El virus de la añoranza

Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.

Vengo susurrando estas palabras desde hace ocho días. Las digo mientras escojo en el supermercado lo imprescindible, mientras cocino, mientras limpio con alcohol los pomos de las puertas, lo tiradores de la cocina, el móvil, el ordenador portátil y el mando del televisor. Es el principio del Discurso de la Edad de Oro del Quijote (I, 11), me lo sé de memoria, casi entero, desde que era estudiante de filología, es como una oración para mí. Lo he rezado muchas veces en el abatimiento de salas hospitalarias donde mi madre a ratos vivía y a ratos moría, lo he rezado en otras horas de angustia y soledad, y también en algún momento de plenitud, transformado en himno. Ahora no sé muy bien por qué lo rezo.

Quizás también tiene que ver con la memoria, quizás con la añoranza.

A Don Quijote le evoca la Edad de Oro de Ovidio un puñado de bellotas que unos cabreros le ofrecen como cena en su refugio. Las bellotas, junto con un queso (tan duro como la argamasa) y un cuerno de vino que los cabreros y Sancho pasan de mano en mano (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria), convocan el recuerdo de un mundo en el que la naturaleza era dadivosa y el respeto entre los seres humanos campeaba a sus anchas. Un mundo destruido en la Edad de Hierro, el presente histórico de Don Quijote, época en la que la mezquindad y la ambición depredadora habían tomado la forma de armas de fuego y la estrategia de la ley del encaje. La utopía de Cervantes pasa por la esperanza de que otra vez los dioses –como contara Ovidio– den un puñetazo sobre la mesa y azoten con un diluvio a la especie humana corrompida.

Por los mismos años un melancólico Góngora escribía sus Soledades, que comienzan allí donde termina el discurso de Don Quijote: un naúfrago arriba a una orilla virgen y comienza una nueva vida en una nueva naturaleza que se rehace después de que las aguas del diluvio hayan bajado y los ríos hayan vuelto a su cauce.

Si lo vieron tantos otros tantas veces es que no es la primera vez que pasa. Si pudimos sobrevivir a varias edades de hierro puede ser que sobrevivamos a ésta.

El virus parece provocar, entre otros síntomas, la memoria esclarecida. Ahora me alegro de haber interrogado tanto a mis padres sobre su infancia: contadme cosas del hambre. Un puchero con un solo boniato, un vaso de achicoria y, en los días más afortunados, un huevo para cinco. Otra Edad de Hierro, la de la Guerra Civil; otro diluvio, el de la postguerra; otra oportunidad de rehacerse, la de compartir el único trozo de queso, la única botella de vino que nos queda.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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3 Comentarios

  1. Entrañable, intima realidad llena de poesia, delicadeza.. Y LLAMADA!
    Gracias Ma. Jesús ❤️

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  2. Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca

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    • María Jesús Ruiz

      Sí, Señor Don Quijote, no se deje vencer, pues, y volvamos a buscar a Dulcinea tras de algún matorral del camino…

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