Por las llanuras béticas

‘Islas del Guadalquivir [Antología poética]’.Fernando Villalón. Edición de Jacques Issorel. Renacimiento, Sevilla, 2018. 305 pp.

Son muchas las razones que se combinan para que la poesía de Fernando Villalón (Sevilla, 1881 – Madrid, 1930) haya quedado desubicada en los esquemas un tanto arbitrarios con los que se intenta explicar la evolución de la literatura española del siglo pasado. Su temprana muerte, su condición de poeta tardío y el azar de que sus libros aparecieran en el momento en el que triunfaban ruidosamente los poetas mucho más jóvenes con quienes compartía inquietudes y afanes de renovación, hicieron que su obra fuera percibida como un mero episodio colateral, anecdótico, de un tiempo poético que estaba dando frutos mucho más del gusto de la crítica que habría de ensalzarlos. A ello se unió el hecho de que quienes lo conocieron y dejaron testimonio de ese trato (fueron muchos: desde Juan Ramón a Alberti, pasando por Ramón Gómez de la Serna o Cossío, según señala Fernando Ortiz en el ponderado ensayo que dedicó a su paisano en su libro Lírica andaluza contemporánea (2007)) se fijaron antes en su singularidad como personaje, que combinaba su condición de aristócrata con su ruinosa dedicación a la cría de ganado bravo o sus inclinaciones ocultistas, que en la originalidad y valor de su poesía.

Pocos lectores informados pueden dudar hoy de la injusticia de ese estado de cosas. Y si acaso a alguno le han pasado desapercibidos los hitos del proceso de reevaluación que el poeta ha conocido en las últimas décadas, la antología que nos ocupa, compilada por el hispanista Jacques Issorel, uno de los mejores conocedores de la obra de Villalón y responsable de algunas de las ediciones más solventes que se han hecho de ella, pone en valor una certera y muy abarcable muestra de la misma. En ella, el poeta sevillano se muestra en su justa dimensión: desde el cruce de influencias que se aprecia en su primer y desigual libro de poemas, Andalucía la Baja (1927), hasta el momento de plena madurez que representan sus Romances del 800 (1928) o la amplia gama de tentativas y querencias que se manifiesta en su obra dispersa y/o inédita.

Villalón, en efecto, empezó siendo un poeta muy deudor de la vertiente más sobria, íntima y local del Modernismo: “Hay quedos cenobiarios en mitad de las urbes, / donde la paz parece los muros blanquear…”. Esa modulada melancolía provinciana da el tono de la sección primera de Andalucía la Baja, que hace pensar en una especie de cruce entre el casticismo agrario del extremeño Gabriel y Galán y la melancolía suburbial del bonaerense Evaristo Carriego. Sin embargo, la propia heterogeneidad de ese primer poemario da cabida a otras querencias: por ejemplo, a una cierta cercanía al Manuel Machado de El mal poema (“La musa enferma de la Bulería / anda en la calle a caza de despojos / de heteras y rufianes, y los rojos / cuchillos besa de la matonía”), junto a un declarado afán de cultivar formas estróficas como la décima —magistrales son las tituladas “Sevillanas” o “Pregón sevillano”, que anticipan las de Jorge Guillén en Cántico— o el romance tradicional, ya emancipado de su lastre romántico y apuntando a la absoluta renovación del género que se manifestará en el Romancero gitano de Lorca o en los Romances del 800 del propio Villalón.

Fernando Villalón.

Frente a lo que pudiera pensarse, poca o ninguna relación hay entre el famosísimo libro de Lorca y el de Villalón, publicados ambos en el mismo año. Sobran las comparaciones, casi siempre empobrecedoras; pero si en algún romance de Andalucía la Baja Villalón parecía prefigurar los asuntos e incluso el decir de los de Lorca (“Si no me mienta a mi madre / el carabinero aleve, / no lo mata de aquel tajo / mi cuchillo de Albacete”), en el libro posterior Villalón alcanza un laconismo y una economía de recursos que en nada se asemejan a la abigarrada textura verbal de los del granadino, de los que los de Villalón también se diferencian por su mayor brevedad y por una clara tendencia a recrear el estilo fragmentario y elíptico de los romances tradicionales. Tampoco la atmósfera de uno y otro admite comparación: mientras Lorca se ocupa en construir una mitología, Villalón se afana en poner en valor la huella sentimental de un pasado inmediato en el que, por supuesto, hay figuras de guardarropía —bandoleros y caballistas—, pero también está inscrita la historia civil de la nación y su impronta sentimental, que llega al presente: véase, por ejemplo, el magistral romance que empieza: “¡República federal! / ¡Con su gorro y su bandera, / su león amaestrado / detrás, con la boca abierta!”. Villalón se erige en estos versos como un liberal a la antigua usanza y como un testigo garante de la relación de contigüidad entre el tiempo histórico evocado y su marco sentimental y paisajístico.

El paisaje es, desde luego, el gran asunto de la poesía de Villalón. Es significativo que los mejores versos de su poema “gongorino” La toríada (1928), escrito en la estela del histórico centenario del autor de Soledades en 1927, sean los que se refieren con indudable precisión a las llanuras béticas: “Llanuras sin confín, lagos de plata, / rizados por los vientos marineros”; versos cuyo alentar telúrico se repetirá en “Tierra” de Romances del 800, en el que también se evoca “la campiña silente y desolada”, y que alcanzará su expresión más alta en el poema póstumo “Lubricán”: “Estoy sobre mis pies, ¿gravito? ¿vuelo? / Toda en zigzag la tierra se pasea / por delante de mí; flecho la vista / debajo de mis mismos pies y veo / un cielo azul cosido con estrellas”. Ese afán de elevación tendrá expresión en otros poemas, alguno tan característicamente de época como “Zeppelin”, en el que Villalón consigue ir más allá de lo que entonces ya era un asentado lugar común: el canto a los logros de la moderna tecnología. Por el contrario, “el poder del hombre nuevo” que ensalza el poeta no es solo el consistente en hacer funcionar una imponente máquina voladora, sino también el de la consiguiente elevación de la imaginación humana a los dominios de unos innominados “dioses expectantes”, quizá celosos de ese triunfo. En estos poemas finales, el poeta de las llanuras sevillanas ensaya una mirada cosmogónica que quizá hubiera necesitado de algunos años más para llegar a las altas metas a las que apuntaba, un territorio que ningún otro poeta español de su tiempo había osado explorar.

Y ahí queda la notable aventura literaria de Villalón, que esta nueva antología devuelve a los estantes de las librerías. Para muchos será un descubrimiento.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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2 Comentarios

  1. El autor de este artículo conoce perfectamente la obra poética de Fernando Villalón y la sitúa con precisón y detalles en la época en que el poeta escribió los tres libros que publicó en vida. En un breve espacio analiza con gran justeza y con un estilo elegante la trayectoria de Fernando Villalón desde Andalucía la Baja hasta la última producción del poeta (“Audaces Fortuna juvat…”).Es de desear que José Manuel Benítez Ariza siga escribiendo sobre Villalón… ¿y por qué no un libro?

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    • José Manuel Benítez Ariza

      Me alegra que mi reseña le haya gustado. Aprovecho para reiterarle la enhorabuena por este nuevo trabajo sobre Villalón, tan necesario y oportuno.

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