Bombas en el trastero

Había llegado el momento de vender la casa paterna. Era difícil. No es que le tuviera demasiado cariño a la vivienda. Era que desde hacía más de treinta años no había vuelto a mirar en el sótano y creía recordar exactamente cada objeto guardado por su padre allí, cada objeto visitado asiduamente por el militar soberbio y resentido que fue su padre, quien, convirtiendo en disciplina la memoria de su guerra, sacaba brillo a diario a sus medallas del bando vencedor. No quería revisitar ese sitio.

Tuvo, no obstante, que hacerlo. Vendió la casa rápidamente y a buen precio y un día bajó las escaleras decidido a desalojar el patrimonio bélico. Sí, lo recordaba todo. O casi, porque le intrigó un bulto cubierto por una vieja manta ubicado en el fondo de la habitación. Solo al destaparlo le volvió a la memoria el lejanísimo momento de la infancia en el que su padre le había mostrado aquello: un obús de casi medio metro de longitud sobre el que le asesoró: “Un recuerdo de los patriotas italianos, nunca lo toques”.

No invento nada. Me contó el episodio, hace unas pocas semanas, un hombre estremecido que se culpaba del olvido, de haberse obligado al olvido hasta ese extremo.

Según fuentes del Gobierno español, la Guardia Civil ha detonado en los últimos treinta y tres años, desde 1985, unos 35.000 artefactos explosivos, en un 80 por ciento procedentes de la Guerra Civil. Granadas, espoletas y obuses siguen apareciendo más o menos accidentalmente en España a razón de una media de mil por año; en muchas ocasiones los artefactos están cerrados y por ello conservan intacto su poder destructivo; en tales casos los artificieros de la Guardia Civil o de la Policía Nacional son los encargados de desactivarlos o hacerlos explosionar.

Granada de la guerra civil española.

Aparte de los explosivos enterrados con los que albañiles o agricultores se topan al azar, no son pocos los esmeradamente atesorados como piezas de colección por personas que los guardan como memoria honrosa de la guerra que concluyó con un “cautivo y desarmado Ejército Rojo”.

Somos un país nostálgico, desmesuradamente nostálgico. Los mitos que han nacido para encarnar el alma patria así lo confirman: Don Quijote, enarbolando en su siglo sin luces las banderas de los héroes de la caballería andante medieval; ese hombre del casino provinciano, de cuya primordial mirada melancólica levantó acta Antonio Machado; Carmen la Cigarrera o Bernarda Alba, tan distintas y, sin embargo, tan empeñadas las dos en mantener el luto de la España eterna, la sangre por la sangre. Un país –dijo Juan Goytisolo– “que únicamente mira atrás y fomenta lo privativo” sin atender a razones.

La nostalgia española no conoce límites, es exagerada, grotesca y esperpéntica. Y es omnívora. Hasta el punto que aquí la nostalgia devora al patrimonio, lo fagocita y lo transforma en sí misma. Los españoles se rasgan las vestiduras en nombre del patrimonio únicamente en los casos en que este signifique nostalgia, un abrazo férreo al pasado. Hay mucho entusiasta del valor patrimonial si nos referimos a las corridas de toros, a la obediencia conyugal de la mujer o a las bombas de la Guerra Civil; hay mucha incomodidad si el asunto del patrimonio implica libertad o progreso; se llega al rechazo frontal al hablar a los nostálgicos de memoria histórica. Abunda, en fin, una idea del patrimonio sesgada, casposa y torticera.

Como el hombre que me contó la historia del obús, somos incapaces de discernir entre lo que hay que olvidar y lo que es imprescindible recordar. De ello se lucran ahora ilimitadamente la derecha cobarde, la derecha liberal y la derecha extrema, ostentosas derechas todas, sin complejos por su nostalgia, que combinan habilidosamente con un olvido desvergonzado del horror porque, al fin y al cabo, ¿qué tiene de malo guardar la bomba de tu padre en el trastero?

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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