Emociones conectadas

Desde la oleada de protestas sociales que, a partir de 2011, ha venido sacudiendo diferentes lugares del mundo hemos aprendido que las emociones forman parte de los procesos de cambio social, que tienen una dimensión colectiva y que orientan el conocimiento, el sentido y la percepción de las necesidades. La energía emocional está en la reinvención de la realidad, se activa como capacidad colectiva de sentir de forma unificada y motivarse por cuestiones comunes.

Nadie nos educó con la inclusión de las emociones, ni siquiera aprendimos cuántas son, o cuál es la diferencia entre emociones primarias, secundarias y sentimientos. Los avances en este campo son recientes; no hace ni veinte años que se descubrió la clave de esta activación colectiva emocional en las neuronas espejo, aunque lo cierto es que la función de éstas fue decisiva para la supervivencia de nuestra especie en los tiempos en que el nomadismo fue la norma de vida;  de hecho, las neuronas espejo sincronizan nuestros bostezos, la sed, el apetito, el sueño y el deseo, y esos impulsos sincrónicos nos permitieron avanzar juntos sin dejar a nadie rezagado.

La conectividad digital amplifica hoy nuestra capacidad emocional colectiva cuando enlaza el mundo físico y el virtual, porque potencia su energía. Tras las frías pantallas a las que nos asomamos todos los días se perciben destellos de emociones solitarias que en tan solo un segundo se convierten en compartidas. No son emociones digitales, son emociones humanas y sociales que, sumadas, nos sorprenden por su intensidad, pues aparecen en muchos contextos y lugares, se aceleran y se sincronizan.

Si las emociones forman parte de los procesos racionales, como avanzó Antonio Damasio, y de la toma de decisión, habrá que prestarles atención, mimarlas, educarlas y cultivarlas como parte de la posibilidad de ser más grandes. Y para que la ciudadanía  recupere su condición política más allá de la participación en un ciclo de protestas, será necesario aprovechar la energía colectiva y su activación emocional, sobre todo porque la participación en lo público es una asignatura pendiente, un terreno falto de cultivo y cuidado, en abandono por la desidia y la rutina durante décadas.

La inteligencia colectiva se canaliza a través de la comunicación, participa de una visión compartida a partir de emociones que nos conducen a valores compartidos, compromiso y empatía. Con la energía emocional, los proyectos colaborativos de innovación ciudadana pueden canalizar la motivación y devolver la dimensión humana y social al proceso. Por eso, a la pregunta “¿para quién se construyen las ciudades?” se puede responder desde la inteligencia colectiva, como un modelo de dirección sin mando, con el recurso de la tecnología que añade eficacia al proceso, pero teniendo presente que son las emociones y la práctica social de intercambio las que generan ideas y enriquecen la perspectiva. Las emociones conectadas aplicadas a la transformación urbana construyen espacios comunes de interacción y acción colectiva, más equitativos, sostenibles y con visión integral, es decir, ciudades emocionales y creativas.

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