Zapatos

Caridad Soto.

Deshacernos de ellos siempre formó parte de nuestra rutina. Elegirlos, usarlos, rechazarlos, una manera peculiar de reafirma nuestra identidad. Ahora que andamos deambulando por el mundo pequeño de nuestras casas no los necesitamos. Son sin embargo más necesarios que nunca. Alrededor de ellos orientamos una parte importante de nuestra rutina diaria. Nunca estuvieron tan presentes como ahora que no necesitamos usarlos.

Hemos establecido con ellos una relación difusa, pero profundamente inquietante. Como desde hace siglos hacen los orientales, ahora no los dejamos entrar en casa cuando volvemos de nuestras escasas incursiones ahí fuera. Les pasamos cuidadosamente desinfectante y nos enfundamos rápidamente zapatos solo para dentro o zapatillas. 

Tacones, deportivas, masculinos, con cordones, botas y botines, chanclas, sandalias, escarpines y zapatillas… representan vidas presentes y futuras, lo que somos y lo que queremos ser. Plantean un interrogante -¿cómo nos vemos?-, anticipan una respuesta –cómo  nos ven. Nada más rotundo que unos frágiles stilettos, nada más conmovedor que unas botitas infantiles en la mesa de baratijas de un mercadillo.

Caridad Soto nos los presenta en un colorido bodegón entrañable: juntos los de toda la familia, alrededor del cubo de la limpieza, omnipresente estos días. Los pequeños detalles que nunca faltan en los  dibujos de Caridad reivindican ahora su papel primordial. Estos zapatos y zapatillas reflejan un mundo cerrado en el que también podemos recrearnos, nos alertan sobre la belleza de los objetos cotidianos. Sus rotuladores iluminan estos días oscuros. La nostalgia a veces toma formas insólitas. 

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