.

El Duero más frondoso pasa por Recuerda y el almuerzo en La Taína de Gormaz, haciendo honor al nombre del pueblo, es inolvidable. Los muros de adobe acogen un patio fresco sobre el que la parra tamiza el sol justo para que los gatos mansos que allí habitan dormiten sin frío ni calor. A La Taína hay que llamar por la mañana, antes de ir, no para reservar, sino para solicitar el privilegio de que te hagan de comer. No hay carta, los platos del día dependen de la época del huerto, del ciclo de los animales y de la paciencia del pastor. Allí comimos ensalada con trucha escabechada, menestra de patatas, judías verdes y calabacines, y queso de cabra (“como de argamasa”, que diría Don Quijote desde su Edad de Oro) con cerezas maceradas. Vino casero especiado. Recuerda.

Queso de cabra con cerezas maceradas de La Taina.

La búsqueda de conmovedoras icnitas (huellas de dinosaurios) por la silenciosa Sierra de la Demanda culmina en Salas de los Infantes, tierra de memoria épica no solo por los héroes del romancero, sino –y quizás sobre todo- por ser el escenario de la mítica película El bueno, el feo y el malo (1966). Además de una galería imponente de fotografías del rodaje del film, el restaurante El Pelayo ofrece unas gustosas ensaladas, alubias rojas en su punto, pimientos rellenos de bacalao y su famoso “cocido pelendón” (garbanzos caldosos en el primer vuelco y morcilla de harina en el segundo), así llamado por el pueblo celtíbero que habitó en la región. Para el paseo de la sobremesa y la merienda es aconsejable ir hasta El Burgo de Osma, comprar tetillas de monja y yemas de canónigo en alguna de sus exuberantes pastelerías y probarlas a la orilla del río Ucero. Hasta allí –y para lo mismo- bajan al atardecer los niños y los perros y su sonido quedo hace inimaginable el ruido de nuestras ciudades.

Queda tiempo, todavía en tierras del Duero, de pasear por el Cañón del río Lobos, visitar su ermita y comer a las puertas del Parque natural, en La parrilla de San Bartolo, donde, de nuevo obviando el lechazo, sirven una reconfortante sopa de ajo, unos deliciosos hongos a la plancha y un bacalao a la soriana más que delicioso.

Bajar hasta donde nace el Tormes pide detenerse en Pedraza y comer en La Olma. Además de parrilla y brasería, el restaurante cuida del viajero que busca una cocina más liviana y se detiene esmeradamente en una carta de arroces, consomés, milhojas de verduras y carpaccios.

Judías en El Barco de Ávila.

Brotando en la Sierra de Gredos, el Tormes es alegre y caudaloso bajo el puente romano de El Barco de Ávila. El pueblo tiene una alegría contagiosa, coloreada por las judías (rojas, blancas, verdes…) expuestas en pulcros saquitos a cada trecho, en cada tienda. Desde El Barco conviene ir a almorzar –para evitar la hora de más calor- a Hoyos del Espino, ya en plena Sierra de Gredos. Allí puede buscarse La Galana, slow food maravillosamente resuelto: revuelto de morcilla con habas, carpaccio de calabacín con espuma de ajo negro y ensalada “dos vertientes” (hojas de la huerta, quesos y cerezas). Al anochecer lo único sensato es cenar en la terraza del Café España, frente a la hermosa Casa del Reloj, como el resto de los habitantes de El Barco, y probar las misteriosas patatas revolconas (¿de qué están hechas?). Pasear y mirar por última vez el Tormes, trotando en su búsqueda del Duero, al que en ese momento solo queremos regresar.

Imagen de portada: Carpaccio de calabacin con espuma de ajo negro  de Hoyos del espino.
María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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