Tercera retirada

Veintitrés treinta

Vuelvo a ese desnivel de ladrillos y tejados marrones sobre acabados en blanco, una plomiza noche y silenciosa al fondo de chiribitas, blancas chiribitas, estrellas liberadas por la polución que jamás antes me reclamaron. La peluquería cerrada, y el bar, y un mercado en decadencia, y un cura que va de la iglesia a casa y de casa a la iglesia, y ya no saluda, porque no hay almas. Largas antenas y el parque clausurado con una cinta de rayas amarillas y negras y coches que persisten en el mismo hueco donde fueron aparcados hace varios días, y son como las farolas encendidas, y los árboles que ya son verdes, y el silencio que preside la mañana, y la tarde, y la noche, y siento nostalgia de la ciudad, del ajetreo del motor acelerando, y quizás del humo que expulsa el tubo de escape, aunque esté mal decirlo y sin duda me critiquen, con razón. El hedor a gasóleo quemado que proviene de la emetreinta.

La ciudad. La ciudad que no existe. Ya lo decía algún sociólogo con su jerga funcionarial y muerta.

Es la desidia de los muebles abandonados junto a los cubos de basura que la lluvia de abril castiga, y el capricho de esta primavera que acaba de dar sus primeros pasos, con días soleados y noches que destemplan. Decenas de ojos te observan en contraventanas descorridas. Los ojos de quien echa un vistazo entre las cortinas. Y tú a ellos, aunque no los veas. Los ojos amarillos y naranjas y dentados de los contenedores de reciclado y residuos orgánicos.

Y piensas en el ensayo sobre distopía y violencia en Bowden, McCarthy y Llorente que querías escribir para publicar aquí y se resiste, porque aún te queda por preparar el tema de unas clases y responder a tantos correos de alumnos despistados. Y no estás bien. Un poco inestable.

Cuánto duermes, dime. Apenas unas horas. Cinco entre las dos y las siete de la mañana.

Veintiuna

Algún idiota y su cacerolada de cazos gastados y mortero de plástico.

Mira enfrente.

Escuchas una voz. Cambia de ventana. Hablas desde el balcón y siento que gritas, y no solo yo, sino la abuela que apenas puede andar en este vecindario de sombra en verano y niebla que jamás llega. Y vegetaciones que nadie arranca. Y plátanos de sombra contra las casas que tal vez una vez al año son podados y tienen la corteza podrida por la contaminación, un poco menos que donde vivimos durante años de vino y discusiones, y disgusto de hijos  y decisiones que quién deseaba, salvo una amiga de la familia. Desde allí se veían los coches entrar y salir del túnel, y cacheos y controles de policía, y la chica menuda paseando un fox terrier mientras hablaba por teléfono, las mechas rubias y los pechos operados y los labios de silicona. Todo falso. Prefiero a Lydia.

Eran un poco más de las ocho cuando me la he encontrado. También paseaba con su perro atado a una gruesa correa. Me ha preguntado cómo estaba, que todo era tan raro. Los leggins grises en su talla diminuta. El pelo descuidado. La cara sin maquillar, para qué. Desprendía sinceridad. La frescura de la juventud. Es extraño verla sola, sin su amiga de muslos poderosos, y su novio que mira desafiante a cualquiera que le dirija la palabra a su chica. Serio. Seguro. Es normal. Todos lo hemos hecho a su edad. Todos tenemos miedo a quedarnos solos.

Pero qué es la soledad.

Lydia dejó un momento de hablar por teléfono para cruzar tres palabras contigo para interesarse sobre cómo llevabas el confinamiento, veinte segundos tal vez, y luego subió la calle en dirección a no sabes dónde. Y yo le agradecí el gesto. Mis días son silencio.

Lydia puede ser cualquiera, como este otro vecino que baja a fumar a la calle varias veces por la mañana y otras tantas por la tarde, y permanece junto al mercado y dice que ha ganado varios quilos. Ves el hastío ya visible en su gesto, las hondas ojeras y el verbo fácil. Descubres una amabilidad en él que desconocías. Te llama desde la otra acera cuando te ve pasar con la bolsa de la compra colgada al hombro.

Al que grita, te hubiera gustado decirle que pensara en los coches de policía que podrían venir alertados por una llamada al cero noventa y uno si seguía hablando desde el balcón, fumando en el balcón, gritando enloquecido y dando patadas a la barandilla de la terraza,  su madre también fumando tanto, y la abuela en la ventana sentada sobre esa silla de ruedas que apenas le ayuda a desplazarse, y enjambres de caprichos que dan vida, o la quitan. Será por la alergia en el borde mayo.

Al principio del encierro te lo encontraste, como siempre nervioso y lenguaraz, acercándose a ti sin respetar los preceptivos dos metros, acaso tocándote los brazos, cuando te dijo que la policía le había dado dos ostias la madrugada anterior  tras pedirle que se identificara y preguntarle que a dónde iba a esa hora, que habían declarado el estado de alarma, que todos a casa. Te dijo algo de lumis y Valdemíngomez, pero apenas le prestaste atención, porque creías que iba fuera de sí. Movía la mano hacia arriba y hacia los lados con un cigarro liado. Olía a resina mareante.

Catorce

Son las cuatro y el sonsonete eufórico de la publicidad anuncia que pronto emitirán la película de Antena 3 con la que intentas conciliar el sueño. Hojas marchitadas de aloe vera sobre el parapeto y dos pisos más arriba sábanas arrugadas que esperan secarse, y un objeto de plástico azul, y persianas cerradas y toldos con sus bordes de vela corsaria. Recogidos y de filo ondulado y verdes.

Miro la circunferencia que sella un centro de trampantojos y oigo el ladrido de los perros que alguien pasea como si fueran suyos. Otra hora. Un minuto distante. Segundos que amenazan.

Tiene razón Lydia. Es todo tan irreal, como una sensación de suspensión del tiempo que desorienta y anula las rutinas, y te hace dudar cuando doblas la calle en dirección al supermercado y temer cruzarte con el barbas con mascarilla que estará en la sexta década de su vida, y pertenece a la población de riesgo. La crisis te ha hecho huraño, y cobarde, y un poco paranoico.

Veinte

Nosferatu aplaude al filo de las ocho, y le devuelve la alternativa una amplia bandera española ondeando, y el pitido estridente de una vuvuzela, y al acabar las palmadas canciones que hace tanto que dejaste de escuchar que ni siquiera recuerdas la letra, y otras que ignoras y te reconcilian con la afonía de las discotecas.

Anuncia la noche. Ciertas variaciones del cobalto.

Ocho

Orfidal. Has podido descansar después de tantos días durmiendo poco, apenas descansando, y recuerdas por fin el nombre de ese actor, Kevin Spacey, y piensas en el retiro de Salinger en Cornish, en su personalidad arrogante, sus maneras violentas, su estupidez, y tontamente estableces un paralelismo con el confinamiento que, hoy, nada tiene que ver con él. La brutalidad de “Un día perfecto para el pez plátano”. Ese final que te desconcertó. Ayer pasaron una película sobre la vida del tipo. En La 2.

A ti, tu yo íntimo te atenaza y durante estos días has conseguido cercarlo. Por eso duermes tan poco y sientes un cansancio que te impide alejarte más de cincuenta metros de tu portal. Te ahoga la posibilidad de encontrarte con alguien.

Y pones a Triana, encandilado por el recuerdo de la voz tan triste de Jesús de La Rosa. Qué cabronada el accidente de tráfico, tan joven.

«Tu frialdad», ese canto a la distancia que se impone tras las rupturas, y desde luego antes, cuando el final va acariciando la puerta con sus manos ásperas y sus palabras de desplante, flatulencias de un semidios inapelable. «Esa noche de amor desesperada que se alejó».

Sabes que mañana, al despertar, con la primera luz colándose en el dormitorio, esa claridad que con la alteración del sueño resulta tan odiosa, volverás a sentir la angustia de los lunes, y te costará levantarte, y tropezarás con la alfombra del  breve pasillo que lleva a la cocina. El descafeinado no te aliviará. Y acodado sobre la repisa de la ventana que da a la plaza verás de nuevo a esa mujer estirándose en la terraza, la misma que tarde tras tarde se empeña en dar la palmada más sonora junto a su marido por toda comparsa.

Quizás no sea fría.

Como la mañana.

Carlos Rodríguez Crespo

Autor/a: Carlos Rodríguez Crespo

Carlos Rodríguez Crespo (Madrid, 1971) se doctoró en Periodismo en la Universidad Complutense. Trabaja como periodista, investigador y profesor. En febrero, fue publicada su obra de ficción Ventanas cerca de Mireia (Garaje Ediciones, 2017).

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