Fernando de Puelles: evocando a un olvidado

Nos habíamos reunido en la trastienda de aquella librería gaditana para asistir a la presentación de un libro colectivo dedicado a la memoria del anarquista y paisano nuestro Fermín Salvochea (1842-1907). Pero el fantasma que hizo sentir su presencia en el acto –estábamos a principios del otoño y la primera luna de la estación es la que los japoneses dicen que propicia estas apariciones– no fue el del venerable revolucionario, sino, de refilón y como si se hubiese colado en una fiesta en la que no se le asignaba de antemano tanto protagonismo, el del erudito y maître à penser gaditano Fernando de Puelles, muerto en 1991, a los cincuenta y un años de edad, en un accidente de tráfico y autor de una cumplida e inaugural biografía de Salvochea. Era lógico, por otra parte, que el espíritu del homenajeado eludiera manifestarse: el viejo anarquista goza ya de los privilegios de la canonización civil; y ya se sabe que quien disfruta de la condición beatífica no regresa a estos mundos a rondar las tristes acciones de los mortales.

Pero hablábamos de Puelles. El primero en evocar su presencia fue el escritor, paisano también, Jesús Fernández Palacios, que leyó un poema que un coetáneo de Salvochea escribió a la muerte de éste en 1907 y contó que lo había encontrado en un papel doblado que el propio Fernando de Puelles había dejado en el ejemplar de la biografía de Salvochea que el autor había regalado al ponente. Al preguntarle yo luego al respecto, Fernández Palacios me enseñó un sobre con otras reliquias del aludido: entre ellas, la esquela que el Diario publicó días después de la muerte de Puelles, junto con el emocionado poema que, en metro, ortografía y letra balbucientes, dedicó a éste la vieja ama que lo cuidaba en el Cristo de la Sangre, el caserón de Medina Sidonia donde vivía…

Fernando de Puelles.

No pude por menos que acordarme de la visita que un grupo de amigos hicimos a esa casa en septiembre de 1987 por iniciativa de José Antonio Bablé, que por entonces andaba haciendo para Diario de Cádiz una serie de entrevistas a escritores locales: no recuerdo ahora si el propósito de nuestra visita era romper el hielo antes de concertar la futura entrevista o, por el contrario, llevarle al autor la entrevista ya publicada. Fuimos recibidos por la mencionada ama y agasajados con una historiada jarra de agua fresca en la que flotaban no sé qué impalpables telarañas, mientras asistíamos, entre fascinados y cohibidos, a la inagotable facundia de nuestro anfitrión, que nos habló de sus proyectos –entre ellos, una inminente boda para la que ni siquiera tenía novia todavía– y nos mostró su biblioteca, ubicada en una impresionante sala abovedada en cuyo centro había una enorme mesa en la que se alineaban, entre colecciones de libros y revistas, las carpetas que contenían el exacto número de folios en blanco que iba a emplear en cada una de sus proyectadas obras por escribir, entre ellas algunas cuya inminente publicación se anunciaba en la solapa de sus libros ya publicados: la mencionada biografía de Salvochea y el hermoso dietario poético-filosófico titulado Oscura voluntad.

La edición de estos libros, digna pero menesterosa, había sido sufragada por el propio autor, en una época en la que bastaba dar un zapatazo en el suelo para que apareciera una docena de instituciones deseosas de emplear el dinero público en publicar libros de la manera más ostentosa posible… Lo que da a entender, creo, la situación de absoluta marginación en la que entonces se encontraba quien había sido mentor y maestro de buena parte de lo que se hubiera podido llamar, entonces, el sector más avanzado de la clase intelectual y política gaditana. Pero parecía como si los integrantes de ésta, apenas alcanzado el poder o sus aledaños, hubieran querido dar la espalda a quien les había abierto horizontes y perspectivas. La propia aparición de la biografía que Puelles hizo de Salvochea provocó, al parecer, no pocos recelos en el mundillo académico local, que de alguna manera sentía que le habían arrebatado una de sus presas más apetecibles.

Pero nada de eso parecía desalentar a Fernando de Puelles. Bajo la cúpula de la biblioteca del Cristo de la Sangre, entre aquellos libros –colecciones completas de «novela proletaria» y otros documentos referentes a la historia del movimiento obrero español– que, según él, habían atraído la curiosidad mundial y habían sido objeto incluso de un documental de la televisión alemana, estaban sus libros por escribir, en blanco, metidos en carpetas con los folios contados: su proyectada biografía de Largo Caballero, temerariamente subtitulada: La Burocracia stalinista y la Contrarrevolución en España; o su biografía de Jesús, el Galileo… De todos esos títulos anunciados, el único que llegó a completar fue el que se llamó –así, con mayúsculas enfáticas– Los Libros en la Aventura del Espíritu, tercera y última obra de quien planeaba escribir muchas que, finalmente, no pasaron de ser una resma de folios en blanco puestos en una mesa.

De todo esto me acordé mientras transcurría el acto de homenaje a Fermín Salvochea. A Puelles lo citó otro ponente, que le dedicó un poema; y, como un texto suyo figuraba en el libro que se presentaba, el moderador del acto tuvo la humorada de, cuando llegó el momento de leerlo, llamar a… Fernando de Puelles. Que, evidentemente, no estaba presente, aunque quienes no lo conocieron personalmente pudieron preguntarse si el interpelado sería el robusto muchacho que se acercó al atril; y que, nada más llegar, disipó el posible malentendido y aclaró que él estaba allí porque los organizadores lo habían puesto en el compromiso de leer el texto del difunto…

“Cuando el ambiente es mezquino el ánimo se abate”. Decía bien Fernando de Puelles. Y decía muchas más cosas, en una prosa entre sentenciosa e intimista, en ese olvidado y hoy inencontrable dietario que llamó Oscura voluntad, que releí en los días siguientes al acto al que acabo de referirme en un ejemplar dedicado a Mª Ángeles Robles, que era una de las integrantes de aquella expedición de veinteañeros que fue a presentar sus respetos al escritor una mañana de septiembre de 1987. Puelles debió de advertir la timidez de su joven interlocutora: “A M.A., que habló poco, pero tuvo el don de la atención”… No puedo evitar cierta emoción al tener este libro entre mis manos. Y sobre todo, al comprender que lo que en él se dice estaba dirigido, no al jovenzuelo que yo era entonces, sino al hombre entrado en años que soy ahora. El veinteañero aquel lo juzgó, quizá, con cierta displicencia. “Está bien –debí de pensar– pero..”. Y en ese “pero” redicho apuntaba yo quizá a todo lo que esperaba entonces de la literatura: que fuera distanciada, plástica, irónica, tocada de sensualidad, urbana y “moderna”. Todo lo contrario de este libro, que es personal, que soslaya lo descriptivo, que no entra en justas de ingenio, que no busca gratificar de ninguna manera al lector; y que tiene, como corresponde a la trayectoria y biografía de su autor, un trasfondo rural y un regusto antiguo.

Algún editor de hoy debería tener redaños para reeditarlo.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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