Ciervos, espirales, laberintos, hombres a caballo, armas rudimentarias, cruces, aspas, figuras extrañas son algunas de las formas grabadas sobre las superficies redondeadas de muchas de las numerosas piedras graníticas que coronan colinas y oteros, tierra adentro en la provincia de Pontevedra. Son los llamados petroglifos, formas de arte rupestre al aire libre que en Galicia y, en particular, en esta zona interior a pocos kilómetros de las Rías Bajas tienen una de sus más altas manifestaciones. Fuera de la Península, para contemplar algo parecido hay que marcharse a los Alpes franceses, a Noruega o al Cáucaso, y más lejos, a Etiopía
o a los desiertos de Australia.

Un despiste al tomar erróneamente una salida de una carretera por la que circulábamos, nos alejó de nuestro plan inicial de dirigirnos a una conocida playa de las rías y, así, sin proponérnoslo, del tráfago automovilístico del fin de semana y de la proximidad masificada de nuestros congéneres, para adentrarnos conducidos por el azar y estrechas y umbrías carreteras rurales por otra faz de Galicia, alejada del estereotipo turístico de playas de fantasía y mejillonadas. El deambular por pequeñas aldeas y villorrios como anclados en el tiempo e inmersos en el silencio, con huellas a la par de abandono y de una laboriosidad agropecuaria humilde y milenaria, nos deparó muchas y agradables sorpresas.
En estas notas de viaje nos referiremos a los petroglifos de Cequeril, situados cerca de la aldea de este nombre, en el Outeiro de Galiñeiro, un promontorio de amplios y suaves horizontes, donde las manifestaciones de arte rupestre, que debieron de recuperarse hace unos años, vuelven a estar cubiertas por líquenes y musgo y los caminos de acceso, entre ejemplares jóvenes de pinos y carballos e invasivos renuevos de eucaliptos -verdadera plaga que, con el favor del hombre y su avaricia, compite con la flora autóctona-, comienzan a desaparecer por la maleza. Pero bien merece la pena adentrarse por el monte y exponerse a los pinchazos de la aulaga para contemplar las misteriosas figuras milenarias sobre la piedra, algunas bien extrañas, como las que representan a un gato con forma antropomórfica, y contemplar un rato el horizonte de colinas.
De vista obligada por estos lares, a los que no sabríamos explicar cómo llegar pues fue el azar y algunas indicaciones del camino quienes nos condujeron, es el Parque Arqueológico de Arte Rupestre de Campo Lameiro, a pocos kilómetros del concello del mismo nombre, modélico si no fuera porque su centro de recepción posee un continente -al contenido, didáctico y entretenido, no se le puede poner reparo alguno- de ese estilo moderno tan del gusto de arquitectos con el criterio prostituido por la pasta.
Pero hasta casi se perdona el mal gusto, cuando nos vamos olvidando del adefesio y del atentado paisajístico, a medida que nos adentramos en las más de veinte hectáreas que componen el parque. Un camino bien trazado entre pinos y robles, con algunos ejemplares centenarios, nos conduce de sorpresa en sorpresa, y ante nuestros ojos, además de un horizonte de lejanías donde el verde se despliega en distintas gradaciones, van surgiendo aquí y allá estas joyas del arte primitivo grabadas en el duro granito: ciervos de grandes cornamentas y jinetes al galope, cruces y aspas, cuchillos y espadas, laberintos y espirales, signos y cifras de un alfabeto extraño con los que nuestros antepasados de hace cuatro mil años intentaron comunicarse con lo sagrado y con la posteridad.


Hasta no hace mucho no me dejaba atrapar por las huellas del hombre antiguo, pero mi visión está cambiando y, cuando me tropiezo con algo así, me emociona pensar que hace 4.00 años, como en este caso, alguien estuvo ahí dejando su firma. Muy interesante el artículo y me lo apunto.