Viudas y viuditas

El Mambrú de los corros infantiles, pareciendo una canción liviana e inocente, habla de la muerte en la batalla y de las viudas de guerra. Recreación popular de las hazañas bélicas de John Churchill, duque de Marlborough (1650-1722), la balada de Mambrú se difundió en la Francia prerrevolucionaria tanto en ambitos aldeanos como aristocráticos y fue en estos, al parecer, donde la reina María Antonieta quedó tan encantada al oír la cancioncilla a la nodriza de su primogénito que la puso de moda en la corte. Las primeras versiones conocidas, francesas y catalanas, recogen con detalle la escena en la que la esposa recibe la noticia de la muerte de Mambrú: “Malbrough s`e va en guerre, / ne sai quand reviendrai… / Madame à sa tour monte / si haut qu’elle peut monter. / Et voit venir son page / tout de noir habillé. / – Beau page, ah, mon beau page, / quelles nouvelles apportez? / – Nouvelles que j’apporte, / vos beaux yeux vont pleurer! / Quittez vos habits roses / et vos satins brochés, / prenez la robe noire / et le souliers cirés, / Marlbrough est morte en guerre, / est mort et enterré”.

Otras viudas de guerra se han prodigado asimismo en los corros infantiles de la tradición hispánica, dando la impresión de que a las niñas les hubiera interesado muy tempranamente ese probable futuro, aventurado por otra parte en el estribillo que adorna muchas de sus retahílas: “Soltera, casa, viuda o  monja”. Ha habido en los corros viudas y viuditas, es decir, mujeres laceradas por la tragedia del esposo muerto y silenciosamente resignadas a ello y mujeres que, una vez cumplido el tiempo de luto, se apresuraban, contentas, a buscar quien les volviera a proporcionar las alegrías del matrimonio.

De estas últimas muchos recordarán a la Viudita del conde Laurel, protagonista del juego en el que las niñas teatralizan el ritual de elección de pareja: “- Yo soy la viudita del conde Laurel / que quiero casarme y no encuentro con quién. / – Si quieres casarte y no encuentras con quién / elige a tu gusto que aquí tienes cien… / Con esta sí, con esta no, / con esta viudita me casaré yo”.

Mónica Gómez.

Mónica Gómez, cantando ‘Las señas del esposo’ en Fontecha (Cantabria).

Las otras están ampliamente representadas por el romance tradicional de Las señas del esposo, una balada infantil popularísima en la Península y la más difundida en la tradición oral americana. Las señas del esposo actualiza el arquetipo femenino de la fidelidad conyugal, la espera odiseica de Penélope: como la viuda de Mambrú, la esposa aguarda ansiosamente en su portal o en su ventana la llegada del marido ausente; aparece entonces un soldado al que la mujer interroga (“¿Ha visto usted a mi marido / en la guerra alguna vez?”) y quien efectivamente le da noticias (“Sí, señora, que lo he visto, / su marido muerto es / y en el testamento dice / que me case con usted”); ella, firme, le responde: “Eso sí que no lo hago, / ni lo hago ni lo haré, / siete años he esperado / y otros siete esperaré, / si a los catorce no viene / monjita me he de meter”. En ese momento, las versiones españolas suelen compensar la fidelidad inquebrantable de la esposa con un feliz y sorpresivo desenlace: “Calla, calla, Isabelita, / calla, calla, mi Isabel, / que soy tu querido esposo, / tú mi querida mujer”. Muchas versiones americanas, sin embargo, seducidas por la menos enfadosa figura de la viudita, rematan así el romance: “-Tres años lo he esperado, / otros tres  lo esperaré, / si a los tres años no viene / me buscaré otro marqués. / Ya me pongo luto negro, / me quito el color café, / ya me miro en un espejo: / ¡Galana viuda quedé!”.

Las interpretaciones equidistantes de la viudez que el cancionero tradicional testimonia no son arbitrarias: nuestra intrahistoria y nuestra memoria cultural albergan una y otra. En el verano de 2007, durante un trabajo de campo en Fontecha (Cantabria), entrevisté a MónicaGómez, de 92 años por entonces. A Mónica le habían matado el marido en la Guerra civil en 1937 y desde entonces a su rigurosa ropa negra había sumado un luctuoso silencio: jamás había vuelto a cantar. Solo en aquella emocionante velada recuperó para nosotros su voz y su memoria congelada y nos cantó, entre otros romances, el de Las señas del esposo. Veinte años antes, en la búsqueda también de viejas canciones por la campiña de Cádiz, di con una formidable transmisora que apenas hacía dos semanas que había quedado viuda, pues su marido, campesino, había perecido bajo las ruedas del tractor con el que trabajaba. A esta viudita se le iluminaron los ojos cuando le pregunté por los romances que entonaba en su juventud y, retirándose el velo negro de la cara, explicando que a su difunto marido no le gustaba que cantase y encomendándose a su divinidad (“Que Dios me perdone”), desgranó para mí un precioso repertorio con voz clara y timbre delicado. “Por fin puedo cantar”, dijo en algún momento de la entrevista. Era su pequeña venganza.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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