Los caganets están de moda. Los venden en China, en Japón y en USA donde (supongo que siguiendo la popular sentencia de “caga el rico, caga el pobre… de cagar nadie se escapa”) están repletas las vitrinas y escaparates de cagones Messi, cagones Trump, cagones Sarkozy, cagones Busch, cagones Reyes e infantas y un largo etcétera de famosos defecadores. Hay quien se frota las manos con el invento y hay quien –como una forma de pedir disculpas– rebusca en su origen folklórico en tierras catalanas y, aún más allá, en sus antecedentes romanos, argumentando que “la visión de un hombre haciendo sus necesidades produce un rechazo en quien lo mira, rompe la mirada maligna de quien hace mal de ojo, el mismo rechazo que el amuleto fálico o la mujer que exhibe la vulva”.
Estemos o no ante un elemento apotropaico, lo cierto es que el homo cacans, habitual en nuestros belenes, se incorpora con certeza al paisaje devoto de la Navidad allá por el siglo XVII, cuando la Contrarreforma, deseosa de impregnar de religiosidad hasta el último rincón de la vida privada, alienta a las iglesias a incluir en sus representaciones del Nacimiento a todo aquel que es. Se llenan así los ríos de lavanderas, los caminos de pastores y buhoneros y los refugios de cabreros y mendigos; alrededor de las hogueras se agavillan tahúres, negros y otras gentes de malvivir y a las puertas del palacio de Herodes se asoman criadas y cocineras que preguntan el porqué de esa estrella reluciente.

Ése es el belén de nuestra infancia, el belén en el que colocábamos al caganet algo alejado de las multitudes y de los rebaños, ignorando su condición apotropaica y temiendo sobre todo que el olor de sus heces soliviantara al resto de pastores que piadosamente acudían con miel, queso, dulces y vino al portal. Un belén que colma la necesidad infantil de visualizar lo inasible, de teatralizar la fe candorosa, y en el que, al contemplarlo, seguimos oyendo el murmullo del río y sintiendo la fresca sombra de las palmeras milagrosamente erguidas en la nieve.
El Diccionario de la RAE da al término “belén” dos acepciones: “representación del de Jesucristo” y “sitio en el que hay mucha confusión”. Como ocurre otras tantas veces con el Diccionario, definiciones para olvidar. Siendo un motivo vertebral de nuestra memoria cultural, el folklorista Joan Amades lo define certeramente: “Entendemos por pesebre o belén la representación plástica y objetiva del nacimiento de Jesús mediante la disposición de un país visto de manera panorámica, en el que se sitúa una diversidad de figuras móviles que se pueden mover y alterar de sitio a gusto del que hace el pesebre”.
La sensación milagrosa que el “misterio” inocula al niño parece remontarse a la nochebuena de 1223, en la que San Francisco de Asís preparó una representación del pesebre en una cueva próxima al pueblo italiano de Greccio. Dice la leyenda que, tras cantar el Evangelio, los asistentes pudieron ver cómo San Francisco alzaba del pesebre a un niño que había recobrado la vida y sonreía al santo.
Paisaje vivo es el belén, teatro del mundo donde todo sucede, y en donde naturalmente parir y cagar no son tabú. Paisaje humano construido al capricho de lo que quisiéramos fuera la vida y paisaje con ángeles, por tanto, que anuncian, advierten y protegen. Paraíso.
El teatro infantil de Alejandro Casona, riquísimo en humor y pedagogía, incluye un auto de navidad titulado A Belén, pastores, cuya acotación inicial dice así: “En el establo de Belén. Un nacimiento al gusto infantil y popular español. Montañas nevadas de harina, riachuelos de papel de plata con patos y puentes de corcho, rediles de ovejas, musgo y escarcha. Alternando con los personajes, figuras de arcilla con zampoñas, ofrendas, corderos votivos cruzados sobre los hombros. Deberá haber en el conjunto un exacto sentido de la desproporción, y esas perspectivas desaforadas gratas a los niños y a los primitivos. El vestuario, como en el resto de la obra, no tendrá la menor pretensión de parecer oriental, salvo en las figuras sagradas, en los Magos y en su séquito. Los demás, como en los belenes populares, son pastores totalmente a la española, con abarcas, correas en las piernas, anguarinas, zamarras o pellicos. Junto al pesebre, ante un bierzo rústico entre el Asno y el Buey, María y José duermen al Niño con versos de Lope de Vega sobre fondo de violines. Durante el intervalo se han oído villancicos populares”.
Se abre el telón de la Navidad. Mucha mierda.

