Turismo pío

Hace unas pocas semanas, en una de esas fiestas medievales con las que algunos pueblos difunden su patrimonio, oí el siguiente comentario: “¿Y por qué no incluyen algún espectáculo flamenco? Seguro que en la Edad Media había flamenco, eso es de toda la vida” (sic). Por los mismos días y muy cerca, en San Esteban de Gormaz (Burgos), un vecino me contó “la verdadera historia del Cid”. Según él,  “la enemistad entre la familia de los Carrión y la del Cid venía de antiguo, el episodio de la Afrenta de Corpes fue la gota que colmó el vaso; a doña Elvira y doña Sol las torturaron en otro pueblo, no en San Esteban; aquí en San Esteban las curaron”.

Tratándose, en uno y otro caso, de respetables manifestaciones de ciudadanos sobre su propia localidad, el turista cultural no suele atender a estos testimonios y las más de las veces se deja llevar por lo que cuentan los guías oficiales o, lo que es peor, las audioguías, debilidad manifiesta de británicos y japoneses.

Sin embargo, el turismo cultural, en lo que tiene de peregrinatio inmaterial, debería aprender mucho de estas invenciones del pasado, algo que ha bordado hace ya tiempo su más inmediato y consolidado antecesor: el turismo religioso.

Capitel del claustro de Santo Domingo de Silos.

El turismo piadoso se muestra así tremendamente hábil a la hora de folklorizar las cuestiones espirituales; se pasa por el forro teologías, evangelios, tratados de historia, de arte y demás zarandajas y monta sus ficciones sin complejos, sabedor de que cuenta con un público inasequible al desaliento, firme ante las tentaciones. Reservadas las audiencias papales a unos poquísimos privilegiados (monarcas europeos, presidentes de Estados Unidos, Miguel Bosé y su santa madre, etcétera), a los creyentes con menos posibilidades económicas les queda, al menos en España, una extensa y variada gama de lugares santos a los que desplazarse en autobuses devotos para, allí, sentirse henchidos de fe.

En cada uno de esos lugares los espera un guía que, con toda seguridad, se habrá aprendido la salmodia correspondiente, exhibiendo un discurso sin una sola grieta o vacilación. Estos guías obvian las referencias culturales (o sea paganas) del lugar que muestran y centran sus esfuerzos en explicar al visitante la enorme trascendencia que para cuestiones teológicas ha tenido y tiene el lugar que visitan. En el Monasterio de Santo Domingo de Silos, por ejemplo, las explicaciones del guía pasan prácticamente por alto los capiteles del hermoso claustro decorados con motivos vegetales alegando que son “restos de la construcción más primitiva”. En la Basílica de San Isidoro de León –otro ejemplo magnífico– la guía muestra con orgullo (yo diría que casi con soberbia, pero sé que ese sentimiento es del todo ajeno a cualquier buen cristiano) lo que el visitante sale convencido de que es el Santo Grial, un copón ostentoso lleno de piedras preciosas que la caprichosa reina Urraca compró en la milla de oro de las reliquias.

Teresa de Ávila por Tamara de Lempicka.

Una de las más conseguidas folklorizaciones es la de Teresa de Ávila. Las murallas de la ciudad, a la vez que circundan físicamente el viejo recinto urbano, acotan también un espacio escénico en el que los visitantes y los fantasmas píos son, al mismo nivel, protagonistas de una teatralización bárbara. Nada más llegar al hotel, el recepcionista –cual San Pedro– te ofrece un mapa de la ciudad y un horario de misas. Si superas eso y te sumas a uno de los muchos grupos que pululan por el escenario, podrás visitar la casa natal de la Santa, santiguarte con el agua bendita de la pila en la que recibió el bautismo, entrar en la casa de su padrino, subir al mirador en el que fue sorprendida cuando intentaba huir a tierra de moros, contemplar su confesionario, emocionarte en la capilla en la que tuvo una de sus visiones, descalzarte ante la imagen de la Virgen de la Soterraña –como cuentan que la Santa hizo– y, por supuesto, comer las dulcísimas yemas de Santa Teresa, sabe Dios si así llamadas por atribuírsele la mismísima invención de la receta. Echando un pulso definitivo al turismo cultural, el recorrido puede culminar en el Centro de interpretación de la mística. Ahí es nada.

Los turistas de Ávila –como digo– son de lo más entusiastas y participativos, verdaderamente interactúan con el guía, con los fantasmas y entre sí. En el desayuno del hotel coincido de nuevo con “San Pedro” y con un grupo de argentinos (encendido fervor de Maradona y Bergoglio) doblemente exaltados por el partido de su fútbol en los mundiales y por disponerse a visitar los lugares de la Santa. Difícil no soliviantarse.

El turismo cultural debería aprender eso: la impunidad para inventarse un pasado que no existió. De lo contrario, el turismo pío le ganará todo el terreno. Ahí tenemos, sin ir más lejos, el caso del Valle de los Caídos.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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