El reciente centenario de José Antonio Nieves Conde parece una buena ocasión para recordar Jack el negro (Black Jack, 1951), la película que el cineasta español codirigió con el francés Julien Duvivier, en una extraña coproducción que aunó artistas y capitales de ambos lados del Atlántico y localizó sus exteriores en Mallorca y Tánger. Merece la pena verla, siquiera sea por ahondar un poco en el insondable cesto de las ocasiones perdidas e irrepetibles. No era frecuente entonces que una productora norteamericana se aliara con capital español, francés y belga para encomendar una película a un director que ya gozaba de reconocimiento internacional y había dado a la pantalla películas tan notables como Pépé le Moko (1937) o Seis destinos (Tales of Manhattan, 1942). Y más sorprendente aún fue que una película no menos desesperanzada y nihilista que El tercer hombre, y que en cierto modo hacía partícipe de ese nihilismo a la olvidadiza España franquista, que se esforzaba por hacerse perdonar sus recientes connivencias con la Alemania nazi y la Italia fascista, contara con participación española y situara su poco edificante trama en suelo español. Quizá nadie cayó en la cuenta; o quizá la impecable filiación falangista de su supervising director, José Antonio Nieves Conde, que todavía no había dado pábulo a la desconfianza del régimen, como ocurriría muy poco después tras el estreno de la controvertida Surcos, sirvió para tranquilizar reparos.
El caso es que la película no puede ser más inquietante. Un traficante de inmigrantes que huyen de países desgarrados por la guerra –por la época, podemos pensar en países de Europa central o del Este, aunque no es difícil conectar ese recuerdo con el de los exiliados españoles que embarcaron en buques semejantes rumbo a México u otros países– desembarca en Mallorca con objeto de ofrecer a otro traficante sin escrúpulos –un norteamericano que, como sus compatriotas Rick Baine (Casablanca) y Harry Lime (El tercer hombre), ha perdido el norte moral con la guerra y se gana ahora la vida traficando con armas y drogas– el rescate de algunos de los pasajeros que lleva en su barco y que están dispuestos a pagar por hacerse desembarcar en Tánger. El segundo tratante –interpretado por George Sanders, acepta el negocio, sin saber aún que quien se lo propone pretende hundir el barco y deshacerse sin más del resto del pasaje. Este hecho pondrá a prueba el hasta entonces inconmovible cinismo del desencantado excombatiente y conducirá al previsible desenlace, determinado también por la presencia, entre los inmigrantes, de una bella mujer hacia la que el traficante se sentirá atraído.
Esto es todo. Y quizá fueron las desusadas condiciones de producción –un reparto internacional, un equipo técnico igualmente mixto y un complicado rodaje en exteriores– las que, en conjunción con el deslavazado guión, condujeron al fracaso de la película, que pasó por los cines sin pena ni gloria y cayó rápidamente en el olvido. Lo que no impidió que en ella quedaran algunos de esos momentos de arrebato imaginativo que caracterizan al cine de Duvivier, en llamativo contraste, a veces favorecedor, con la pátina de autenticidad etnológica y “neorrealista” que quiso imprimir Nieves Conde a las escenas netamente españolas. Es de destacar, por ejemplo, el hipnótico momento en que el asendereado contrabandista arriba al mercante hundido y alcanza a ver los brazos de algunos de los ahogados asomando por las rejillas de las escotillas; o la escena precedente, en la que el mismo personaje explora, como en las mejores películas de aventuras, una enorme caverna en el islote en el que presuntamente habían sido desembarcados los inmigrantes; o una escena anterior, en la que Lola Flores y Manolo Caracol interpretan en un cabaré de Tánger un muy explícito baile de cortejo que sirve de contrapunto al tenso intercambio verbal entre el protagonista y la chica superviviente; o el momento en el que los dos contrabandistas se enfrentan sobre un secadero de redes de pesca en las que el perdedor queda atrapado.
Todas estas escenas están resueltas con esa mezcla de ligereza y poesía que caracteriza el cine de Duvivier. Señalan, por así decirlo, los puntos de intensidad de un argumento que tiene la típica desorganización de lo soñado, y que, como lo soñado, tiende a afirmarse en la conciencia del espectador más por esos momentos de intensidad emocional o simbólica que por la simple coherencia de lo narrado. En efecto, cabe pensar que todo lo que acabamos de presenciar es una pesadilla. Y quizá lo más perturbador es la certeza de que esa pesadilla respondía a la realidad de la vida en Europa en aquellos años todavía previos a la recuperación económica y el rápido olvido de las penalidades pasadas. Miseria, inmigrantes condenados a morir por dejación de quienes podrían salvarlos, corrupción generalizada, desorientación ideológica y moral, falso cosmopolitismo… Black Jack se estrenó en 1951, pero parece hablar de la Europa de hoy.


