Últimas voluntades

En el minuto 3:14 de su mensaje luctuoso Arias Navarro, apesadumbrado y conmovido aquel 20 de noviembre de 1975, extrajo del bolsillo interior derecho de su chaqueta un sobre que contenía una cuartilla en la que –según el mensajero- Franco había plasmado su última voluntad y había pergeñado su proyecto del país que la muerte le obligaba a abandonar. Las lágrimas del entonces Presidente de Gobierno –que habría de pasar a la intrahistoria con el apodo de “Carnicerito de Málaga”– y la forma sincopada en la que algunos programas de humor televisivo nos vienen ofreciendo la escena han logrado empañar nuestro recuerdo. Al menos el mío, pues hasta hoy había olvidado el detalle trascendental del papel guardado en el forro de la chaqueta.

Hasta hoy, como digo, solo tenía noticia de un testamento humilde sin notario, de una última voluntad plegada en un bolsillo póstumo: el de Antonio Machado en Collioure. El poema “Estos días azules y este sol de la infancia” “no evoca un tiempo pasado –como aprecia sensible y lúcido Ángel García Galiano– sino que enmarca la plenitud exacta de este instante sin tiempo o, por mejor decir, más allá del tiempo… ‘Sólo tienes un verso’, le dice la amiga Parca, ‘sólo uno y apúrate, que tengo otras cosas que hacer’”.

Tumba de Antonio Machado en Colliure (Francia).

Tumba de Antonio Machado en Colliure (Francia).

Extasiado mortalmente por el fracaso de la República, desmoronado por el exilio y apremiado por la propia muerte, Machado vive su momento de agonía como un poeta, es decir, cantando lo que pierde: la luz y la inocencia. Así quiso Arias Navarro que Franco culminará esa “excelsa misión” que Dios –al parecer– le había encomendado: como un poeta, cantando a España, la España que perdía. Alguien entonces tuvo la brillante ocurrencia de escribir aquellas palabras redentoras y meterlas en el bolsillo de Arias Navarro. Alguien que sabía del verso de Collioure y que con ese gesto intentaba ensombrecer el luminoso alejandrino machadiano con un poema farragoso, caricaturesco y sin ritmo que comenzaba con una invocación inequívoca: “¡Españoles…!”

Víctima de un gigantesco despiste de treinta y seis años, la Parca no dio más que palos de ciego entre el 22 de febrero de 1939 y el 20 de noviembre de 1975. Llegó pronto y mal a Collioure y tarde y peor a Madrid. Coqueta y soberbia, quiso hacer hazaña poética de su oficio y dejó trunco el poema de Machado, a la espera de escribir algo de cierta altura épica que leyera el rapsoda Arias Navarro. Se equivocó la muerte, se equivocaba.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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1 Comentario

  1. Julián Oslé

    Más Él hablaba del templo de su cuerpo”

    San Juan, II: 21.

    “Y tomé el libro de las manos del ángel y me lo comí.”

    Apocalipsis X: 9,10

    Había un hombre que tenía una doctrina.
    Una doctrina que llevaba en el pecho,
    (junto al pecho, no dentro del pecho),
    una doctrina escrita que guardaba
    en el bolsillo interno del chaleco.
    Y la doctrina creció. Y tuvo que meterla en un arca,
    en un arca como la del Viejo Testamento.
    Y el arca creció. Y tuvo que llevarla a una casa muy grande.
    Entonces nació el templo.
    Y el templo creció. Y se comió al arca, al hombre
    y a la doctrina escrita que guardaba
    en el bolsillo interno del chaleco.
    Luego vino otro hombre que dijo:
    El que tenga una doctrina que se la coma,
    antes de que se la coma el templo;
    que la vierta, que la disuelva en su sangre,
    que la haga carne de su cuerpo…
    y que su cuerpo sea
    bolsillo,
    arca
    y templo. LEÓN FELIPE

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