‘Viento del este’ o las historias que tendemos a olvidar

Quienes alcanzamos a leer en nuestra infancia los tebeos de la serie Hazañas bélicas, que publicaba Ediciones Toray, tenemos en nuestro haber algunas nociones históricas que en su día no nos resultó fácil acotar. El creador y único dibujante de la serie en su primera época, Guillermo Sánchez Boix, más conocido como Boixcar, había combatido en el ejército republicano durante la guerra civil y –nos asegura el estudioso de la cultura popular Jesús Cuadrado– conocido la experiencia de los campos de concentración franceses en los que fueron confinados los combatientes del bando perdedor que consiguieron cruzar la frontera.

A pesar de esos antecedentes, la serie de historietas bélicas que, tras su regreso a España, empezó a publicar a partir de 1948 revistió desde el primer momento un marcado carácter anticomunista, en consonancia con la ideología oficial del régimen de Franco, que ya empezaba a conciliar su anticomunismo fundacional con el alineamiento geoestratégico en el bando occidental en la incipiente Guerra Fría. Por ello, aunque los protagonistas de estas historietas eran mayoritariamente soldados del bando aliado, y sobre todo norteamericanos, no era raro que entre ellos hubiera también un importante porcentaje de soldados u oficiales de la Wehrmacht y que sus peripecias tuvieran lugar en el frente ruso, donde el oponente era el ejército soviético. Tampoco sorprendía que, en esas historietas donde era impensable que el punto de vista del narrador se inclinara del lado comunista, pudieran comparecer personajes rusos para quienes la llegada del ejército invasor suponía literalmente la salvación de algún desmán a cargo del régimen de Stalin.

Por Boixcar, en fin, y su sesgado mundo de ficción histórica supimos que, al lado de los ejércitos alemanes, lucharon unas fantasmales fuerzas rusas antiestalinistas. Sin duda, de todas las guerras particulares que se han librado dentro del conflicto general que conocemos como Segunda Guerra Mundial, ésta es una de las menos conocidas. Hubo, en efecto, un Ejército Ruso de Liberación al mando del general Andréi Vlasov, quien, hacia el final del conflicto, facilitó que sus tropas, acantonadas en Praga, colaboraran en la expulsión de los nazis y en la entrega de la ciudad a los aliados, lo que no le evitó ser capturado por el Ejército Rojo y juzgado como traidor y eventualmente ahorcado en Moscú en 1946.

Pero el de Vlasov no fue el único cuerpo de ejército ruso que luchó del lado alemán. Un militar que había combatido en el bando blanco durante la guerra civil rusa, el general de origen finlandés Boris Smyslovsky (1897-1988), también sumó a la máquina de guerra alemana un contingente que, ya en las postrimerías del conflicto, fue denominado Primer Ejército Nacional Ruso, al que corresponde una curiosa saga que ha sido objeto de una notable película de cuyo estreno acaba de cumplirse un cuarto de siglo: Vent d’Est (“Viento del este”, 1993), que dirigió el hoy un tanto subestimado cineasta francés Robert Enrico (1931-2001).

Malcolm McDowell (derecha) como Smyslovsky.

Enrico había iniciado su carrera con una brillantísima trilogía de cortometrajes basados en relatos del norteamericano Ambrose Bierce: La rivière du hibou (“El Arroyo del Búho”, 1961), Chickamauga (1962) y L’oiseau moqueur (“El sinsonte” –en inglés, “The Mockingbird”: literalmente, “El pájaro burlón”–, 1962). El primero ganó un Óscar al mejor cortometraje en 1964 y consiguientemente fue emitido, por su carácter semifantástico, en la popular serie de televisión The Twilight Zone; lo que no deja de resultar curioso, porque el elemento “fantástico” de la película en cuestión no era más que la vívida ensoñación que tiene un condenado a muerte en el momento de ser ahorcado. Los tres cortos, ambientados, como los relatos que los inspiraron, en la guerra de Secesión norteamericana, insinúan un sutil punto de unión entre la atmósfera de pesadilla que supone toda guerra y las fantasías y miedos particulares de los individuos que se ven involucrados en ellas. Y supusieron, además, de un brillante comienzo para la carrera de Robert Enrico, un indicio de cuáles iban a ser los asuntos cruciales de los que iba a ocuparse su cine. No es de extrañar, por tanto, que el punto álgido de su carrera fuera El viejo fusil (Le vieux fusil, 1975), también una violenta fábula sobre los horrores de la guerra y sus efectos en la conciencia individual. Por esta película Enrico obtuvo tres premios César, el equivalente europeo a los Óscar.

Una escena de ‘Viento del este’.

Vent de l’Est (1993) participa también de esta visión de la guerra como pesadilla colectiva en la que cobran especial importancia determinados comportamientos individuales. Trata, como anticipábamos, de la odisea del cuerpo de ejército ruso pro-alemán comandado por Boris Smyslovsky al final de la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota alemana, Smyslovsky y sus hombres cruzaron la frontera del pequeño principado independiente de Liechtenstein y pidieron asilo. Y lo curioso es que el minúsculo estado, que no había suscrito los acuerdos de Yalta y, por tanto, se consideraba al margen de las concesiones de las potencias occidentales a Stalin, tuvo el valor de resistir la exigencia soviética de que les fueran entregados estos presuntos traidores. Enrico no intenta hacer de Smyslovsky –interpretado aquí por el adusto Malcolm McDowell– un personaje simpático: en el prólogo de la película lo muestra ordenando la ejecución de un soldado que ha cometido un acto de indisciplina. Es, por tanto, un militar de la vieja escuela, que posiblemente tenga más de una afinidad con el militarismo alemán. Tampoco la clase política del pequeño estado centroeuropeo es retratada como un dechado de virtudes: el presidente del parlamento local, que es el más cínicamente realista de los altos funcionarios del principado, es un cura que vive amancebado con su ama de llaves. Enrico se complace en presentar a sus personajes como si lo fueran de una comedia de costumbres: incluso los implacables representantes del poder soviético, del que pronto sabremos que acaba de proceder al exterminio de los doce mil hombres del ejército de Vlasov, resultan, a su modo, simpáticos o conmovedores: las arengas intimidatorias del coronel Tcheko –interpretado por el actor polaco de comedia Wojciech Pszoniak– a los refugiados a los que quiere arrastrar a la perdición incluyen chistes que hacen reír a sus atribulados destinatarios. Igualmente, los discursos de su hermosa camarada, la capitana Barinkova (Ludmila Mikaël), resultan conmovedores y logran remover los sentimientos de la tropa a la que se pretende convencer. El desenlace, que nos resistimos a revelar, tiene que ver con los efectos diversos de estos discursos y presiones en los quinientos hombres que forman el contingente: unos hicieron la elección acertada, otros no; aunque, dadas las circunstancias y la tremenda aceleración que experimenta la Historia cuando da un vuelco, el acierto o el error de cada cual quizá dependiera más del azar que de cualquier otro factor. Aunque también son importantes, como subraya Enrico, la determinación individual y la fidelidad a la ley por encima de las conveniencias políticas, así como la capacidad de resistir la tentación de contemporizar con el poderoso de turno, aunque éste sea una superpotencia y sus ejércitos estén a las puertas del pequeño estado que osa contradecirla.

Llama la atención que esta brillante película –lo es también en sus aspectos técnicos y artísticos– pasara en su día tan inadvertida, y que incluso sea difícil encontrar información básica sobre ella en los repositorios habituales de internet. Pesa sobre Vent de l’Est, quizá, la misma maldición que sobre otras notables películas europeas de mensaje claramente anticomunista –como, por ejemplo, La città dolente (1949) de Mario Bonnard, de la que también nos hemos ocupado en esta columna–: a algunos sectores de la crítica les resulta difícil abordarlas sin sentir que están incurriendo en alguna terrible inconveniencia. No hay tal: la película de Enrico habla de los implacables vientos de la Historia y de lo que éstos son capaces de hacer con los frágiles destinos individuales. Hoy, como ayer, esos vientos siguen desbaratando el mundo.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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