La bella en misa es un antiguo romance de probada vinculación con una balada griega, búlgara y rumana y de evidente paralelismo con una canción china, incluida en la novela Ching P`ing Mei. El tema –universal pues y conocido en Europa desde al menos el siglo XVI– cuenta cómo una dama de hermosura deslumbrante, al entrar en la iglesia para rezar, llama la atención de todos hasta el punto de desbaratar el orden del sagrado oficio y la compostura de los oficiantes: “A la entrada de la iglesia su pie derecho metió; / solamente con dos dedos agua bendita tomó / y un poquito más arriba de rodillas se ahincó; / tres golpes se dio en el pecho, ha dicho la confesión. / El que decía la misa no la pudo decir, no; / el que le estaba ayudando las vinajeras quebró; / el sacristán en el coro el Credo se le olvidó; / el monacillo tocando ha quebrado el esquilón; / las campanas repicando solas han perdido el son. / Las damas mueren de envidia y los galanes de amor, / sólo en ver tanta hermosura como esta niña llevó”.
El Día de San Antón de 1767, Giacomo Casanova, recién llegado a España, entró a oír misa en la madrileña iglesia de La Soledad y allí, según relata en sus memorias (Histoire de ma vie), quedó su corazón desbaratado y su deseo rendido ante la belleza de una mujer a la que siguió los pasos, requebró, cortejó y finalmente enamoró de modo turbulento y deshonesto.

Esta Bella en misa madrileña vivía en la calle del Desengaño y fue elegida por el veneciano cuando buscaba a la mujer idónea para bailar el fandango, danza de cuya lascivia Casanova había oído hablar largo y tendido, llegando a la conclusión de que “ninguna mujer podía negar nada a un hombre con el que hubiera bailado el fandango… Los movimientos del hombre expresan el amor consumado, los de la mujer, el consentimiento, el arrebato y el éxtasis del placer”. De modo que Casanova y su bella se estrenaron como pareja de baile en el Teatro de los Caños del Peral donde, pese a las prohibiciones de la Inquisición, se celebraban estos “bailes de candil”.

Los fandangos, bailes de candil, bailes de cascabel o bailes de botón gordo (que todas esas denominaciones recibió la danza) estaban llegando entonces desde el Sur al centro de la Península y desde los patios y corrales pobres a los escenarios aristocráticos. La sociedad más refinada y de moral más estrecha se preparaba así para «amajarse», esto es, para empezar a imitar la indumentaria y las maneras desenvueltas de un pueblo que todavía no se llamaba pueblo pero que poco después iba a bautizarse, en Francia, guillotinando a un par de reyes y, en España, echándose el trabuco a la cara para expulsar al gabacho invasor. Visionario, Giacomo Casanova vio en la mujer elegida la maja con la que Goya abriría la modernidad y con sus particulares pinceles transformó la rígida conducta y la luctuosa religiosidad de la joven en un amoroso libre albedrío.
A mediados del siglo XVIII, el fandango había prorrumpido en la austeridad de las clases altas de la misma manera que la Bella del romance irrumpe en la iglesia, igual que la amante madrileña de Casanova se arrodillaría sensualmente ante el confesionario. Y con esa destreza para generar el amor apasionado siguió andando el fandango hasta el siglo XIX y casi hasta el XX, hasta que, con peor suerte que aquel su famoso danzante, arribó a la calle del Desengaño y entonces Casanova pasó a ser un vulgar destructor de honras y el fandango un baile de brincos y ruidos, y el pueblo se dejó atosigar de nuevo por la Inquisición y perdió su nombre, perdiendo así el secreto de la lascivia.

