Zaha Hadid, construir lo imposible

He pasado una semana de este último verano en Viena y he vuelto —¡a mi edad!— enamorado. Ya sé que dicen que los amores de verano son intensos, pasionales, inolvidables. También dicen que son pasajeros, aunque esto último me parece a mí que no va a ser, quizá porque a diferencia de otros, no ha sido este un encuentro casual e inesperado, sino al contrario, buscado. La atracción ya estaba ahí y solo quedaba confirmarla.

Mujer y arquitecta en una sociedad y una profesión dominada por hombres; iraquí en un Occidente que mira desdeñosamente, depende para qué, hacia ciertos lugares del mundo; y audaz, muy audaz, para envidia de cobardes y mediocres. El orden es lo de menos a la hora de precisar cuál de todas estas realidades supuso más trabas en el desarrollo de la carrera de Zaha Hadid (Bagdad, 1950 – Miami, 2016), la primera mujer capaz de ganar el Pritzker (2004), o lo que es lo mismo, el Nobel de Arquitectura. Solo faltaban unos orígenes humildes para terminar de completar el cuadro de una carrera de obstáculos insalvable. En su caso no fue así y, probablemente, el haber nacido en el seno de una familia acomodada y de talante liberal que le proporcionó una educación esmerada (Suiza, Beirut, Londres, …), su tenacidad y su talento fueron las tablas a las que se asió y le permitieron sobrevivir al naufragio en un entorno artístico tan hostil, para terminar por convertirse en una estrella, en el sentido más noble de la palabra.

En sus comienzos la llamaban “arquitecta de papel”, porque nadie creía que los atrevidos diseños deconstructivos que dibujaba en sus proyectos pudieran hacerse realidad, así que aunque ganaba concursos en dura competencia con otros estudios de arquitectura, sus edificios no terminaban de hacerse realidad, se quedaban en proyectos, por lo que Zaha compaginaba su actividad profesional con estudio propio en Londres desde 1979, con la actividad docente en la Architectural Association, donde ella misma había estudiado. Su suerte cambió en los años 90 del pasado siglo, cuando Frank Gehry levantó para asombro del mundo la nueva sede del Museo Guggenheim en Bilbao, y demostró que lo que parecía imposible podía hacerse, abriendo el camino a otros como ella misma. Gehry y Frank Lloyd Wright son los arquitectos cuya influencia reconocía abiertamente en su trabajo. Además de ellos, tampoco se entiende la obra de Zaha Hadid sin la pintura de Kazimir Malevich y sus composiciones basadas en la abstracción geométrica, lo que no tiene nada de extraño si tenemos en cuenta que antes que Arquitectura, Hadid estudió Matemáticas en Beirut. El uso de volúmenes livianos, las formas puntiagudas y angulosas, las curvas sinuosas, los juegos de luz, la integración con el paisaje que descubrimos en sus impactantes edificios tienen algo de todos ellos.

Viviendas en Spittelau, Viena.

En la estación de metro de Spittelau el público es fundamentalmente local y se mueve con la prisa y seguridad de quien se sabe en un lugar conocido y atiende las rutinas de sus quehaceres cotidianos. Se trata de una antigua zona industrial de la ciudad que durante mucho tiempo trazó la frontera invisible que separaba la Viena de siempre de los barrios obreros, pobres y humildes, que se levantaron para acoger a los inmigrantes que llegaban a la ciudad. Para intentar corregir la degradación y aislamiento de esta zona que corre paralela al Canal del Danubio, las autoridades municipales encargaron a Zaha Hadid un estudio para la construcción de viviendas sociales, aunque ahora se usan como apartamentos para los estudiantes de la Universidad. A los problemas de espacio del terreno se sumaba otra dificultad, la existencia de un viaducto de ladrillo levantado por el arquitecto Otto Wagner por donde discurrían las antiguas vías del tren, ahora en desuso, pero que por su valor patrimonial había que conservar.

La solución de Hadid fue brillante, planteando un conjunto de tres estructuras cuyas formas geométricas de paredes inclinadas se sustentan sobre pilotes cilíndricos dispuestos en el mismo plano, o sobrevuelan las vías abriendo el edificio en distintos volúmenes que terminan por envolver al propio viaducto. La horizontalidad de las formas se subraya mediante ventanales corridos que alteran sus proporciones en algunos puntos para abrir pequeños balcones que animan la fachada y rompen con la uniformidad.

Las mejores vistas se contemplan al otro lado del Canal, un refrescante paseo entre árboles en las sofocantes mañanas de verano, mezclado entre los escasos vieneses que acuden a la zona a practicar algún deporte, pasear sus perros o sentarse en cualquiera de los bancos a leer algún libro frente a las viviendas de Hadid que se reflejan en las aguas, ahora limpias. Desde ese apacible mirador resulta fascinante ver, primero, cómo por efecto de la perspectiva las formas encajan unas con otras aparentando un único cuerpo, cuya blancura original se ha visto mancillada por la acción de anónimos grafiteros; y, después, como si de un puzle se tratara, cómo se separan las piezas dotando a cada uno de los volúmenes de dimensiones propias a medida que avanzamos hacia el otro extremo.

Vista latera de la biblioteca de la Universidad de Viena.

A unas cuantas paradas de metro de allí, a la espalda del Prater, se encuentra el nuevo campus de la Universidad de Economía de Viena, un prodigio de arquitectura contemporánea donde reina por derecho propio la Biblioteca y Centro de Estudios diseñada por Zaha Hadid, que se alza majestuosa en el corazón del recinto. El aspecto exterior es imponente. La primera sensación es de vértigo y admiración al descubrir sus paredes desafiando las leyes de la física, inclinadas hasta 35° en algunos puntos de la fachada, demostrando así una vez más que era posible construir lo imposible. Tras esa primera impresión repara uno entonces en los detalles, en los dos volúmenes geométricos que lo componen, volando el uno sobre el otro, delimitados por líneas rectas trazadas con firmeza que se curvan de manera casi imperceptible en los ángulos; en los colores enfrentados de cada uno las dos estructuras, acentuados por efecto de la luz en las sombras que proyectan los voladizos; en la frágil y ligera costura de vidrio que se quiebra grácilmente y empuja a nuestra vista a seguir los movimientos de la estructura.

Si fuera impresiona la técnica, el interior es poesía. Al atravesar el umbral accede uno a un espacio solemne y grandioso, que produce la sensación de ingresar en el dominio de lo sagrado más que de lo profano. Así parecen entenderlo incluso estudiantes y profesores, que intercambian conversaciones entre ellos entre susurros, con un respeto reverencial por el silencio. No es ajena a esta emoción la luz. La luz natural se filtra a través de amplios ventanales y luminarias curvas que siguen el movimiento ondulado de las paredes e inunda la estancia principal, la gran plaza o ágora que recibe a los que acuden en busca del conocimiento. La luz se convierte así, curiosamente como ocurre en las catedrales góticas, en pieza esencial de la arquitectura en un recinto de aspecto futurista como éste.

Interior de la biblioteca Universidad Viena.

El ritmo sinuoso de las paredes envuelve suavemente todas las dependencias, y genera corredores, puentes, que conducen en suave transición a los diferentes niveles del edificio, a través de rampas y escaleras con una cadencia en espiral. El sentido envolvente te hace sentir por momentos que no eres tú quién camina, sino el camino quien se mueve hacia ti, guiándote entre blanquísimos paramentos de superficies alisadas. Se llega así a los pisos superiores que albergan el área de trabajo de los estudiantes, al que no pudimos acceder, aunque en la distancia se vislumbraban, a través de la línea continua de cristal, unas vistas sobre el Prater que dicen los que han disfrutado de ellas, que cortan la respiración.

Salgo al fin de nuevo al sol de Viena echando una última mirada atrás, intentando retener para siempre las emociones vividas. El amor, dicen, nubla la mirada, pero permítanme el atrevimiento de un consejo. Cuando vayan a Viena la próxima vez, no busquen a Sissí, no hace falta, la van a encontrar de todos modos, sale al encuentro a cada paso que damos, busquen a Zaha Hadid.

Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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