Plaza de los Lobos 1968-1977. Varios autores. Coordinado por Isabel Alonso Dávila. Editorial Universidad de Granada. Granada, 2024. 268 pp.
El libro Plaza de los Lobos 1968-1977 es una recopilación de testimonios en primera persona, coordinado por Isabel Alonso Dávila, que documenta la represión sufrida por estudiantes antifranquistas de la Universidad de Granada entre 1968 y 1977. La obra reúne las vivencias de trece personas (cinco mujeres y ocho hombres) que comparten una experiencia común: haber sido universitarios opositores al franquismo entre la década de los 60 y los 70 en Granada, la tercera universidad más grande de España, y sufrir por ello la persecución de la dictadura. El periodo abarcado corresponde a los últimos años del régimen de Franco y el inicio de la Transición, una etapa en la que la represión política alcanzó una crudeza justificada en el miedo que los franquistas tenían a que ‘se diera vuelta la tortilla’ una vez que el dictador muriese. Cada uno de los protagonistas describe su “despertar” político y su implicación en la lucha antifranquista, recordando las manifestaciones, asambleas clandestinas y distribución de propaganda prohibida que llevaron a cabo pese al riesgo. Al calor de sus recuerdos, la obra recoge también los métodos de la oposición: panfletos, pasquines, prensa clandestina y otros actos de desafío simbólico que los estudiantes empleaban para “mostrar que otra sociedad era posible”.
Publicado en 2023 por la Editorial Universidad de Granada, el proyecto ha contado con la implicación de la institución (se incluye un prólogo de la rectora Pilar Aranda y un epílogo del vicerrector Pedro Mercado) en un intento consciente por rescatar la memoria histórica y homenajear a quienes lucharon por la democracia.
El título escogido Plaza de los Lobos, no es baladí sino que hace referencia a que la Jefatura Superior de Policía de Granada se encontraba en pleno campus universitario, entre las facultades de Filosofía y Derecho, en la Plaza de los Lobos, un lugar en el que fueron interrogadas, torturadas y encarceladas numerosas personas por motivos políticos durante la dictadura. Se calcula que entre 1974 y 1975 unos 400 estudiantes universitarios fueron detenidos y represaliados en Granada por sus actividades opositoras. A medida que la oposición antifranquista crecía, las medidas represivas se intensificaban y así, en agosto del 75 aprobó un decreto-ley antiterrorista que suspendía las ya escasas garantías legales de los detenidos políticos, permitiendo arrestos sin orden judicial y detenciones incomunicadas prolongadas.
Los testimonios recopilados en el libro narran en detalle la experiencia de la represión franquista vivida por los estudiantes, al tiempo que reflejan su espíritu de resistencia y anhelo de libertad, sin olvidar la perspectiva de género, algo esencial para superar el olvido en el que la narrativa antifranquista dejó caer a las mujeres, que también enfrentaron el franquismo, aunque apenas si se mencionasen. Los relatos describen detenciones brutales, registros domiciliarios, interrogatorios interminables y torturas físicas y psicológicas sufridas a manos de la Brigada Político-Social. Varios testimonios relatan los horrores tras las paredes de la comisaría de Plaza de los Lobos: celdas infectas y frías en sótanos húmedos donde los detenidos pasaban días enteros sin abrigos, durmiendo sobre un jergón mugriento y con una manta sucia, privados de higiene básica (“sin papel higiénico ni jabón”) y aislados en penumbra. “Era octubre y en las celdas de los bajos hacía muchísimo frío”. La suciedad, el frío y la oscuridad eran parte deliberada del castigo: “la privación de la higiene personal” y las burlas de los guardias buscaban quebrar la dignidad de los presos políticos, convirtiéndonos en personas malolientes para que fuéramos perdiendo la dignidad por el camino”.
Los sobrevivientes narran también los mecanismos psicológicos a los que se aferraban para resistir la tortura. El historiador Fernando Wulff, uno de los coautores, describe cómo un detenido intenta aguantar el sufrimiento pensando que “no es tanto cuánto puedas aguantar, sino que ellos no encuentren el tipo de tortura que te rompa”. La soledad del preso incomunicado –especialmente bajo la Ley Antiterrorista de 1975, que permitía aislamiento total– fue en sí misma otra forma de tortura que dejó huellas imborrables.
A pesar del miedo y el dolor, varios testimonios destacan la entereza y solidaridad que surgía entre los detenidos. “Nunca nos quitaron la alegría, aunque pasamos miedo”, afirma José María Alfaya, enfatizando cómo fueron capaces de resistir gracias, también, al apoyo y la solidaridad de compañeros y profesores demócratas (como el decano de Filosofía y Letras, D. Jesús Lens, quien los apoyó activamente).
Cada capítulo se centra en la historia personal de uno de estos estudiantes siguiendo un orden cronológico: desde la más antigua, la de Bernabé López en 1968 hasta la última de Laureano Sánchez en el 77. A través de ellas, conocemos las peripecias vividas en la clandestinidad, las huidas para eludir la captura, noches enteras imprimiendo propaganda ilegal, así como los ideales, amores y esperanzas que alimentaban el día a día de estos jóvenes. En varios casos, la represión truncó proyectos de vida y dejó cicatrices imborrables: “este proceso represivo te marca de por vida”, reflexiona Alonso, cuya propia historia da fe de una profunda herida familiar causada por su militancia. Muchos testimonios mencionan el rechazo o incomprensión de las propias familias que los repudiaron (Juana García afirma que tras salir en libertad condicional “de una cárcel pasó a otra” refiriéndose al hogar familiar cuyo padre constituyó un “tribunal de la Inquisición desagradable y tenso”) lo que evidenciaba el estigma social que sufrían los disidentes incluso en su entorno más cercano.
Los últimos testimonios del libro abarcan el tardofranquismo y los inicios de la Transición. Varios autores subrayan que la represión no cesó con la muerte de Franco. Un estudiante de Derecho, Laureano Sánchez, relata cómo incluso tras 1975 siguió habiendo detenciones, y que al convertirse en abogado laboralista comprobó que la defensa de los derechos obreros abría una nueva etapa de lucha en democracia. Por su parte, José Antonio González reflexiona sobre la Transición política señalando que “la historia dio un vuelco” y muchos franquistas se reciclaron como demócratas de última hora, “empoderados con principios democráticos que no les correspondían, mientras nosotros, los rojos, perdimos en el momento fundacional de la democracia”. Esta percepción crítica muestra la frustración de quienes arriesgaron todo contra la dictadura y vieron cómo la naciente democracia española no depuró a fondo las estructuras del régimen. De hecho muchos torturadores franquistas quedaron impunes, en total anonimato mientras las víctimas jamás recibieron justicia ni reconocimiento.
Un aspecto interesante a destacar es la presencia de algunas voces femeninas que participaron activamente en el movimiento estudiantil antifranquista. Sus relatos ponen de manifiesto particularidades de la represión contra las mujeres, visibilizando experiencias que durante mucho tiempo quedaron relegadas u ocultas en la historia oficial.
Los testimonios de las mujeres revelan el doble infierno al que se enfrentaron. Por un lado, sufrían la misma represión política que sus compañeros varones, pero, por otro, fueron víctimas de un ensañamiento sexista adicional al considerarlas mujeres ‘descarriadas’ que habían transgredido el rol sumiso que se esperaba de ellas. En la prisión de Granada, las presas políticas compartían espacios con presas comunes encarceladas por delitos morales impuestos solo a las mujeres por la legislación franquista. Así, convivieron con internas condenadas por “adulterio, abandono del hogar o prostitución”, delitos que evidencian la opresión legal sobre las mujeres de la época. Esta experiencia les hizo tomar aún mayor conciencia feminista y a luchar para que muchas conductas punibles durante el franquismo dejaran de serlo durante la Transición.
Plaza de los Lobos 1968-1977 no es solo un libro de historia, es ante todo un ejercicio de memoria colectiva con una clara intención pedagógica y ética. Y una llamada de atención: los derechos y las libertades que hoy disfrutamos fueron conseguidos gracias a la lucha de la clase obrera, los estudiantes y otros movimientos antifranquistas por lo que es necesario mantener viva su memoria. Como un ejercicio de gratitud hacia los que sacrificaron su vida y su libertad y por puro interés ciudadano porque derecho que no se lucha, derecho que se pierde. Lamentablemente lo estamos viendo: una ola reaccionaria y limitadora de derechos recorre el mundo. Y no sabemos cómo frenarla.
Este libro demuestra el poder del testimonio para ensanchar el relato histórico: amplia el enfoque tradicional de la Transición, incluyendo la aportación de las mujeres y de la juventud universitaria y desmonta el mito de una dictadura “blanda” en sus últimos años. En definitiva, nos enseña que el olvido no puede imponerse sobre la justicia y solo preservando la memoria y transmitiéndola a las nuevas generaciones podremos evitar que la historia se repita.


