‘El sueño de Torba’: elogio del verbo libre

Mantiene Eloy Tizón en Herido leve que «los libros eligen a sus lectores en la misma medida en que los lectores eligen a sus libros». Yo lamento no haber elegido antes los libros de Rafael Soler, autor valenciano al que he descubierto hace poco y del que he leído Necesito una isla grande, que me gustó mucho por su estilo narrativo ágil, su lenguaje vibrante y el desenfado con el que aborda la huída de un grupo de ancianos de una Residencia hacia la libertad, antítesis de la muerte, y el libro que hoy voy a comentar El sueño de Torba, novela experimental editada hace cuarenta años por Cátedra y reeditada en la colección Vuelta de tuerca por Olé Libros que, sencillamente, me ha fascinado.

Cuenta el autor en el prólogo que escribió esta novela en un apartamento de Fuengirola durante unas vacaciones en las que pidió a su mujer «el regalo de un mes de escritura sosegada y nocturna». Pensar que el resultado de ese regalo es una obra de este calibre es, sin duda, motivo de agradecimiento a Lucía, y, por descontado, al autor por brindarnos una novela que no se parece a casi nada de lo que he leído y en la que Soler juega con el lenguaje a su antojo, como solo puede hacerlo quien lo domina a la perfección, dotándolo de una expresividad desgarradora y un aura lírica propia de un poeta que tiene en su haber cinco poemarios. Una novela que trata sobre la dificultad de mantener relaciones sanas —la principal, con uno mismo—, sobre el amor que dejamos escapar y que nos lleva a perseguir sucedáneos durante el resto de la vida, sobre la muerte próxima y en primera persona y  sobre las culpas que, como el águila enviada por Zeus para devorar el hígado de Prometeo, nos devora la única certeza que debería acompañarnos, la de saber que tenemos derecho a transitar el instante con la luminosa felicidad de quien se cree merecedor de ello por el simple hecho de existir.

Y todo ello, Soler lo consigue a través de personajes potentes, llenos de claroscuros, personajes atormentados que buscan una luz que ilumine el instante en el que viven cegados. El protagonista, Jaime Sarduy Catania, profesor de literatura, cuarentón y soltero empedernido que, en lugar de coleccionar momentos, recoge «toda pieza sentimental que tuviese historia, vida. Historia de la vida que se va, y vida de la historia posible, la pequeña…» y que se enfrenta a un diagnóstico fatal, le «gustaba sentirse póstumo, respirar póstumo la brisa del paseo», y a la aparición de Berta, la hija de su antiguo y único amor, «te escribo, Berta, desde el cuarto de estar donde vivimos para decirte que fue frágil y hermoso, que nunca nadie nada…», que trae «un soplo de vida y desconcierto a su ordenada rutina» transportándole al tiempo en el que se fraguó su tragedia y haciéndole recuperar su viejo Rolls y con él, todo lo que «duerme oxidado, sin aceite, sin lluvia, sin dulce polvo» y que duele más que el dolor físico que le inflige el cáncer, ese dolor perruno «cuyas patas codiciosas le acechan». Clara, su amante, una mujer «con pechos todavía firmes y en su sitio y el tedio insufrible de vivir en la ciudad del mar», poeta tardía que, en sus encuentros clandestinos con Sarduy, presta oídos a las ensoñaciones oníricas de éste, «sueños caníbales», mientras experimenta la soledad y el arrepentimiento de haber llegado tan lejos con él. Vicente, el médico de Jaime y marido de Clara, «un sol que respeta lo que quiero«, en palabras de la esposa infiel, un hombre obsesionado por volver a enamorar a su mujer y que lo intentará, esta vez, en un viaje: «se lo jugaría el todo por el todo en Galicia, que Dios reparta suerte». José Radek, librero judío, amigo y confidente de Jaime, «si yo te contara, José, carajo, si yo te contara (…) ‘Venga, hombre’, y corría los visillos, y ganas le daban de tumbarle en el sofá, consulta gratuita», que registra con precisión de artificiero los detalles de la vida de Sarduy que le servirán para escribir una novela sobre éste «viajando hacia sí mismo«, hacia Carrión (Sarrión), hacia su madre, «madre matemática, madre Mileto, madre terrible suspirando», hacia la tía Inés, hacia su hermano Rafael «y su perra suerte», hacia el pasado irredento con su verdad lacerante, hacia lo que ni el protagonista ni el propio autor parecen querer enfrentar.

Rafael Soler.

El sueño de Torba es una novela brillante, que pone en alerta los sentidos mediante construcciones sintácticas imposibles a través de las cuales el lector va surfeando, página a página, sobre la desnudez emocional de unos personales que llegan a dolernos. Crónica sobre el poder de lo no vivido, sobre el peso de lo perdido, sobre la asfixia de lo no dicho que rezuma poesía en cada estrofa: «Quien cantará mi amor otra canción, otra esperanza, otra vida sofá, vida de estar en el cuarto imposible de la vida, quién, amor, tapará las ubres indignas de esta ciudad cruel y desdentada, quién llamará a nuestra puerta para llevarnos dónde, lejos, dónde, qué importa…»

Dice José Antonio Santano en su blog Todo literatura que Soler «es una de las voces más interesantes y necesarias de la actual narrativa, de una brillantez poco usual y capaz de adueñarse de las palabras para construir un universo único y de aprovechar cuantos recursos están a su alcance para dar vida a sus personajes de una manera diferente al resto de narradores españoles«. Lo veo y subo: los libros de Rafael Soler deberían ser de lectura obligatoria para quienes aspiramos a escribir con un mínimo de honestidad y libertad, la libertad que rezuma en cada página este sueño de Torba que acaba siendo el nuestro por obra y gracia de un autor que hace lo que le da la gana con el lenguaje para deleite, y cierta envidia, de quienes nos limitamos a escribir según las reglas.

 

Imagen de portada: ‘El hombre del bombín’. René Magritte.

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