The Beatles: el mito se protege

El documental Eight Days a Week. The Touring Years de Ron Howard reactivó la maquinaria Beatles con su estreno el pasado 15 de septiembre. Adobado con la retrasmisión en directo de la gala desde Londres como aperitivo (Madonna y Liam Gallagher de Oasis entre los asistentes) y con la incorporación a modo de propina de treinta minutos (que no el total) del concierto del neoyorquino Shea Stadium en 1965, con sonido e imagen restaurados, los Fab Four recobraron su cuota anual de protagonismo, mirando de reojo al mercado navideño.

Cincuenta años después de su último concierto el 29 de agosto de 1966 en el Candlestick Park de San Francisco —si prescindimos de su aparición en la azotea de Apple Corps, en el londinense número 3 de Savile Row 3, el 30 de enero de 1969—, el documental aborda los años de las giras —1962 a 1966— antes de que, agotados por la pobre infraestructura que la industria del directo ofrecía entonces y por la imposibilidad de llevar su cada vez más compleja música a los escenarios, The Beatles tirarán la toalla y convirtieran el estudio en su único punto de encuentro… y de desencuentro.

A estas alturas del partido, con el filón sobradamente explotado por cajas integrales en mono y en estéreo, reediciones —la última, la ampliada del directo oficial Live at The Hollywood Bowl (Apple–Universal; 2016)—, antologías y recopilatorios de diverso pelaje, este documental apenas oferta nada novedoso a aquellos seguidores que todavía esperan hallar la enésima revelación en los archivos de Apple Corps. A lo sumo, una colección de fotografías inéditas y filmaciones de baja calidad o algún que otro simpático registro ya conocido como la grada sur —The Kop— de Anfield, campo de fútbol del Liverpool, cantando “She Loves You” a grito pelado en 1964.

Y es que los supervivientes —Paul McCartney y Ringo Starr— y las respectivas viudas —Yoko Ono y Olivia Arias— fiscalizan con sumo cuidado cualquier producto que asome al mercado y que, sobre todo, pueda enturbiar la imagen idílica de una banda a la que, por otra parte, casi nadie discute su preeminencia en el panorama de la música popular contemporánea. Mientras, ese valioso testimonio de la disolución del mito firmado por Michael Lindsay-Hogg que es el crudo Let It Be (1970) duerme, esperando desde hace décadas a ser reeditado.

Narrado y montado de forma previsible y rutinaria, alimentado en su mayor parte de filmaciones extraídas de otros productos —con la monumental y no siempre fidedigna Anthology (1995) a modo de almacén principal— o de aportaciones de fans —Elvis Costello o las actrices Sigourney Weaver y Whoopi Goldberg— y esquivo con asuntos espinosos como el sexo, las drogas o las relaciones del grupo con su entorno, Eight Days a Week decepciona a cualquier aficionado mínimamente exigente. Superficial y endulzada, la película desaprovecha una excelente oportunidad para certificar un acercamiento más o menos riguroso al fenómeno de la beatlemania por más que incorpore algún que otro guiño social con el grupo pronunciándose en contra de la segregación racial antes de un concierto en Jacksonville (Florida) en 1964. Se echa en falta, por tanto, una visión, no estrictamente musical, que baraje asuntos resbaladizos, circulando más allá de las gastadas imágenes de quinceañeras llorando desconsoladas ante la contemplación de sus ídolos. Algo que no será posible hasta que protagonistas y/o herederos contemplen tan fascinante crónica como un periodo histórico necesitado de análisis y contraste antes que como un bonito y nostálgico recuerdo.

Salvador Catalán

Autor/a: Salvador Catalán

Desde hace más de veinte años desarrollo mi labor profesional en el ámbito de la gestión cultural universitaria. Durante este tiempo también he abordado una permanente colaboración como crítico musical en medios generalistas (Diario de Cádiz, Diario de Sevilla, La Voz de Cádiz,...) y especializados (Rockdelux) y como programador de festivales y ciclos musicales.

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