Actualidad de ‘Doctor Zhivago’

Ha tenido cierta repercusión en España el cincuenta aniversario del estreno de Doctor Zhivago (1965); entre otras razones, porque una parte significativa de su rodaje se hizo en nuestro país y en él tomaron parte técnicos españoles. Eran los años en los que las producciones del norteamericano Samuel Bronston daban fe de las posibilidades de España como tierra de promisión cinematográfica: era un país barato y seguro, ofrecía espléndidas localizaciones y contaba con una infraestructura turística y de transportes suficiente, amén de personal técnico y artístico preparado y entusiasta. Podía contarse también con el decidido apoyo del régimen de Franco, deseoso de aprovechar las oportunidades de promoción internacional que esos rodajes suponían. Y de todo ello no solo se aprovechó Bronston, sino que pronto otros promotores de grandes superproducciones decidieron valerse de las posibilidades que ofrecía el país.

De la mano del productor Carlo Ponti, el británico David Lean fue uno de ellos. Ya antes de Doctor Zhivago había rodado en España algunas escenas muy destacadas de Lawrence de Arabia (1962): los espectadores españoles aceptaron con humor que el cuartel general británico en El Cairo, al que un desencajado Lawrence llega después de haber cruzado a lomos de camello el desierto del Sinaí, estuviera ubicado en los pabellones de la Plaza de España de Sevilla. Por lo mismo, tres años más tarde a nadie extrañaría que la desolada estación de tren moscovita desde la que Zhivago parte a su voluntario exilio en las estepas fuera la madrileña de Delicias, que más tarde se convertiría en Museo del Ferrocarril; o que la presa que, al final de la película, da a entender que ya habían quedado atrás los duros años de la revolución y empezaban a verse los frutos de tanto sacrificio, resulta ser, irónicamente, la de Aldeldávila de la Rivera, en la provincia de Salamanca: una de los características obras de ingeniería que pregonaban los presuntos logros de otro régimen autoritario, el de Franco.

Julie Christie y Omar Sharif en una escena de 'Doctor Zhivago'
Julie Christie y Omar Sharif en una escena de ‘Doctor Zhivago’.

Es posible que el paralelismo no fuera intencionado. De hecho, uno de los grandes malentendidos que pesaban sobre la novela de Pasternak en la que se basaba la película era su presunto anticomunismo, por la que fue prohibida en la Unión Soviética. Pero ni la novela ni la posterior película lo eran: a lo sumo, mostraban el empequeñecimiento de los destinos individuales en tiempos de grandes turbulencias históricas, y el mensaje lo mismo valía para la revolución rusa que para cualquier otro hecho significativo de la devastadora historia del siglo XX. Zhivago en ningún momento critica la revolución o se muestra defensor de principios contrarios a ella: simplemente, exhibe su indefensión ante la desmesura de los hechos. En ello, era un fiel trasunto de las actitudes de su autor, Pasternak, que nunca consideró la posibilidad de abandonar su Rusia natal y transigió más o menos a regañadientes con el régimen de Stalin; lo que, por supuesto, no resta un ápice al valor de su obra, y muy especialmente de su poesía. Doctor Zhivago, por cierto, era también la biografía ficticia de un poeta que, como el propio Pasternak, prefirió dedicar sus versos a las interioridades del alma individual antes que a los grandes designios colectivos.

Doctor Zhivago fue la tercera de las grandes superproducciones internacionales que dirigió David Lean, después de la ya mencionada Lawrence de Arabia y El puente sobre el río Kwai (1957). Algunos historiadores del cine han querido ver en este designio un símbolo del destino del cine inglés en general, convertido, después de la Segunda Guerra Mundial, en una simple división del norteamericano; y contraponen, a esta etapa colosalista de Lean, su producción anterior, en la que predominaban las adaptaciones de novelas u obras de teatro, generalmente en un tono intimista y con una gran parquedad de medios. Un pequeño éxito en esta línea, Breve encuentro (1945), sobre una modesta ama de casa que se siente tentada a cometer adulterio con un desconocido que la aborda en una estación de cercanías, quedó como la expresión más certera del estado moral de la desilusionada y empobrecida Inglaterra de posguerra, cuya opresiva atmósfera pesa sobre estos dos tristes individuos abocados sin demasiado entusiasmo a un penoso desliz, que están a punto de consumar en un apartamento prestado. Pocos advirtieron, entonces como ahora, el fondo cínico, e incluso cómico, de la historia; con una única excepción: el cineasta Billy Wilder, que tomó de esta película la situación en la que se basa la suya El apartamento (1960): otra historia de amores desiguales, pero esta vez vista desde el punto de vista del desaprensivo que presta su apartamento para esos menesteres.

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Una escena del clásico de David Lean.

Frente a lo que suele decirse, más bien parece que la imaginación y el aliento narrativo de Lean se veían constreñidos por estas historias deprimentes. En la ya internacional Locuras de verano (1955), el director pudo respirar con más libertad y empezar a desarrollar su característico estilo visual, colorista y ampuloso, aunque siempre abierto a las sugerencias líricas de la imagen. Los amores difíciles o contrariados seguirán siendo el gran asunto de casi todas sus películas, incluidas Doctor Zhivago o La hija de Ryan (1970), aunque, a diferencia de lo que ocurrió en Breve encuentro, en sus grandes producciones posteriores dejará que la naturaleza y el acontecer histórico se hagan sentir en las historias y determinen en cierta medida su desarrollo. También en las películas en las que no se dan estas situaciones, como ocurre en El puente sobre el río Kwai o Lawrence de Arabia, el argumento suele girar en torno al desigual enfrentamiento entre la conciencia individual y la desmesura de la Historia: Lawrence aspirará nada menos que a cambiarla, por más que su grandiosa tentativa –el logro de conseguir que los pueblos árabes se emancipen del Imperio Otomano– no dará otro resultado que la sustitución de unos opresores por otros. Por lo mismo, el coronel Nicholson de El puente sobre el río Kwai, prisionero en un campo de concentración japonés, extremará su voluntad de resistencia hasta tal punto que sus demostraciones de dignidad y disciplina en medio de la opresión terminarán redundando en beneficio de sus carceleros. El asunto de estas películas, contra lo que suele decirse, no es la exaltación del patriotismo británico, sino la desigual pugna entre la individualidad irreductible y las fuerzas que buscan anularla.

De eso habla también Doctor Zhivago: en su triple condición de poeta, hombre con sentimientos humanitarios y enamorado, Yuri Zhivago ofrecerá lo mejor de sí mismo a sus semejantes, pero siempre al margen de esa especie de humillante dejación de la propia individualidad que exigen las ideologías que pretenden hablar en nombre de la humanidad en abstracto. Su mensaje está hoy más vivo que nunca.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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