Ayer en el lavadero

Agua, jabón y ceniza. El agua fluía de los torrentes generosos de los sitios fluviales; cuando escaseaba, no había más remedio que esperar al buen tiempo, a que en el débil río crecieran algo las aguas, y acudir allí con la piedra o la tabla para restregar la ropa. Si se podía, se esperaba hasta San Juan, que por ser el día más lago aseguraba sol y claridad para acabar la tarea.

Los lavaderos eran de piedra y olían a jabón, no al “jabón de olor” que solo unas pocas privilegiadas guardaban celosamente, sino al jabón tosco hecho con un poco de tocino rancio o aceite usado y sosa caústica, aromatizado con el tomillo, el romero u otro perfume del campo. En los lavaderos de los sitios más fríos se usaba la ceniza. En las Disquisiciones galanas de José Manuel Fraile se atesora una esmerada descripción de la faena: “Disponían las casas montañesas y serranas de un artefacto por el que se filtraba, se colaba —de ahí el nombre de colada que aún se da al acto de lavar la ropa— el agua más o menos caliente por varias capas alternadas de ropa y ceniza, consiguiéndose así una lejía fuerte, barata y sumamente inocua para el entorno. La capa superior debía ser como es lógico de cenizas y sobre ella se vertían sucesivas cascadas de agua cuya temperatura debía ir en aumento. En el Somiedo asturiano eran doce calderas las que se vertían para obtener una buena colada: tres calentinas (tibias), tres calentando, tres espumiendo, tres trebalgando (borboteando)”.

dsc_0209-1
Lavadero del Museo de Artes y Costumbres Populares de Jaén.

Reconocidos hoy —y hasta venerados— como bienes etnológicos de interés patrimonial, los lavaderos son hitos en las rutas culturales de contexto rural, e incluso piezas de evocación arqueológica en museos de costumbres populares y centros de interpretación, en los que se destinan a veces gigantescas salas para acoger estas pilas sin agua y esos caños sin voz. La FEDAC (Fundación para el estudio de la artesanía de Canarias) —una de las instituciones más veteranas en la catalogación del patrimonio etnológico— tiene registrados más de doscientos lavaderos de la más diversa tipología (cuevas, cantoneras, acueductos, caños, pozos, aljibes, estanques, acequias, fuentes, chorros…). El Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, por su parte, ofrece ochenta y dos registros en su catalogación del patrimonio inmueble de Andalucía.

La atracción de antropólogos y etnólogos por los lavaderos se asienta sobre dos cualidades de los mismos: por un lado, son espacios que evidencian un sistema de respuesta humana a las condiciones naturales, paisajes en los que la naturaleza ha moldeado su estructura y que han hecho de la a veces intrincada naturaleza una fuente de riqueza. Domesticar el agua. Por otro, los lavaderos nos hacen soñar espacios perdidos de socialización, sitios donde lavar, hablar y cantar como si estuviéramos fuera del tiempo, como si el sol y el agua fueran eternos y siempre nos bañásemos en el mismo río. Espacios femeninos en los que se cocía —y se colaba— la vida.

Decía Saramago que “las conversaciones de las mujeres mueven el mundo”. No es verdad. El rumor de las conversaciones de los lavaderos mantuvieron el mundo, para bien o para mal, es cierto, pero mientras que las mujeres permanecían en los lavaderos fueron los hombres los que decidían la suerte de todos: “Eras tú la que decías / ayer en el lavadero / que te casabas conmigo / y eso será si yo quiero”.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *