Capítulo 7. Trajano.
No sabía si mirar la hora. Lo mismo lo confundían por un signo de nerviosismo. Y él, desde luego, nervioso no estaba. Maldita próstata. Pero había que aguantar el tirón, adoptar la cara de esfinge que era su marca de fábrica. Maestro del farol, Trajano Roldán, siempre.
Habían llegado a su casa casi al amanecer, cuando él todavía estaba en albornoz y zapatillas y ni siquiera había tenido tiempo de echarle un vistazo (online, porque era lo moderno) al ABC o La Razón. Azorados, como era de esperar. Un notario con la orden judicial y media docena de agentes. No de la policía, ni de la Benemérita, sino de Aduanas. Ni que él estuviera pasando drogas o material de contrabando. Qué huevos tenían algunos magistrados.
Pidió permiso, antes que nada, para cambiarse y ponerse presentarse. Se lo dieron, pero un agente lo acompañó en todo momento. Como si pensaran que iba a tirar por el váter papeles comprometidos o, peor todavía, se marcara un Lute escapando por la ventana. Joder, que vivía en el último piso. Un dúplex que se le hacía algo grande desde que Marina se pasaba las semanas en la urbanización de San Roque y los niños aprovechaban el tiempo libre en Yale para irse a esquiar en Aspen, Colorado.

Procedieron los agentes a registras archivadores, escritorios, libros de contabilidad. Un experto informático le pidió la contraseña de su ordenador. Se la dio. Sin problemas. Trasteó un rato. Le preguntó si tenía algún portátil. Dos MacBook Air, sí. Y una tablet. Repitió la contraseña, dejó que hurgaran en sus entrañas fiscales.
Luego, a media mañana, cuando no le quedó más remedio que pedir permiso para hacer un pis, le comunicaron que quedaba detenido y lo esperaba el juez de instrucción. No hizo falta que llamara a su abogado: Gonzalo había llegado diez minutos antes, la cara pálida y tensa.
Bajaron a la calle, acordonada por los coches patrullas y con cientos de periodistas enfocando sus cámaras. Noticia de primera plana en los periódicos mañana, la comidilla del Congreso dentro de cinco minutos, el revuelo en la media docena de consejos de administración de los que formaba parte, tonterías en los telediarios y comentarios llenos de estupideces por parte de los tertulianos, incluso de aquellos que tenía comprados.
Tras las vallas de seguridad, los curiosos. Esos que venían a ver una crucifixión como hacía dos siglos iban a ver cómo rodaban cabezas en la guillotina. En otro país, por supuesto. Alguien que no sabía su lugar y le increpaba. “¡Chorizo!», “¡Ladrón!”, “¡Hijo de puta, devuélvenos lo que nos has robado!”. Trajano sabía que debía seguir manteniendo el rostro impasible, pero por dentro respondía a cada uno de aquellos improperios con un corte de mangas mudo. Si la gente es tonta y él era listo, que se jodieran. Ellos habrían hecho lo mismo, de tener posibilidad. Nadie era santo.
El policía, que sin duda había visto muchos telefilmes, le colocó una mano en la cabeza para ayudarlo a entrar en el coche. Y salieron pitando, a toda prisa, por las calles llenas de tráfico. La misma escena delante de los juzgados. Serían otros periodistas, otros curiosos: era imposible que hubieran llegado tan rápido.
El juez era joven y se le veía nervioso. Le tomó declaración durante dos horas. Trajano respondió a lo que pudo, o a lo que quiso. Tres horas y media declarando. No, no había defraudado. No, no tenía cuentas en paraísos fiscales. No, no había usado sus influencias políticas para privatizar empresas públicas. No, no se había valido de las ayudas europeas para reflotar cajas de ahorro y bancos. No, no conocía de nada a esos señores que le indicaba su señoría. No, a aquella señorita que decía ser su amante no la había visto en la vida: las fotos tenían que ser un montaje, hoy se hacen maravillas con Photoshop, y él era católico practicante y creía en la inviolabilidad sagrada del matrimonio.
Era ya de noche cuando salió del juzgado. Los periodistas seguían allí. Quedaban menos curiosos. Le metieron una alcachofa a la altura de la boca, casi le dieron un golpe con ella en las gafas.
—No hay nada que declarar —dijo, en un murmullo, mientras aceleraba el paso hacia el coche.
—El señor Roldán ha sido imputado, pero no pasa a disposición judicial. El juez ha declarado el secreto de sumario —dijo el abogado, cumpliendo a la perfección su labor de escudo.
Regresó a casa. Cerró la puerta. Meó de nuevo. Se lavó la cara y las manos.
Si alguien creía que lo tenía cogido por los huevos, se equivocaba. La policía no había encontrado nada que lo incriminara directamente: bien se había encargado él de eso. Un soplo a tiempo, cuarenta y ocho horas antes de la visita de los agentes de aduanas, dan para eliminar muchos rastros.
Se sirvió un whisky de malta, encendió un Romeo y Julieta y se quitó los zapatos.

