Autopista hacia el cielo

Hay vida más allá de La casa de la pradera. Eso debimos pensar –aliviados– los españoles cuando Michael Landon resucitó para la santidad en Autopista hacia el cielo, la serie televisiva que, entre 1985 y 1989, nos habló de que no todos los caminos llevan a Roma, de que, en concreto, hay uno que lleva directamente a la portería de San Pedro. Unos años antes nos habíamos entusiasmado con otra serie sobre rutas y caminos, Los camioneros (1973-74), pero la aspereza de la vida en carretera de Sancho Gracia solo la pudimos soportar en esos momentos esperanzados en los que la muerte ya rondaba al dictador y en los que no soñábamos con el estado de bienestar, sino con el estado libre.

A finales de los ochenta, cuando el ángel Landon reflotó en nuestros televisores, ya habíamos dado por concluida la Transición, nos disponíamos a eliminar de nuestra memoria cualquier resquicio de sufrimiento, empezábamos a apoltronarnos en el estado de las autonomías y, por consiguiente, a entender que nuestra identidad tenía mucho que ver con la recuperación de la tradición y el folklore; asuntos éstos que por supuesto no estábamos dispuestos a revisar, sino exclusivamente a proseguir, sin detenernos a considerar que durante cuarenta años la Iglesia y su gran aliada, la Dictadura, habían moldeado a su imagen y semejanza tales cuestiones, que ahora nos entregaban envueltas en el celofán atractivo de los nacionalismos y las subvenciones.

Michael Landon en una imagen promocional de 'Autopista hacia el cielo'.

Michael Landon en una imagen promocional de ‘Autopista hacia el cielo’.

Ése era más o menos nuestro estúpido estado emocional cuando, contemplando los episodios de Autopista hacia el cielo, identificamos las rutas angelicales de las ondas hertzianas con nuestros propios senderos de gloria, revitalizando así las romerías y peregrinaciones y renovando nuestra fe en las apariciones milagrosas y en los sitios santos. No puedo entender de otro modo que, a partir de aquel momento –un momento en el que deberíamos habernos lanzado a la conquista del conocimiento y de la cultura– nos lanzáramos sin embargo a la devoción ciega y a la borrachera colectiva de acontecimientos presuntamente espirituales, tales como la Romería del Rocío.

La cuestión es que la cosa fue a más. Nada pudieron hacer para evitarlo unos pocos intentos de sensatez, como el de aquella chirigota callejera del carnaval de Cádiz de 1987 llamada Autopista hacia Benalup, que recreaba el revuelo producido en 1986 en el pueblo gaditano de memoria anarquista a raíz de la aparición de la Virgen sobre una higuera: “¡Milagro, milagro, milagro! Virgencita yo te pido… que me salga un estribillo.”

Y tanto prosperó la idea que, a día de hoy, la piadosa Junta de Andalucía ha dotado a los fieles (votantes) de su propia autopista hacia el cielo: la variante de carretera que permite nuevos accesos a la aldea de El Rocío, “persiguiendo así dar solución a los embotellamientos que sufre el núcleo, sobre todo en fechas de alta afluencia como durante la celebración de la romería, peregrinaciones de hermandades grandes o en verano, cuando El Rocío multiplica su población.”

Caballo muerto en El Rocío. Foto: PACMA.

Caballo muerto en El Rocío.                                                                                                                                                    Foto: PACMA.

El proyecto –que aún parece insuficiente a los más entusiastas del negocio rociero– nos ha costado unos dos millones de euros, que hemos pagado tanto los que no marcamos la casilla de la Iglesia en la declaración de Hacienda como los que sí lo hacen. El camino hacia la gloria, pues, se ha ensanchado notablemente y las posibilidades de alcanzar a tocar el manto de la Virgen se han democratizado. Bendita Junta.

En el tan expedito y ardiente asfalto que lleva hasta El Rocío mueren cada año decenas de caballos y un puñado de bueyes. Representan –supongo– el obligado sacrificio a la divinidad que un acontecimiento de este tipo exige, aunque pueda ponerse en duda la capacidad sacerdotal del devoto rociero ebrio que mata a palos al animal.

Pero todo se puede disculpar si hacemos la siguiente consideración: teniendo la Romería del Rocío tan incuestionable condición de patrimonio, la Junta de Andalucía podría también considerar como patrimonio sus autopistas hacia el cielo. Así, cuando a la Consejería de Fomento ya no le quede dinero para ampliar los accesos por carretera, arreglar los baches o retirar los animales muertos, pues se podrá hacer cargo con toda legitimidad la Consejería de Cultura.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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2 Comentarios

  1. Juan Pablo Maldonado García

    Cierto, Mª Jesús. Y que pena de renacimiento de lo nacionalcatólico, de lo irracional, de lo casposo, de lo meapilas, de lo chabacano, de lo cerril, de lo oscurantista, de lo cutre, de lo rancio, de lo retrógrado, de lo reaccionario, de lo demencial…

    Allá cada cual. Pero eso sí ¡sin el dinero público de los demás!

    Si aún no hemos alcanzado la separación Iglesia-Estado; aún más difícil será alcanzar la separación Iglesia-Autonomía folclórica.

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