Alcances, otra vez

Cuando Alcances, la muestra cinematográfica gaditana, cumplió sus primeros treinta años de andadura en 1998, yo cumplía mi tercer lustro como espectador asiduo, y el hecho de que ese periodo fuera exactamente la mitad del ya recorrido por el festival me parecía que simbolizaba mi propia posición respecto a la herencia cultural que habíamos recibido de las generaciones que lo habían puesto en marcha y hecho posible, y a las que pertenecían su fundador, el escritor Fernando Quiñones, y su posterior responsable, el crítico y estudioso José Manuel Marchante. Vivía uno el hecho de haberse incorporado a la Muestra a esas alturas con cierto sentimiento de pérdida; pero esa sensación –ahora puedo decirlo con conocimiento de causa– correspondía más bien a la totalidad de mis vivencias respecto al momento social y cultural en el que me tocó madurar, que fue el de la Transición de la dictadura a la democracia. Demasiado joven para haber participado activamente en cualquiera de los procesos entonces en marcha y demasiado mayor para militar sin resquemores en las filas de quienes se declaraban nacidos para la vida ciudadana cuando la democracia formal era ya un hecho irreversible, nació entonces en uno una sensación de desubicación política y social que nunca he logrado superar del todo, y que forma parte esencial de mi manera de entender la vida y mi modo de conducirme en ella.

En todo esto pensaba durante la inauguración de la 47 edición de la muestra, que desde hace diez años está dedicada en exclusiva al cine documental. También el público se ha renovado: aunque todavía podía reconocer a mi alrededor algunas caras, eran más numerosas las de quienes se han incorporado a la muestra en esta última fase, y sobre quienes seguramente no pesa el recuerdo de haber visto en esa misma pantalla grande, la del Gran Teatro Falla, las primeras y puede que únicas proyecciones en Cádiz de lo último de Kurosawa, Fassbinder, Angelopoulos o Fellini, entre otros; así como generosas muestras representativas de la obra de los grandes del cine de todos los tiempos, desde los expresionistas alemanes a Billy Wilder. Quedan ya pocas salas en las que puedan verse estas películas en el formato para el que fueron concebidas, y menos todavía las dispuestas a hacerles un hueco en su programación. Tampoco, me temo, son objeto de culto entre las generaciones para quienes el cine fotografiado en blanco y negro es sólo una curiosa anomalía, y cuyo horizonte de referencia clásica se sitúa en las películas de Tarantino o Iñárritu… En este sentido, Alcances fue para uno una verdadera escuela, y las duras butacas del Falla –siguen siéndolo– un igualmente duro banco de aprendizaje en el que a veces pasábamos seis u ocho horas diarias, pase tras pase, hasta agotar el programa.

Una vieja foto del Alcances de antes: el jurado de la muestra de 1997. De izquierda a derecha: José Manuel Marchante, exdirector de la muestra; José Manuel Benítez Ariza; Victoria Fonseca, directora de la Filmoteca de Andalucía, y el cineasta jerezano David Gordon.
El jurado del Alcances de 1997. De izquierda a derecha: José Manuel Marchante, exdirector de la muestra; José Manuel Benítez Ariza; Victoria Fonseca, directora de la Filmoteca de Andalucía, y el cineasta jerezano David Gordon.

Me consta que, entre el renovado público que acude ahora a las proyecciones de la todavía flamante muestra de cine documental, hay entusiasmos semejantes; y, lo que es más importante: un genuino deseo de emulación; porque, en estos tiempos en los que casi nadie carece de medios para grabar imágenes, la idea de abordar la realidad desde la mirada inquisitiva de una cámara parece más asequible que nunca. Son también tiempos en los que la realidad invita de nuevo a ser cuestionada y puesta en entredicho, y por ello quizá toda esta cinefilia de nuevo cuño tiene un indiscutible aire contestatario, irritante a veces por lo redicho, conmovedor otras; pero, en todo caso, tan ajeno al juicio que merezca a los más viejos como lo eran nuestras propias actitudes contestatarias e irreverentes de hace treinta años.

En todo esto pensaba mientras veía el durísimo documental La mirada del silencio, de Joshua Oppenheimer, con el que quedó inaugurada la 47 edición de la muestra. El cine permite estos desdoblamientos: estar allí donde quiera conducirte la cámara –en este caso, una descarnada indagación en las sangrientas matanzas que siguieron al golpe militar contra Sukarno en la Indonesia de 1965– y, al mismo tiempo, en el curso por el que quieran llevarte tus pensamientos. No se es nunca exactamente el mismo cuando se vuelve de cualquiera de esos dos viajes.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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