‘La niña de los zapatos rotos’, de la mano de Pepa Caro

La niña de los zapatos rotos. Pepa Caro. Editorial Con M de Mujer. Santiponce (Sevilla), 2024. 176 pp.

Pepa Caro Gamaza (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1961) es licenciada en Historia General por la Universidad de Cádiz. En 1997 publicó sus primeros poemas en el Aula José Cadalso de San Roque y en 2005 participó junto a otras poetas gaditanas en el libro El placer de la escritura o nuevo retablo de Maese Pedro, editado por la Universidad de Cádiz. Junto con el poeta también arcense Pedro Sevilla impulsó el grupo literario Calima. Es autora de los libros Con todo el invierno dentro (Cuadernos de Sandúa, 2002), Las calles de la lluvia (Calambur, 2010), El exilio de Zaynab (Ediciones En Huida, Sevilla, 2017), Volver por las aceras sin memoria, (Editorial Adeshoras, 2018), El tiempo que llevamos dentro (Ediciones En Huida, 2019) El cuaderno del jardín (Ediciones En Huida, 2022) y ahora de estas memorias que con el título de La niña de los zapatos rotos ha editado Con M de Mujer.

Y aunque aquí solo nos ocupen los méritos literarios de Pepa, que son muchos, no quiero dejar de citar su labor en la política institucional ya que fue alcaldesa de su pueblo y delegada Provincial de Cultura de la Junta de Andalucía, la primera mujer por cierto que desempeñaba esta labor en nuestra provincia. Recuerdo que en la sección de Cultura del Diario de Cádiz celebramos su nombramiento con una información que titulábamos “Una poeta en el sillón de Garófano”, con lo que destacábamos lo novedoso del citado nombramiento, tanto por tratarse de una mujer como por el hecho de ser poeta. La experiencia demostró que fue una elección acertada, pues Pepa Caro llevó a cabo una muy buena gestión de su cargo y personalmente guardo un grato recuerdo de nuestra relación profesional en aquella época, fomentada por una amistad que se ha mantenido a lo largo de los años.

Pero creo que hemos de alegrarnos de su abandono de la política activa porque eso nos devolvió a una escritora con una sensibilidad muy singular, con una obra arraigada profundamente en la memoria y en el propio territorio, que ahonda en lo cercano para convertirlo en universal.

“Busco al niño que fui para que me lleve de la mano”, me dijo en una entrevista José Saramago refiriéndose a las memorias de infancia que estaba comenzando a escribir. Y esto es lo que Pepa hace en este libro delicioso en el que revive con asombrosa plasticidad las experiencias de esa niña que ella fue, siempre con los zapatos rotos de trotar por las cuestas de su pueblo, Arcos. Porque yo creo que Arcos es para Pepa Caro, y no sólo en este libro sino en buena parte de su obra, el Macondo de García Márquez, la Celama de Luis Mateo Díez, la Comala de Juan Rulfo o la Argónida de Caballero Bonald, ese territorio mítico y a la vez cercano desde el que se puede explicar el mundo.

Y lo hace con un lenguaje sencillo pero, como ocurre siempre en su caso, cargado de poesía, capaz de trasladar toda la calidez que encierra el recuerdo de la casa de la infancia, ese «útero fecundo y seguro», así la llama, que atesoró sus primeras vivencias de niña y adolescente junto a sus padres y sus hermanos. Aunque ya transformada por los nuevos inquilinos, permanece intacta y precisa en su memoria tal cual era durante todo ese tiempo en el que creció en ella; y con ella la revisitamos ahora desde la casapuerta y el zaguán a la azotea y al patio donde reinaban las macetas de costillas de Adán, aspidistras, helechos y alegrías de la casa. Y en cada lugar de ella, una visión revivida: las lágrimas del primer amor y los primeros versos, el cuarto oscuro, con su poblada alacena, el calor y la ternura de la madre, el padre contando la curiosa historia de los abuelos, alternando su taller de relojería con la cría de pájaros.

Los latidos de un pueblo son muy diferentes a los de las ciudades. Yo, que nací y me crié en una ciudad, tuve la suerte de que mis abuelos fueran gente de pueblo y de que crearan un lugar donde mantener ese mundo que habían dejado atrás, la Casa Colorada donde pasé muchos días de mi infancia, escuchando las consejas de mi abuela y su amplia parentela, familiarizada con las labores del campo y esas palabras y expresiones propias de un ámbito que no es el de la ciudad y las historias que mi madre guardó intactas en su memoria hasta que nos dejó. Por eso me ha cautivado este libro, porque guarda y preserva los latidos de un ámbito, el del pueblo, sus vivencias y sus gentes, tan amado por mi y por mis seres queridos y que parece condenado a la extinción y la desmemoria.

Pepa Caro los recrea aquí con una amorosa sensibilidad y así recorremos el mundo de las barrenderas voluntarias, la cacería y la cría de codornices, el paseo donde se besaban las parejas, las aldabas de los grandes portalones, las campanas y su lenguaje, la riada cuando el río crece o el tren que nunca llegó a ser. Y en este escenario, los abuelos y sus peripecias vitales, las tías y un paisaje humano que no siempre es idílico y en el que también aparece la imagen de la miseria.

Estas memorias, que en mi opinión complementan en parte el poemario de la autora Volver por las aceras sin memoria, es así un ejercicio de recreación en el que Pepa Caro rescata a la niña, la adolescente y la joven que ella fue, pero también el paisaje cotidiano y los usos y costumbres de un tiempo que se marchó, también a sus seres queridos intentando llenar algunas lagunas y a los que rinde tributo en un libro cargado de emoción y de plasticidad, de sentimientos e imágenes que brotan de una necesidad de explicarse a sí misma a través de lo vivido y recordado. Con estos recuerdos nuestra autora rescata también de la injusta bruma del olvido la vida sencilla, sufrida y alegre en ocasiones, y hasta heroica a veces de unas gentes y el lugar en el que vivieron con ella, el pueblo de Arcos, que es el otro gran protagonista de esta historia.

Autor

  • Ana Rodríguez-Tenorio

    Ana Rodríguez-Tenorio Sánchez (Cádiz 1953) es periodista, licenciada en la Universidad Complutense de Madrid, y ha desarrollado su labor profesional en Diario de Cádiz desde la década de los 70 hasta 2005, con especial dedicación a la cultura. Una actividad que sigue ejerciendo, con la participación en libros colectivos, impartiendo talleres y colaborando con diversas publicaciones. Como miembro de la Asociación Qultura, coordinó entre 2007 y 2012 el ciclo de conferencias Voces en el Museo, encargándose de la edición y prólogo de los dos volúmenes de mismo título que recogen dichas conferencias.

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