Ilustración de J.M. Benítez Ariza.
El tiempo se tasa en lo que cuesta ganarlo, aunque sea para nada. A fuerza de muchos cálculos, unos pocos cambios en mi agenda y alguna que otra renuncia, he conseguido ganar siete días para perderlos aquí, en este pueblo de apenas unos centenares escasos de habitantes, sin tiendas, exceptuando un pequeño colmado, sin bares durante casi media semana… He venido a aburrirme, que es el contrapunto exacto de la hiperactividad agotadora. Sin entrar en el preciso significado médico del término, diré que uno es hiperactivo por mal hábito, aunque también un poco por obligación: a las cosas que quiero hacer sumo las que estoy obligado a hacer, o al revés, y el resultado es que el calendario se llena de acciones programadas, unas por placer, otras por deber, de modo que al final termino por no distinguir bien lo uno de lo otro. Escribir, por ejemplo: ¿es placer, es deber? Empezó siendo lo primero y, en la medida en que uno se “profesionalizó” –no lo suficientemente, en todo caso–, acabó adquiriendo indelebles matices de lo segundo.
Por suerte, en estos siete días no voy a escribir: aquí no tengo ordenador, y en la pequeña tablet que he traído para ver películas y oír música no me acostumbro a hacerlo. Eso no evitará que anote ideas e incluso redacte pequeños párrafos y hasta algún poema, ya sea a mano, ya en el “bloc de notas” del teléfono móvil. Y qué decir de mis amores tardíos, el dibujo y la pintura: empezaron siendo un eficaz contrapunto al estrés; pero, en la medida en la que algunos amigos han dado valor a mis modestos logros y he comprobado que la práctica los mejora y ello me satisface, constato que estas aficiones plantean también sus exigencias. Me queda la lectura, a la que mi vista cansada me impide dedicar todo el tiempo que quisiera –y aun así, leo casi todas las tardes hasta que la vista se me nubla– y las películas, que también suponen, al final del día, un esfuerzo suplementario para mis cansados ojos.
Éste es mi programa. Si le uno la necesidad de prepararme frugales comidas y mantener la casa recogida y limpia, como suelo, más la desiderata de aprovechar, ya que estoy aquí, la cercanía de la naturaleza, me da la impresión de que mis días sin nada que hacer van a ser días de actividad frenética. No lo puedo remediar: es casi una enfermedad. Pero como el reconocimiento del mal es el primer paso para el inicio de la cura, no he perdido del todo la esperanza de curarme.
He llegado a la hora del almuerzo. He apañado cualquier cosa y cedido luego al sopor, fruto del madrugón y la cansina mañana de viaje. Mis siestas son atormentadas: paso frío, tengo digestiones pesadas, me levanto desorientado y maltrecho. Quizá debería renunciar a ellas, me digo. Pero el propósito se me olvida en cuanto recupero el tono anímico y corporal y me decido a salir a dar un paseo. La tarde está desapacible: se suceden claros y nublados, en un segundo se pasa de sufrir el exceso de sol a experimentar el efecto de su falta, acentuado por el de un malévolo viento de poniente. Pero me he traído una prenda de abrigo, casi impropia ya de esta época del año, y con ella resisto, en un banco ante el mirador de San Antón, esa insidiosa combinación de circunstancias. Traigo un libro en mi cartera, uno de los dos que he echado a mi equipaje, a saber: Hestoria universal de Paniceiros, del asturiano Xuan Bello, que escribe en su transparente lengua vernácula, y Lacrimae Rerum, un sesudo libro de ensayos sobre cine del filósofo esloveno Slavoj Žižek. En este paseo me he traído este último. A la noche, llevado por una alusión leída en ese libro, buscaré la película Solo Sunny (1980) del germano-oriental Konrad Wolf, de la que no había tenido noticia antes: es el hallazgo del día. Pero me estoy adelantando: ahora mismo, a eso de las siete de la tarde, estoy sentado al aire libre y alternativamente fijo la vista en el libro y luego en la lejanía, siguiendo un acreditado consejo que dice que este ejercicio alivia la vista cansada. Hasta que el poniente arrecia y vuelvo a casa y remato el día ante el televisor conectado a la tablet.
El día siguiente se presenta más variado: quiero decir que, al imponerme un nuevo quehacer, me parece que me libero del resto del programa. La casa, que permanece deshabitada la mayor parte del año, es fría y húmeda, al menos en una primera impresión: luego, cuando se la habita durante un tiempo, ese pronto hostil desaparece. Pero el caso es que las humedades han aflorado en un par de puntos y me he propuesto atajarlas. En la alacena hay un resto de pintura y en el colmado me han vendido un kit de rodillos que, aunque de ínfima calidad, harán el avío. No tengo tapaporos, que sería recomendable aplicar, por lo que procederé capa a capa con pintura convenientemente diluida, como vi hacer una vez a un pintor profesional ante un caso parecido. Todo eso me lleva un par de horas y aún me sobra tiempo para dibujar unas fresas y un frasco de miel que un amigo metido a editor de pliegos poéticos me ha pedido como posibles viñetas para el siguiente. En realidad, me pedía una cosa u otra, pero yo le he dibujado las dos y el autor del pliego, a quien se le ha pedido opinión, ha elegido el frasco. Se lo he contado a mi mujer. ¿Te pagan algo?, me ha preguntado. Sí, trescientos euros, le he dicho. Ella ha captado la mentira, por lo mismo que yo había captado que su pregunta era irónica. Pero no me quejo: si no gano nada con la escritura, a la que llevo aplicándome más de cuarenta años, ¿pretenderé ganar dinero por dibujar o pintar? Por la tarde, desabrida como la anterior, he seguido con ello, ahora en plein air: hago un par de acuarelas rápidas desde un parquecillo descuidado, cubierto de malas hierbas, que tengo cerca de casa y desde el que se abarca casi el mismo panorama que desde el mirador. De nuevo, aguanto hasta que el poniente me devuelve a casa. Por la noche veo Lions Love (1969) de Agnès Varda, que habla también del abandono de uno mismo, pero desde otra perspectiva, la de los convencionalismos hippies de entonces: amor libre, droga y rock-n-roll, con unas gotas de desarreglo existencial; eso sí, desde un lujosísimo chalé con piscina en las lomas de Beverly Hills… ¿A qué juego yo en esta modesta casa sin siquiera calefacción central, en la que me he de envolver en una manta para ver una película? La literatura, el cine, infunden en uno referentes con los que cuesta medirse, por mucha voluntad que uno ponga.
El tercer día lo comienzo aplicando una segunda mano de pintura a mis paredes dañadas, con resultados desiguales: una de las dos manchas responde bien, la otra persiste en su proceso de descomposición y ha escupido la pintura del día anterior. Son dos tipos distintos de humedad. Una viene del marco de un balcón, por el que se ha filtrado el agua de lluvia: como no ha llovido en los últimos días, la mancha ha secado y la pintura agarra; la otra, en la planta baja, viene del suelo: es la humedad primordial de la tierra, que la pared absorbe por capilaridad, sin que sea posible atajarla. Para consolarme, vuelvo a mis otras pinturas, las que se aplican con un pincel en un trozo de papel. Pinto la vista desde mi balcón: un escorzo de la calle, con punto de fuga en la plazuela que la remata. Quedo razonablemente satisfecho. Almuerzo –caigo ahora en la cuenta de que no he anotado lo que voy comiendo–, hago mi desazonante intento de siesta y luego, como en las tardes anteriores, salgo a leer a la intemperie, ante el mirador: esta vez, el libro de Paniceiros. Una observación de su autor me inspira una idea para un poema, que anoto en el móvil, aunque no llego a redondearla y creo que la terminaré desechando. Vuelvo a casa temprano y me avío una cena que exige un poco más de elaboración que el habitual filete vuelta y vuelta: un calabacín refrito. Veo luego El aficionado (1979) de Krzysztof Kieślowski, de cuyo inquietante mensaje quizá debería tomar nota: un modesto empleado se compra una cámara de cine para filmar el crecimiento de su hija, pero pronto ese entrañable propósito cede su lugar a una obsesión por filmar todo lo que se le ponga por delante, incluida la disolución de su matrimonio… La digiero en la cama mientras concilio el sueño sin no mucha dificultad. En estos días he dejado de tomar mis tés de mañana y tarde e igualmente he renunciado a cualquier bebida alcohólica, lo que redunda en que, sin estimulantes que me alteren, duermo mejor.
Así llego al ecuador de mi escapada, que cae en sábado y cuadra con uno de los muchos festejos que jalonan el calendario local: Fiesta de la Primavera. En otras ocasiones no me ha ido mal en esa clase de celebraciones: siempre encuentro a conocidos, me tomo unas cervezas con ellos, disfruto con la orquestilla –la música en directo es siempre grata, incluso cuando el repertorio es anodino–, encuentro un momento para dibujar el entorno… Pero hoy constato que casi nada de eso me apetece y que en realidad no quiero romper mi voluntaria soledad. Y aunque me he pasado por la plaza y he saludado a algún amigo, he zanjado con evasivas las invitaciones a quedarme, beber, comer, bailar, y he seguido mi paseo hasta perder de vista el núcleo cordial de esas expansiones. Ahora estoy sentado frente a la ermita que acoge al patrón de la localidad y me distraigo en esbozarla. Es una construcción sencilla, algo tosca incluso. Su mayor mérito, creo, es estar decorada con unas ingenuas pinturas murales, ahora muy necesitadas de restauración. No hace mucho se habló de ello, e incluso se propuso que lo hicieran los pintores locales, que los hay, y de mucho mérito. A quien esto escribe, como aficionado, también le propusieron participar. Pero no ha vuelto a saberse nada del asunto, como de tantas otras cosas aquí y allá que no sería difícil llevar a cabo, y que sin duda redundarían en una cierta conciencia de comunidad, pero que se quedan en eso, en buenos propósitos.
Se ve, en fin, que no estoy teniendo un buen día. Vuelvo a casa y, después del intervalo del almuerzo y la cabezada de sobremesa, dedico el resto del día a un doble programa de cine: primero, Nostalgia (1983) de Andrei Tarkovsky, que no se puede decir que sea la mejor manera de animarse; y luego un extraño y más bien mediocre wéstern visionario, El desafío del búfalo blanco (1977) de J. Lee Thompson. Lo que tienen en común, según Žižek, a quien estoy usando como hilo conductor de esta peculiar programación de cine, es que ambas ponen en escena las obsesiones de un viajero solitario – un escritor ruso en la primera, un viejo pistolero en la otra– y las proyectan en sendos objetos externos –un antiguo monasterio-balneario en Italia, un animal mítico–, que devienen concreciones de lo Otro por antonomasia, el Ello freudiano, el deseo que escinde la conciencia y la saca de sí… Me da por pensar que tengo algo en común con esos viajeros; que también voy en pos de alguna presa quimérica que, en realidad, llevo dentro y no termino de encontrar.



