Una historia muy alemana

Klaus tenía las astillas de un mundo hecho pedazos clavadas en los ojos. Lo supe nada más verle entrar en el Lehmitz ese lunes de Pascua.

Imposible no reparar en él: a pesar de la nevada extemporánea que había caído esa tarde, entró en mangas de camisa. Se acercó a la barra, pidió un par de aguardientes y fue a sentarse en una mesa al fondo del local. Desde mi asiento, vi cómo los apuraba en unos pocos sorbos y pedía a Gretchen otro dos. Este tipo tiene prisa por emborracharse, me dije y volví a mis apuntes sobre la cohorte de travestís, borrachos, putas y proxenetas que calentaban las noches del Lehmitz. El lunes siguiente, debía enviar a mi editor un artículo sobre ese antro en cuyo interior el aguardiente y la cerveza calentaban los estómagos derrotados y ahuyentaban el espanto. Al cabo de un rato, el tipo en mangas de camisa comenzó a dar voces: «Malditos bastardos, tendríais que haber ardido con la ciudad. Todos tendríais que haber muerto. Hurensohn». Continuó diciendo hijos de puta hasta que Gretchen le gritó desde la barra: «Hoy has empezado pronto, Klaus. Termínate el aguardiente y lárgate ya, anda». Pero él siguió llamando colaboracionistas de mierda a los clientes que, ignorando sus gritos, continuaban a lo suyo; enjugar la soledad y el fracaso requiere de una total concentración.

Esa noche supe que ahí había una historia, la historia que yo llevaba años persiguiendo.

Aunque ya había terminado el artículo, volví al Lehmitz la semana siguiente en la esperanza de abordar a Klaus. Lo invité a una copa. «¿Eres un maldito chapero o qué?» «No, soy escritor», le respondí. «Pues escribe de toda esta mierda de maricones, putas y drogadictos que hay aquí. A mí, déjame en paz», me dijo y siguió bebiendo. Lo intenté un par de veces más; una, me amenazó con estamparme el puño en la cara y la otra, sencillamente, me ignoró. «¿Quién es ese tipo», le pregunté a la camarera. «Un infeliz, como todos los demás». «¿Y eso que grita?». «Se quedó atascado en la guerra. Su padre murió en el campo de Esterwegen; a su madre la acusaron de espiar para los soviéticos y la enviaron a Neuengamm. El hermano desapareció durante la guerra, era de la resistencia. Una historia muy alemana, ¿no cree?». Traté de esbozar una sonrisa, algo parecido a un gesto de asentimiento, pero no pude.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Continué acudiendo al Lehmitz durante todo el mes de abril. Cuando comprendí que no le sacaría una palabra a Klaus, dejé de ir. Tardé casi un año en regresar. Gretchen seguía detrás de la barra. Le pregunté por él: «Lo encontraron congelado en un banco junto al canal. Está enterrado en Ohlsdorf. Hicimos una colecta para pagar su entierro». La noticia me afectó más de lo que mi relación con él justificaba. Esa noche me emborraché, no lo hacía desde que los aliados cruzaron el Rin. Salí al amanecer con los últimos dos clientes, una prostituta desdentada y un enano de cabeza descomunal que me insistían en que los acompañase a un antro donde se bailaba swing. A mitad del camino, les di el esquinazo y continué vagando por la ciudad. Alrededor de las nueve, enfilé hacia el cementerio.

Encontré la lápida de Klaus en una galería de la zona sur. Me alegré por él, desde allí se contemplaban los mejores amaneceres de Hamburgo. Saqué el pañuelo y limpié la lápida. Al ver su nombre grabado, me eché a llorar. «Tenías razón, Klaus, merecíamos morir. Los que no nos opusimos a que esos canallas nos dijeran lo que teníamos que publicar en su labor de adoctrinamiento. Los que no preguntamos qué fue del tendero del barrio, un tipo amable que te regalaba, de vez en cuando, una manzana o un trozo de tocino, el día que su almacén amaneció saqueado con una pintada de Judenschwein en la fachada. Los que elevábamos el volumen de la radio para no oír las botas de los soldados subiendo las escaleras, golpeando la puerta del vecino, bajándolo a culatazos y metiéndolo en un camión cuyo destino fingíamos desconocer. Sí, Klaus, debimos morir antes que permitir que esos miserables hicieran lo que hicieron, pero no morimos y nuestro castigo es arrastrar la culpa como una sombra siniestra que nunca conseguiremos despegarnos».

Me quité el abrigo, lo doblé y lo deposité junto a la lápida. «Siempre me dio frío verte en mangas de camisa, amigo». Mientras me alejaba, supe que ahí había una historia, la historia que yo llevaba años tratado de exorcizar, una historia muy alemana. Mi historia…

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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