Sobre ‘Visiones del mundo flotante’ de Juan Carmona Vargas

El texto que sigue es una reelaboración de mis palabras de presentación de la exposición “Visiones del mundo flotante” del pintor Juan Carmona Vargas (Jerez de la Frontera, 1965), que se inauguró en la Sala del Antiguo Mercado de Abastos de Ubrique el sábado 10 de julio de 2021 y estará abierta hasta el 20 de agosto.

Juan Carmona nació en Jerez en 1965 y se define a sí mismo como pintor autodidacta; lo que, en su caso, no debe entenderse como un gesto de reafirmación espontaneísta más o menos opuesto a la formación académica tradicional, la que se recibe en las escuelas y facultades de Bellas Artes, sino más bien como todo lo contrario: como una voluntad de abrazar un programa de indagación personal que va mucho más allá de los límites de cualquier plan de estudios académico y que incluye el estudio de las más diversas tradiciones y de las técnicas y planteamientos en las que éstas se fundamentan. La palabra “voluntad” está aquí usada en su sentido pleno de empeño personal, desde la convicción de que la vocación artística de cada cual suele responder a características personales muy concretas, que son las que señalan el camino que ha de seguirse y el modo en el que han de abordarse los retos que ese itinerario formativo vaya planteando. Decimos todo esto porque conocemos a Juan Carmona Vargas desde los inicios mismos de su carrera como pintor y podemos describirlo, a la luz de sus empeños y logros, como una persona tenaz, deseosa siempre de aprender y dotada de una curiosidad amplia y diversa, aunque con frecuencia guiada por una afilada intuición que le evita los meandros improductivos y los empeños contrarios a sus verdaderas querencias.

‘El Viento se lo lleva’. Tinta china sobre papel.

Cuando decimos que el pintor es “tenaz”, nos referimos a que sus empeños suelen ser sistemáticos y extendidos en el tiempo, y no fruto del capricho momentáneo o de la moda del momento. Ello va unido a lo que queríamos decir al afirmar que Carmona Vargas es una persona deseosa de aprender de la tradición; que ha de entenderse, no como un legado estático al que se asiste como espectador o del que se deducen un puñado de principios generales dignos de ser recordados, sino de un modo mucho más incitante y proactivo. A lo largo de su trayectoria hemos conocido a Juan Carmona Vargas en sucesivas tesituras creativas, cada una de ellas dictada por su diálogo con una tradición concreta a la que ha llegado en su proceso de maduración personal e intelectual.

No es un proceso infrecuente. Para muchas personas sensibles, el diálogo con las distintas tradiciones en las que centran su curiosidad no es una cuestión que se aborde en términos de mera documentación o información histórica, como quien hace un curso sobre ese periodo artístico. Más bien se trata, por el contrario, de un proceso gradual, cada una de cuyas etapas suele ir definida por la relación que establecen entre sí las circunstancias del sujeto y la tradición particular en la que halla respuesta para sus inquietudes de ese momento. Somos clásicos cuando una coyuntura concreta de nuestra formación nos mueve a ello, somos barrocos o vanguardistas o minimalistas o figurativos o proclives a la abstracción –por limitar la gama de posibilidades a términos que tienen una clara traslación al ámbito de las artes plásticas– cuando nuestro ánimo quiere conformarse a los principios y manifestaciones de alguna de esas actitudes artísticas.

‘Vista del monte Fuji’, Acrílico sobre papel.

Carmona Vargas no es una excepción a este principio que nos atrevemos a postular como general: cuando aborda una tradición, ya sea –como fue el caso en una de sus etapas– la de la gran pintura clásica renacentista y barroca, o, como sucede hoy, la de la pintura japonesa, eso se traduce en una voluntad obsesiva de poner manos a la obra –de ensuciar pinceles, diríamos– hasta llegar a entender, mediante la práctica creativa, qué querían decir esos pintores y cómo lo hacían y qué tienen que aportar a la tesitura artística y personal en la que se halla el propio pintor que ahora bebe de ellos. No se trata, por tanto, de remedar, pongamos por caso, la pintura barroca: se trata de convertirse en un pintor barroco, como Carmona Vargas lo ha sido en alguna etapa o vida anterior; ni tampoco se trata de asomarse sin más, como un turista ocasional, a la pintura japonesa, sino de convertirse y actuar como un pintor japonés, no desde la mera imitación, sino desde una especie de inmersión total en los presupuestos de esa tradición, hasta asimilarlos y entenderlos como respuesta a determinadas exigencias vitales.

Por supuesto, el impulso que sustenta esas búsquedas, decíamos, es la curiosidad, que ya hemos calificado, en el caso que nos ocupa, como amplia y variada: no sólo hacia la pintura en general y hacia las diversas tradiciones pictóricas, sino también hacia otras artes, como la poesía, la música o el cine, lo que hace de Carmona Vargas un pintor que vive la cultura en general, no sólo como un mero adorno de su persona, sino como un estímulo para renovar su propia práctica artística particular. Por ello, no es extraño que en su pintura comparezca la danza, por ejemplo, que es una de las fuentes de inspiración de las que ha bebido últimamente, o la literatura –pienso en sus dibujos y pinturas sobre la poesía de su coetáneo y paisano José Mateos–, o que entre sus referentes se cuente el pintor-escritor Ramón Gaya (1910-2005), que puede considerarse el prototipo de esta manera “humanista” de abordar la pintura desde una perspectiva cultural amplia y bien informada.

‘Remando el Agua’. Tinta china sobre papel.

El trabajo que presenta ahora está explícitamente inspirado por la pintura japonesa. Su propio título, “Visiones del mundo flotante”, juega con la traducción literal de los términos japoneses ukiyo e, suma de tres caracteres que significan, respectivamente, “flotante” (uki), “mundo” (yo) y “pintura” (e). Estas imágenes o “estampas” se hicieron muy populares entre los siglos XVII y XX e influyeron en la pintura europea a partir del Impresionismo. Eran estampaciones xilográficas, a partir de matrices de madera en las que se tallaba la imagen y que posteriormente se entintaban para proceder a su impresión sobre seda o papel, que a veces se retocaba a mano con pincel. Presuponían, por tanto, una cierta inclinación del artista a las técnicas mixtas y a la experimentación con distintos formatos y materiales y estaban destinadas a un público esencialmente urbano.

Más allá de la mera reseña histórica, podemos dar por seguro que lo que un pintor curioso, como es el caso de Carmona Vargas, asimila de esta tradición son sus sugerencias, tanto de fondo como de técnica. El “mundo flotante” al que alude el término ukiyo puede ser entendido como mundo de las apariencias, o, mejor, como declaración de que toda realidad perceptible es mera apariencia; lo que no quiere decir que haya que buscar un significado oculto “detrás”, sino que esa apariencia es ya una expresión, misteriosa y ambigua, del carácter elusivo y ambivalente de lo real y del posible impulso de esa realidad a “revelarse” en sus manifestaciones visibles. No es la primera vez que la pintura de Carmona Vargas aborda esa voluntad de revelación, esa idea de que, si se crean las condiciones necesarias –una pintura puede ser un buen escenario para ello– la revelación terminará por producirse y nos hará ver con más claridad e intensidad lo que siempre estuvo ahí pero necesitaba, para mostrarse, de una predisposición especial por nuestra parte y de los acicates que el arte presta a la sustancia material para que sea portadora de esas realidades que la subliman y trascienden.

‘Aventurándome por un corazón lejano’. Acrílico sobre papel.

En el caso de estas pinturas inspiradas en el legado del ukiyo e, la preparación para que esa revelación se produzca consiste básicamente, como Carmona Vargas se encarga de decirnos una y otra vez, en “dejar que hable la pintura”, que se expresen los materiales, que revelen sus potencialidades y, por qué no decirlo, también sus fragilidades. Es importante escuchar a la pintura, y más cuando ésta se expresa en soportes y materiales aparentemente tan frágiles como el papel de arroz u otros tipos de papel, tan propicios a “hablar” cuando aparentemente traslucen sus debilidades: que la pintura se transparente o traspase el soporte, por ejemplo, de modo que, en algunos casos, el pintor prefiera trabajar sobre el reverso del papel manchado antes que sobre la superficie que ha recibido la pintura; que los distintos grados de humedad creen efectos de dispersión o de niebla; que las figuras lineales no tengan a veces relleno de color y se muestren como fantasmas o espectros a través de los cuales puede verse el paisaje que les sirve de fondo y que literalmente los reabsorbe…

Todos esos efectos aparentemente tan “literarios”, tan pertenecientes al fondo ideológico del cuadro, en realidad no son sino consecuencia del mero comportamiento de la pintura sobre su soporte, siempre bajo la cuidadosa mirada del pintor que, como un director de orquesta, o como un agricultor atento a lo que va sucediendo en su parcela, intenta dirigir todos esos efectos hacia un resultado concreto que no quiere predeterminar, o no del todo, para que sean la pintura y el papel quienes hablen y se expresen.

Esa misma actitud es la que debe asumir el espectador de estos cuadros: curiosidad y expectación ante lo que podría manifestarse en ellos si se presta la atención suficiente. Los títulos, siempre misteriosos y sugerentes, ayudan un poco; pero a lo que hay que atender de verdad es a la pintura, a la mancha, al color, a las fantasmales o empequeñecidas figuras más o menos “orientales” –campesinos, caminantes– que se mueven en el cuadro. Si uno las sigue con la mirada, si se adentra con ellas en los espacios de revelación que se abren en la superficie pintada, sin duda terminará asistiendo a ese acontecimiento singular que, intuimos, sucede en cada uno de ellos. Habrán cumplido así su objetivo, habrá “hablado” la pintura y nosotros habremos oído su voz. Y el milagro se habrá consumado.

Imagen de Portada: El Viento que reparte las Cartas. Tinta china sobre papel.
José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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